Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 77 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XVIII

8 d.C.

En medio de ninguna parte, los días pasaron lentamente. El batel se había alejado una mañana luminosa, hasta que las Islas Afortunadas se convirtieron en puntos distantes en medio del azul, y después en nada. Un imponente e inabarcable horizonte de agua los envolvió. Armin ya había superado los mareos, pero se sentía angustiado a falta de tierra. Los dos compañeros de viaje, que al parecer formaban pareja y deseaban visitar a un rico y excéntrico terrateniente de Apulia, que les había prometido contratarlos como maestros de retórica, parecían sentirse en el mar como en su elemento. Los griegos eran mitad peces, pensaba el germano. Raro era el día que uno de ellos no se zambullía en el mar desde la proa y nadaba o se dejaba arrastrar por un cabo atado a la nave entre las cambiantes ondas que sin pausa la agitaban. Dejaban en el agua unas cestas en las que, milagrosamente, los peces se introducían y de las que ya no podían salir. Después improvisaban un fuego sobre una piedra e invitaban a Armin a comer.

Él se sentía inútil. Había varias ideas que dominaban su mente y que lo atormentaban. Una de ellas era que sus provisiones no durarían demasiado tiempo. No había tanta leña para ahumar pescado, e incluso contando con las abundantes reservas acumuladas en la pequeña bodega, que servía de refugio nocturno, no lograrían aguantar tanto tiempo. Los marineros le aseguraban

que el Mare Adriaticum no era tan ancho en aquel rincón del mundo, y Armin les respondía que si aquello era un rincón del mar, no quería imaginar lo que significaba perderse en medio del océano.

—No quieras que eso nos suceda, germano, porque en tal caso estaríamos en manos de la clemencia de Neptuno. Y las tormentas aquí son traicioneras y van de un lado a otro con premura. Son como el temperamento de sus moradores, sereno y a la vez impredecible, a veces mortífero. El mar es muy ancho en el sur, y si un pequeño barco sin remeros se pierde en sus anchas olas, no se sabe dónde puede acabar.

Aquellos augurios no hacían más que empeorar las previsiones de Armin. La tierra no aparecía por ninguna parte, y los cálculos de los griegos le resultaban tan ajenos como su sonoro lenguaje. A menudo trataban de guiarse según la puesta de sol, pero las corrientes los empujaban hacia el suroeste en los últimos días. El sol salía en la mañana fresca, y después se alzaba con enérgico ímpetu e incendiaba la bóveda del cielo. Por la tarde soplaba el viento y el ocaso teñía de fuego el horizonte infinito. Y el espectáculo se repitió un día y otro, y otro, y otro, hasta que Armin perdió la cuenta y comenzó a divagar.

Aun en el caso de que lograse alcanzar la costa itálica sin ser visto, lo que no parecía imposible, una vez allí tendría que recorrer las calzadas en busca del norte. Sin embargo, estaba seguro de que era la mejor solución. Su condición de ciudadano romano podría ayudarlo en los momentos difíciles que, esperaba, no llegasen a presentarse. Un par de piezas de oro y obtendría los caballos y el sustento necesarios para viajar discretamente buscando los territorios salvajes de Rætia hasta la frontera de Germania. Era imposible que la búsqueda de los mandos de la legión Galica llegase a tales extremos. Le bastaba con no acercarse demasiado a los fortines del Rhenus y con escapar como una alimaña en la oscuridad de los bosques. Después tendría que buscar a Thusnelda y marchar con ella hacia el norte...

Thusnelda. Esa palabra le traía tantos recuerdos, y parecía que eran largos años los que le separaban de ella. Su inquietud crecía al pensar en ella. Estaba seguro de que Segest estaba al corriente de su presunta deserción y de los crímenes de los que se le acusaba, y él habría escogido la versión de los centuriones de la Galica. Eso significaba que podría anular su matrimonio y hacerse con las riendas del asunto. Podría hablar todo lo mal que quisiese acerca de su yerno, pues todo su prestigio alcanzado en las legiones se había esfumado. ¿Cuál habría sido la posición de Paterculus al respecto?

Si quería casarse con Thusnelda, era el momento adecuado. Podía darlo por muerto o por desertor, que lo mismo daba, y en ambos casos tenía derecho a prevalecer como marido, asunto en el que contaría con el beneplácito de Segest.

¿Cómo habían podido torcerse los acontecimientos de ese modo? Pero aquel centurión, aquel bastardo... todo ese mal vivir en las legiones. No podía dejar a Cazarratas impune. No podía presenciar la repetición de los mismos crímenes, y permitirlos. El recuerdo de aquel día, cuando su hermana fue violentada, fue más fuerte que todos los intereses a cuyo servicio se prestaba para mayor seguridad del futuro con Thusnelda en Siga. Finalmente Cerunno tenía razón una y otra vez. Su mensaje duro, su senda espinosa, era la verdadera respuesta a cada pregunta que se planteaba en la existencia. Él era consciente de los destinos de los hombres al nacer, y de las inescrutables fuerzas que conducen a los hombres por los entresijos de sus actos, los cuales, en apariencia, se precipitan desordenadamente, pero que, transcurridas las estaciones y los años, desentrañan el hilo oculto de lo pasado, como o si todo fuera una sucesión inevitable y prescrita. Había errado ante Cerunno y ante sí mismo. Tratando de seguir el sendero equivocado, no hacía más que incurrir en nuevos desatinos. Pero la respuesta no emergía de las tinieblas de su mente. Necesitaba ardientemente encontrar a Cerunno. Y esa idea comenzó a cobrar fuerza cada día.

Veía el sol y recordaba al poderoso adivino.

El agua iba escaseando y los navegantes reconocieron que no acababan de sentirse seguros al avanzar. La vela se desgarró a causa de un golpe de aire, y durante los dos días que los muchachos necesitaron para coser de nuevo la tela, la embarcación fue a la deriva en el ocaso del mundo. Armin ya había comprobado que muchos griegos y habitantes del sur del Imperio gustaban de la amistad masculina hasta un grado que le resultaba incomprensible, mas no intolerable. Ya en las Islas Afortunadas había visto que aquellos hombres parecían disfrutar más unos con otros que juntándose con mujeres, y la causa no era, desde luego, que en las Islas Afortunadas muchas fueran tan gordas como toneles. Al parecer los griegos llevaban el grado de amistad hasta la independencia del hombre. Había comprendido que de esa manera los hombres lograban mantener su privilegiada superioridad por encima de la mujer, no dependiendo de ella. No todos opinaban así, pero una gran mayoría sí que lo hacía. Era un concepto de la mujer que le sorprendía, un mundo nuevo que no lograba asimilar. En Germania las mujeres eran más valiosas. Tenían derecho a elegir marido y a separarse de él. Las mujeres eran las sacerdotisas más fuertes y gobernaban los santuarios más antiguos. Era peligroso imponerse a la voz del consejo de mujeres, e incluso la asamblea de los guerreros debía respetar su palabra. Los griegos ya eran demasiado sabios y su mundo soleado, enérgico, tan antiguo, lleno de semidioses que experimentaban con lo nuevo y lo viejo, era superior en muchos aspectos a la cultura de los germanos, más arcaica pero por ello también más natural y menos artificial.

Una mañana, Armin contempló con los ojos entrecerrados el sol ardiente. Su lumbre parecía irradiar un poder inexorable. Había aprendido a cubrirse de su mirada, pero también a admirarlo.

Escuchaba las conversaciones de los griegos, y supo muchas cosas acerca de un sabio que adoraba al sol, y todos sus seguidores lo veneraban. El Sol Invictus, las enseñanzas de Pitágoras. Armin supo de las misteriosas facultades del cálculo, de las formas de los triángulos y sus lados, de los beneficios de la previsión frente al caos... Eso era lo que disuadía a la desesperanza en las mentes de

aquellos navegantes. Creyó que los ejércitos se servían de todos esos fundamentos para vencer a los bárbaros en todos los rincones del mundo... ¿y qué sucedería si los bárbaros lograsen usar las mismas armas?

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