Liberator Germaniae
Capítulo XII
4 d.C. Colonia
Aquella misma tarde, Armin se presentó en la casa de Veleius Paterculus. Era una de las domus aisladas junto a la vía principalis, en el centro de los campamentos. Para Armin, el estilo de vida de los romanos civilizados era interesante. Parecía lleno de lujosas incomodidades. Unos esclavos le trataron como si fuese lo más parecido a un puerco salvaje, ni siquiera lo miraron. Armin vio sus propias botas embarradas, la armadura de cuero polvorienta. Una mujer lo condujo hasta el jardín interior. Imaginó que, dada su indumentaria, lo mejor era que el amo de la casa lo recibiese en el lugar más agreste. Estaba todo empedrado con losas de alabastro.
Los grandes macizos de plantas crecían junto a algunos árboles frutales que nunca había visto, restando luz a la parte inferior del impluvium.
Paterculus llevaba su atuendo militar, aunque había cambiado la coraza de bronce de exagerados pectorales por una más ligera lorica squamata. Miró firmemente al querusco y sonrió con franqueza.
—Arminius, del clan de Segestus.
Armin se limitó a devolver la mirada.
—¿Qué te ha parecido el ejército de Roma?
—Muy grande —respondió escuetamente el querusco.
Paterculus sonrió. Parecía observar a Armin con una mezcla de curiosidad y admiración.
—Y muy bien organizado —añadió.
—Ya veo que nada pasa desapercibido a los ojos inquisitivos del aguilucho.
Armin miró extrañado a Paterculus. Éste tomó un par de copas que uno de sus esclavos trajo en una bandeja. El esclavo, un ubio, se quedó para ayudarles a traducir cuanto el germano no pudiese expresar en su tosco latín.
—Esto se llama vino, y es costumbre en mi familia que el amo de la casa sirva a su invitado. Toma.
Armin extendió el brazo y tomó la copa. Había un líquido oscuro en su interior.
—Se parece a la sangre.
Paterculo rió de buen grado.
—Feroces germanos han llegado a Colonia. ¡Si Agripa lo supiese! Queruscos en sus campamentos...
Agripa había sido el general que fundó Colonia, de ahí el sobrenombre Agripina. Pero lo que hizo que el sabor del vino se volviese más amargo de lo que ya era fueron aquellas reveladoras palabras. ¿Cómo sabía que era un querusco...? Sólo Segest podía haberlo revelado.
—Amigo Arminius, sé lo que estás pensando, pero antes —
dijo Paterculus, haciendo un gesto inspirado, como si saborease un momento de triunfo —antes quisiera que me dijeras qué te parece esta bebida que tanto se venera en Roma. Hay locos ricachones que pagan cientos de sestercios por ciertas ánforas de Fundi...
—Es amargo. No me gusta. —Armin estaba a punto de añadir que prefería la cerveza y el medhu, pero consideró más sabio reservarse esos comentarios. Aquel romano ya sabía demasiado.
—Segestus me habló de ti —Paterculus clavó sus ojos con gravedad en la mirada de Armin. Trataba de medirlo. Poner a
prueba el coraje de los hombres era parte de su éxito militar. Y a menudo la entereza era algo difícil de medir. Los más ejercitados y valientes podían huir aterrorizados en medio de un alcance enemigo, y dos cohortes en apresurada desbandada podían acarrear el desastre a toda una legión. Pero Armin permanecía frío como si lo hubiesen tallado en mármol. —Me habló de tu origen. —
Endureció su mirada, que pareció despiadada. Al fin le dejaba bien claro que estaba a su merced. —Eres el hijo de Segimerus, un querusco especialmente odiado por Cayo Sentio Saturnio, si no me equivoco.
—Las matanzas de Drusus no permitían un buen trato con los romanos. Presencié actos indignos —afirmó Armin.
—También los germanos cometieron actos salvajes con nuestros hombres —añadió Paterculus, impasible.
—No fueron ellos los que invadieron una tierra ajena.
—Todo empezó con la invasión de los queruscos y de los usípetos y de los sugámbrios que robaron el Águila de Plata a la Legión Quinta Alaudae. Fueron ellos los que invadieron Galia Bélgica y Germania Inferior —argumentó Paterculus, poniendo a prueba los conocimientos de Armin. Si era lo suficientemente ignorante, no podría rebatir sus razones.
—Todo empezó con las invasiones de Julio César —respondió Armin.
—César defendió sus Galias de los germanos, sobre todo de Ariovist.
—Ariovist vino en auxilio de los eduos.
—En tal caso empezaron los teutones cuando invadieron, junto a los helvecios, lo que hoy es Noricum, después atravesaron las Galias a sangre y fuego, hasta que fueron vencidos por Cayo Mario. En fin, pero tienes razón. Tus conocimientos me han sorprendido, no menos que tu agilidad a caballo, hijo de Segimerus.
Pero no nos hemos encontrado para discutir quiénes fueron los causantes de tantas guerras. A fin de cuentas, me gusta la historia, y
el que realmente ama la sucesión de los hechos que teje la historia se da cuenta de que al final sólo hay vencedores y vencidos. No vamos a ser nosotros los que extraigan la verdad sobre los enfrentamientos entre romanos y germanos, en un momento en el que se busca la buena convivencia.
—Me alegra saber que somos de la misma opinión —
corroboró Armin. —Segest siempre me enseñó que lo mejor para el futuro era una buena confianza, y de no ser así no habría venido a Colonia.
—Es cierto —dijo Paterculus, sonriendo de nuevo. —Segestus me reveló tu origen, y te he invitado para ofrecerte mi hospitalidad.
Me di cuenta de que Thusnelda te ama, y recriminé a su padre por cuanto había hecho. No debió engañarme, y me sentí defraudado.
Al principio sentí desprecio por todos ellos, pero un instante después me di cuenta de que cometía un absurdo error, y decidí conocer al hombre que Thusnelda amaba desde niña. Es en verdad una de las mujeres más hermosas que he visto en toda mi vida, pero no has de temer perfidia por mi parte.
Armin escuchó aquello con prudencia. Paterculus, a su vez, era consciente de lo desconfiados que eran los germanos.
—Si hubiese querido eliminarte, todo habría sido muy sencillo. Una vez aquí, en Colonia, revelar tu identidad y acusarte de espía habría sido tan fácil... Ya estarías muerto, Arminius. Pero no es el caso. Te he visto cabalgar y he visto el fulgor guerrero en tus ojos. Quiero que recompenses mi confianza con la tuya. Quiero que te adiestres en nuestra legión, a las órdenes de los tribunos Sexto Sempronio Graco y Fulvio Furio Filo, y que me sirvas mientras sea su general. En lugar de ser el hijo de un enemigo rebelde, podemos considerarte un rehén de alto rango, el fürst querusco, hijo de uno de sus más legendarios líderes, que demuestra la valía de la nueva forma con la que Roma respeta a Germania.
—Es un buen comienzo —dijo el querusco.
—Amigo Arminius, si demuestras tu valía puedes hacerte muy grande en el ejército de Roma. Basta con que demuestres de lo que eres capaz.
—A eso he venido. Pero no podré olvidar lo que Segest pretendía.
—No le ha valido de nada.
—Quizá en esta ocasión, pero Segest me ha traicionado.
—Con esta revelación he logrado ganar tu confianza, pero no pretendo que la venganza destroce esa familia. No hagas caso a ese viejo zorro... Ha fracasado totalmente. En el momento en el que yo hago esto y el ejército te acepta, cuando te ganes la confianza de Roma, entonces Segestus será un perro que lamerá tus botas. Sólo de esta manera jamás podrá apartar a Thusnelda de tu lado. Yo acepto el trato. Quiero su felicidad, y quiero al hijo de un líder querusco entre mis filas. Eso reforzará algunas unidades de difícil manejo, sobre todo queruscas.
—¿Hay queruscos en vuestras legiones?
—No son muchos, pero los hay. Algunos fueron deportados y sus esposas e hijos viven en Colonia. Es una forma de garantizar la fidelidad de los nuevos queruscos a las Águilas de Roma. Un líder querusco de alta alcurnia les daría mucha más confianza, y eso volvería más poderosas las turmas que están a mi mando. Tú conoces su lengua, su mundo, sus dioses. Cuando entremos en campaña, podrán vivir a su manera en el seno de la legión, acampar juntos, cargar juntos, luchar juntos. Son los mejores jinetes, pero es difícil dominarlos. Sé que no obedecen de buen grado a los tribunos romanos. ¿Podemos hacer un trato?
—Acepto —dijo Armin sin vacilar.
Paterculus echó un trago de vino.
—Está bien, mañana mismo empezarás. La campaña se avecina.
—¿Qué campaña?
—Se me olvidaba que no estás enterado de nada... Claro, Arminius, la campaña de Tiberio. Augusto envía a su hijastro de nuevo al norte. Se hará cargo de las legiones que vigilan la frontera.
Se avecina una gran marcha de reconocimiento hacia el interior.
Desconocemos los planes de Tiberio. Él conoce muy bien la frontera, pues sirvió junto a su hermano Drusus en los años en los que hubo grandes guerras. Es probable que la marcha se dirija hacia el este de Germania. He oído rumores de que Roma desea desde hace mucho tiempo pagar una visita al rey de los marcómanos.
Marbod se ha vuelto insolente con el tiempo. Ha apoyado con sus partidas de jinetes la defensa de los pueblos vecinos.
Armin recordaba la ambigua actitud del kuninc más poderoso de Germania. Con el tiempo, Marbod había decidido apoyar a sus vecinos, sólo cuando las garras de Drusus le hicieron consciente del peligro que corría el poder que había conquistado tras la invasión del Boiohæmum, y la expulsión de los tectosagos.
—No dudo que para Roma es importante demostrar a Marbod que no puede hacer lo que quiera.
—Marbod cuenta con un ejército demasiado poderoso, organizado a la manera de las legiones, con miles de caballos y más de setenta mil hombres. Se ha vuelto demasiado fuerte. Tiberio vuelve al poder tras un forzoso retiro en Rodas, y creo que va a tratar de deslumhrar a Roma acabando la obra de su hermano, para granjearse el apoyo de las masas. Aunque ha habido años muy tranquilos, Germania va a volver a ser el escenario de otras guerras, pero se trata de que ello sólo afecte a los pueblos del este y del lejano norte, y de ofrecer una próspera paz a los pueblos que ya conocemos. Todo dependerá de que acepten la situación y de que quieran continuar viviendo en paz. Pero como ninguno de los dos queremos ser amos del mundo ni reyes, ciñámonos a nuestro trato.
Yo respeto a Arminius y a su familia, y Arminius será un buen soldado querusco. Eso facilitará las cosas cuando se libren algunos combates, o cuando se trate de negociar la paz con ellos.
Trató de imaginar el rostro de Cerunno si él, Armin, aparecía en Wulfmunda con la pretensión de negociar la pax romana en bien de Roma, ataviado con las armas de un romano. La vergüenza produjo en él aquella noche, mientras abandonaba la vía principalis en busca de los campamentos de los equites, un profundo ensimismamiento. Habría sido más sencillo olvidar quién era si nadie hubiese sido consciente de ello, y menos aún cuando ser quien era se convertía en una moneda de cambio para preservar lo que más deseaba. La traición de Segest, el trato de Paterculus...
todo giraba en su mente como un torbellino en cuyo centro ardían los ojos verdes de Thusnelda, y el sol que iluminaba sus cabellos.
Estaba dispuesto a todo aquello por ella, y por él. Siempre había querido librarse de los terribles deberes que le auguraba Cerunno, como líder querusco que debía llegar a ser, pero jamás habría creído que debía hacer todo lo contrario. E incluso, haciendo todo lo contrario, en la dirección opuesta, vivir la misma vida infame que le prometía la violencia de los designios queruscos. Ahora Paterculus le pedía que fuese un líder igualmente brillante, pero en el bando romano. Eso era, de hecho, todavía peor. Tarde o temprano tendría que desertar.
Aquella noche, Armin escuchó a Vitórix hablar de Lug, el poderoso dios de la luz y de las tinieblas. Ninguna otra divinidad representaba mejor aquel momento de las bodas entre el bien y el mal. Los celtas lo admiraban, y Armin encontró que era poderoso, y que habitaba en el interior del relámpago.
—Vercingetórix me dice que hemos venido a aprender de los romanos, no a ser sus esclavos —dijo el galo escrutando el serio semblante de Armin.
—Yo no estoy ya tan seguro —musitó Armin.
En ese momento Vitórix lo agitó vehementemente, cogiéndolo por los hombros. En sus ojos ardía el fuego de aquella hoguera que los iluminaba.
—Lug es el camino de la luz, no lo olvides nunca cuando estás en las tinieblas. Siempre llega la luz.