Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 94 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XXXII

8 d.C. Wulfmunda

El pesado caballo galopó raudo por la pradera, y Armin se precipitó más allá de los árboles como una exhalación.

En Hercynia, los técteros le libraron de sus sufrimientos. Sus heridas habían sanado, y, algún tiempo después, Armin salió a cazar con los márseros rojos. Tras el ritual y los últimos sacrificios, la sacerdotisa le entregó una espada. Desde allí, Armin fue en busca del valle de Siga. Pensaba en Thusnelda, mas no tenía intención alguna de dejarse ver. Para Germania estaba muerto, y eso era una ventaja siempre y cuando su plan cobrase forma y él estuviese dispuesto a ejecutarlo. Lo primero era hacerse con ciertos recursos indispensables. Parecía revitalizado, en su nuevo estado de salvaje ferocidad, por una energía indómita. La nueva fuerza de sus brazos y piernas, la destreza adquirida, las cicatrices cerradas, el temple de los nervios, y la sensación de sentirse libre en su tierra le procuraban un manantial de inagotable poder, del que bebía cada día y cada hora, y le anunciaban la proximidad de terribles combates y la necesidad de una venganza que siempre sería insaciable.

Pocos días después de abandonar Hercynia, entró en la oscuridad de la noche en Siga. Se dio cuenta de que la casa en la que Thusnelda debería vivir, entregada a su padre cuando contrajo matrimonio con ella, parecía deshabitada. Eso le hizo pensar:

Segest lo daba por muerto, y había recurrido a los romanos para prevalecer sobre el deseo de Thusnelda.

Armin fue hacia los establos donde se criaban los mejores caballos del valle. Allí había nacido Sleipner, su fiel caballo, y volvió en busca de uno de los hermanos del cuadrúpedo. Había sido considerado un salvaje, y pocos lograban montarlo. Armin se dio cuenta de que no había cambiado demasiado. El querusco abrió el vallado en las tinieblas y arreó el caballo con una de las monturas.

Después asustó a la manada, y un fuerte pateo anunciaba la estampida de animales, que huía hacia los campos. Esto ayudó al furente cuadrúpedo que montaba a sentirse más seguro, y obedeció las órdenes de su jinete, abandonando Siga en la oscuridad.

Rumbo al noroeste, Armin atravesó las colinas en busca de la patria de los queruscos. Había dos palabras en su mente que lo poseían día y noche: Cerunno y Zankrist. El santón de Wulfmunda debía estar en algún lugar, estaba seguro de que no había muerto, y había preguntas que sólo él podía responder. Y la espada de su padre, el arma ceremonial de los clanes de Wulfmund, sólo podía ser empuñada por su hijo. Sabía que en ese caso muchos guerreros de las tribus locales se unirían bajo el estandarte de la Cabeza del Lobo.

Los campesinos sugámbrios le ofrecían refugio en sus graneros, y a la luz de las llamas, el desconocido se enteraba de las novedades acontecidas en Germania. Su nuevo pro—pretor era un romano llamado Varus. Y la gran novedad era la aplicación del derecho romano, impuesto por tres legiones que estaban acantonadas desde hacía dos años en Mattium, en pleno corazón de Germania. El emplazamiento había crecido, y al parecer no eran pocos los jefes germanos que recurrían a la administración de Varus para proteger sus propios intereses. El hecho no parecía generalizado, pero las tres legiones acantonadas tierra adentro eran capaces de hacer valer la palabra del nuevo administrador. Sin embargo, los impuestos habían aumentado en Sugambria y en los

valles adyacentes. Y casi todas las novedades informaban que eran pocos los jefes queruscos que se habían dejado seducir por las ventajas prometidas por Varus. El extenso territorio de los queruscos continuaba siendo un entorno libre, si bien su libertad había cambiado. Había más guarniciones romanas en el perímetro de monte Melibocus, y también en el oeste, ante los territorios cenagosos, y se decía que muchos guerreros y sus familias se habían mudado al norte. El golpe de Tiberio asestado a los longobardos había tenido un efecto devastador en la moral de los germanos. No fueron pocos los que, viéndose sorprendidos por esa audacia y por la derrota infligida, decidieron trasladarse hacia el lejano norte, en la orilla septentrional del Albis, a la espera de poder presentar batalla a los romanos si se dirigían hacia el norte, pero también con la esperanza de poder huir en busca de Scandia.

Armin pensaba que Marbod, el kuninc de los marcómanos, había sido un absoluto y despreciable cobarde. No entendía que no hubiese aprovechado la rebelión de Panonia para lanzar una contraofensiva sobre la retaguardia de Tiberio, provocando así el levantamiento de Noricum. Eso habría atraído a las legiones del Rhenus hacia el Danuvius, y habría llegado la hora de que los queruscos, viendo libre el terreno asestasen un golpe mortal contra la frontera, eliminando y saqueando Colonia, la ciudad—símbolo del norte, que Armin había llegado a odiar, como todo lo relacionado con el dominio romano.

Armin se encontraba ante la difícil tarea de coordinar un ataque en el momento menos propicio. Varus estaba logrando asentar firmemente la idea de que Roma ofrecía ventajas a los pueblos bárbaros, y acaso su único error estaba siendo mostrar excesiva codicia en demasiado poco tiempo. De cualquier modo, Armin no lograba hallar las claves de todo el sistema, y sabía que debía encontrar una respuesta, y que esa respuesta existía, aunque él no la conociese. Recordaba las conversaciones acerca de Pitágoras con aquellos viajeros. Debía ser capaz de calcular el golpe.

Pero se le antojaba inevitable realizar un reconocimiento profundo de la situación, y ganarse la confianza de los que podían secundarle. En ese sentido, descubría que la juventud se mostraba ultrajada y ardorosa, y los insultos más duros resonaban en las moradas de piedra cuando se hablaba de los romanos. La juventud germana continuaba siendo vigorosa y violenta, y Armin sabía que eso sería fundamental a la hora de liderar un levantamiento general.

Pocos días después divisó el campamento de Mattium, convertido ya en una pequeña ciudad. Albergaba dos legiones, mientras que una tercera realizaba movimientos junto al Rhenus, quizá protegiendo grandes cargamentos de impuestos adquiridos en los últimos meses. Los germanos se aficionaban más al comercio, a juzgar por las largas filas de campesinos que se dirigían hacia las puertas de Mattium.

Armin abandonó la ruta del Adrana y cresteó por las colinas en busca del Visurgis, cuyas aguas vadeó por un lugar conocido, y así, hacia el noroeste, fue adentrándose en las fronteras de los queruscos. Recorrió los anchos valles entre las lomas, cruzó las aguas del Lagina y se adentró en los pantanos. No muy lejos, en el suroeste, las sierras de Teutoburgo se recortaban contra el horizonte como una tiniebla verdosa, impenetrable. Después los bosques crecieron y después de unas lomas empezó a encontrar las estelas de los hombres—lobo, que marcaban la ruta del oeste. Allí abandonó el camino y siguió por sendas abandonabas que sólo los lugareños podían distinguir. Respiró el aire de aquel mundo, y le pareció que volvía a los años de su infancia. Nada parecía haber cambiado. Las sendas se adentraban por un dédalo de charcas y tierra negra, rodeando islas de árboles. A menudo debía retroceder para hallar el camino, pero la mayoría de los pasos permanecían en el mismo lugar, a pesar de que se desplazaban con el paso de los años.

Los prados de Wulfmunda aparecieron entre los árboles, las anchas líneas verdes de la colina de los vivos que flotaba en el gran

pudridero de los pantanos. Armin continuó avanzando por la senda para evitar ser descubierto y se dirigió al oeste. A medida que caía la tarde y se aproximaba, percibía algunos gritos distantes. Había evitado a los vigías por aquella ruta, y podía distinguir, con cierto orgullo, las figuras de los centinelas de Wulfmunda, lobos queruscos con sus cuernos de caza y sus largas espadas. ¿Podría ser verdad que nada hubiese pasado en aquel lugar, que Roma hubiese permanecido ajena y lejos del clan de los lobos negros...?

Armin recorrió con la vista el alto de la loma, en el noroeste, y divisó la Columna de Irminur, la roca de los teutones, tan venerada por Cerunno y por todo el pueblo. La cueva del adivino debía estar allí, al otro lado, en la falda norte. La casa del herzog de Wulfmunda, la morada de sus antepasados, se erguía en el mismo lugar, encerrada por desvencijadas vallas musgosas. El graznido de los pájaros resonaba en el lugar, rompiendo la calma absoluta que lo envolvía. Unos niños jugaban en los prados, mas sus voces apenas se oían.

Después siguió avanzando en busca de la gruta de los herreros.

Una impenetrable maleza rodeaba el oculto santuario de los metales. Tras un largo periplo, escuchó el agradable y familiar tintineo de un martillo que remachaba. Luego pesados golpes que se reunían y forjaban caóticamente en los yunques. Armin estaba seguro de que Gristmund, el ciego, continuaba frente al fuego, ciego, maleando con sus manos las piezas de los aprendices y cotejando sus fallos. Pero ya no encontraría a Segimer, su padre, y por primera vez en largos años se acordó de él. Le parecía que su recuerdo se había esfumado con el humo de la pira funeraria, y que al partir en busca del lejano sur, hacia Thusnelda, su padre había quedado encerrado en Wulfmunda. Pero en ese momento le parecía que podía regresar en cualquier momento, con un gran jabalí sobre los hombros y la vigorosa sonrisa iluminando su rostro. Se había apartado de su verdadero designio, y a partir de ese momento nada ni nadie volvería a apartarlo de su férrea determinación. Había pagado caro el error cometido, haberse marchado contrariando las verdades que sólo Cerunno, tan sabio como previsor, era capaz de

prever por encima del paso del tiempo. Era hora de llegar hasta el final. Toda su vida se dirigía hacia aquel punto, y ahora nada podría detenerlo.

Retrocedió en las tinieblas y, reflejado en un charco sombrío, vio su rostro barbado. Extrajo el cuchillo, lo humedeció, y empezó a afeitarse. Cuando hubo acabado, un hombre nuevo apareció reflejado en la luz de la tarde que se filtraba entre las ramas. Se reconoció a sí mismo, otra vez joven y poderoso, contempló las venas que recorrían sus brazos, sus hombros y su cuello, las ágiles piernas plegadas, las manos anchas del herrero. Y ante todo vio en sus ojos el brillo de una nueva e insaciable audacia.

Todo había cobrado forma en su mente durante aquel tiempo, y si los dioses lo habían traído de vuelta, entonces él debía demostrar que estaba dispuesto a llevar a cabo el ardiente deseo que animaba a aquellos pueblos libres desde la sombra de los siglos.

—Voy a vencer a Roma.

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