Liberator Germaniae
Capítulo XII
4 a.C. Roma
Aquella misma noche, Livia vio llegada la hora de hacerse con el control absoluto de Augusto, mas se encontró con una gran sorpresa. Tras darse cuenta de que éste no daba muestras de buscarla para que le refiriese lo sucedido, Livia fue en busca de su esposo.
Irrumpió en la sala como una Furia.
Augusto había oído un anticipo de la noticia en labios de uno de los jefes bátavos, que había participado en la detención. Pero sabía que se enfrentaría a Livia, y que esta vez nada tendría que hacer. El emperador adoptó la compostura, si bien un extraño dolor le amenazaba el pecho izquierdo.
Livia entró en la sala, se detuvo clavando su mirada en Augusto, y se quedó allí quieta, inmóvil como una estatua que cobrase vida, mientras la guardia avanzaba. Augusto hizo un gesto leve con la mano izquierda, y los centinelas bátavos retrocedieron a las sombras sin dar la espalda al emperador, donde parecieron desaparecer. Una mirada de Augusto bastó para que las puertas resonasen cerrándose más allá del pasillo.
La sala de Neptuno quedaba cerrada para su intimidad.
Livia había mostrado un rostro enfurecido y airado. Pero al quedarse sola comenzó a vacilar. De pronto sus ojos comenzaron a
brillar más de lo usual, y el ópalo verdoso de sus iris se iluminó mientras un temblor recorría sus párpados.
Augusto se aproximó a ella y, desarmado, la abrazó.
Por fin Livia se rehízo de sus llantos lastimeros y comenzó a hablar en su hombro, consciente del momento de debilidad por el que atravesaba el amo del mundo.
—¿Por qué ésta vergüenza, sagrado esposo? ¿Por qué actuar con tanta ligereza? ¿Por qué este descuido y esta denigración de todas las condiciones de la familia...?
Augusto no podía articular palabra alguna. Posiblemente aquello le dolía más que la pérdida de un hijo, la afrenta que con su actitud Julia había causado a toda la familia imperial, que él, siempre tan recto como moralmente despiadado, había llevado hasta las alturas del poderío de Roma.
—Julia parece haber enfermado —dijo al fin Augusto.
—Pues en tal caso muchos son los años que ha estado enferma...
Augusto retrocedió y la apartó de su lado.
—¿De qué me hablas?
—Te hablo de tu hija —afirmó Livia con decisión. —Muchos han sido los hombres que Julia ha visitado, incluso cuando vivía en matrimonio con Agripa. Pero mi hijo Tiberio, al que obligamos a separarse de Vipsania para que complaciese nuestros designios familiares, ha convivido con sus mentiras durante todo este tiempo.
Él no quería herirte, por eso nunca reveló la auténtica fuente de sus inquietudes y de sus sufrimientos...
Augusto se reveló inmediatamente.
—No salves así a tu hijo únicamente porque es tu hijo —
afirmó con desprecio. —¿Qué hay en ese matrimonio que no sepamos? ¿De qué ha sido capaz Tiberio para que ella se haya lanzado con tan despreocupado desdén a las profundidades de la
degradación? ¿Por qué ha querido inculparnos de esta manera, enviándonos este desprecio que no quedará sin castigo...?
—Tiberio ha cumplido tus deseos fielmente y sólo recibe tu desconfianza y tu odio en pago —aseguró Livia. —¿Qué otro general te ha sido más fiel que Tiberio y más capaz?
—Drusus —suspiró Augusto melancólicamente. —Drusus era el elegido de Roma, y fue derribado por un relámpago... ¡Me lo arrebataron! Drusus era cien veces mejor que Tiberio, Livia, y lo sabes...
—La ignorancia te nubla la mente, esposo, porque los espíritus más triunfantes y hábiles no son fieles, mientras que los fieles a menudo adolecen de unas pocas faltas que los apartan de esa sublime perfección que tú tanto adoras.
—¿Estás despreciando la memoria de Drusus, tu hijo?
—Estoy siendo justa con mis dos hijos, y dejo la idolatría de Drusus para los sacerdotes.
—Si no te explicas lograrás que esta noche pierda una hija y una esposa, Livia Drussila...
—Augusto, escucha lo que he de decirte: Drusus propuso a Tiberio pedirte en Roma que te retirases y que dejases lugar a la República otra vez, y al Senado. Era aparentemente un republicano, pero planeaba poco antes de morir retirarle el poder por las buenas, o por las malas.
Augusto clavó sus ojos grises en Livia.
—¿Estás acusando de traición a la memoria de Drusus, que tan noblemente cayó en Germania? ¿Te atreves a manchar la memoria de uno de los campeones de Roma, a cambio de satisfacer a tu torpe y estúpido cachorro...?
Livia disimuló su ira, pero se sintió segura de sus argumentos, y decidió seguir hasta el final.
—Es verdad lo que digo, tan verdad como que Tiberio rehusó en varias ocasiones y, fiel a su hermano y fiel a Augusto, el
cachorro torpe, el cachorro fiel, como tú lo llamas, disuadió a Drusus de la fatal idea... pero Drusus venía a Roma a recoger el inmenso Triunfo que le habías preparado. Sabía muy bien que después de recorrer Roma con la toga picta de múrice y los laureles de Júpiter podría exigirte la retirada. Sus tropas lo adoraban, y el gran ejército del Rhenus habría bastado para forzarte a una terrible guerra civil. Ese era Drusus, brillante, sí, pero ambicioso como el fuego, y dispuesto a hacer uso de sus propios triunfos para enviarte al exilio. Augusto se habría visto obligado a retirarse, y habrían sido los hijos de Livia Drussila los responsables de la sucesión imperial. Pero Tiberio no quiso, has de saberlo, ni tampoco Livia.
Tú eres el gran hombre de Roma, el divino Augusto, te adoro desde que mis ojos te vieron por primera vez, y la ambición jamás me ha cegado. Ninguno perpetró el plan de Drusus, y por ello has de saber, te guste o no, el inmenso valor de la amistad de Tiberio, y esta ignominia sin par te obliga a compartir la vergüenza que hasta ahora Tiberio debía sufrir a solas. Él se retiró a Rodas humildemente, y allí está esperando tu palabra para servirte...
—¡Basta!
El grito de Augusto asustó a Livia. Éste había extraído una daga de los espesos pliegues de su toga, que empuñaba contra ella.
Livia lo miró con la boca abierta. Jamás había oído gritar a su marido. Qué inmensa ira ardía en su interior, aturdida por la desesperación y el desprecio, eso no cabía en su mente. Si no la mataba en ese mismo momento, habría conseguido lo que se había propuesto. Un golpe mortífero en el último instante, que desestabilizaba las fuerzas de la familia imperial. Estaba a punto de vencer, siempre y cuando la punta de aquella daga no se precipitase contra su pecho.
Los ojos de Augusto se relajaron. Sin apartar la dominante y gélida mirada que caracterizó durante años a Octavio; su brazo descendió, relajado. La tensión abandonó los músculos de su
cuello, y el ardor que poblaba sus mejillas le abandonó mientras una despreciante frialdad devolvía el tono habitual a sus facciones.
—¿Sabes a quién sajó esta punta de acero, Livia?
Livia negó moviendo la cabeza, desesperada. Por un momento y por primera vez en toda su vida, sintió miedo ante Augusto. Por fin supo que Octavio era capaz de cualquier cosa con tal de imponerse, y eso incluía a su esposa.
—No lo sabes. Esta es una de las muchas que se clavaron en el pecho de mi tío abuelo, esta es una de las dagas que los traidores usaron para convertir el cuerpo de uno de los hombres más grandes de Roma en el guiñapo de un vulgar carnicero... Julio César, traspasado en las escaleras que accedían al Senado... Lo recuerdo tan claramente. No ha habido ni un solo día en el que yo no haya recordado eso. Ni uno. Así es como he gobernado. Sin olvidar. En el futuro procura no hablarme como me has hablado hoy, ¡jamás!
Un espasmo de rabia turbó su rostro al pronunciar esa palabra, y pasaron unos instantes hasta que recobró la fingida calma con la que hablaba.
—Tomaré decisiones según mi criterio y a la vista de los acontecimientos, mas sin tener en cuenta tus memorias, Livia. Haré justicia hacia la familia imperial, y los descarriados se perderán en los eriales por los que vagan. No sacrificaré a mi familia entera por ser benevolente con unos pocos perdidos... Pero si vuelves a mancillar la memoria de Drusus, Livia, has de saber que te aguardará igual suerte que a Julia. Ahora, márchate, y desaparece en tus habitaciones hasta cuando yo te lo ordene. ¡Fuera!
El último grito de Augusto alcanzó a Livia con la fuerza eléctrica de un rayo. Sacudida, llorosa, y en el fondo poseída por la mayor furia que había experimentado jamás, se inclinó ante su esposo y retrocedió sin apartar la mirada envenenada de los ojos grises del emperador. Al fin abrió la puerta, abandonó la sala y desapareció en los pasillos.
Augusto sintió a solas el verdadero dolor que lo amenazaba.
Había hecho un esfuerzo inmenso por sobreponerse a la enérgica cólera de Livia. Pero, al fin, a solas con su alma, dejó caer la daga al suelo, donde restalló con un golpe metálico, y Augusto retrocedió vencido. Se inclinó y depositó su frente en la mano derecha. No hubo lágrimas en su rostro, pero no fue capaz de levantarse hasta pasados muchos días de congoja.
A pesar de su obligado retiro, Livia se aseguró de que la noticia del escándalo se extendiese por Roma como un fuego en las malezas resecas de Corsica. No contenta con ello, Sejano, su nueva mano derecha en aquellos asuntos, se encargó de que resultasen identificados en aquella orgía algunos miembros hostiles del Senado. Livia fue especialmente certera cuando la declaración de Sejano incluyó a Iulo Antonino, el esposo de Marcela la Menor, asegurando además que era él quien engañaba a Tiberio en compañía de Julia y quien conspiraba a la sombra para poder usurpar el trono del Imperio ganándose a la hija del emperador.
No podía ser más certera, su plan no podía estar mejor estudiado. Cualquiera que resultase salpicado por semejante deshonra sólo podía verse inculpado y destruido de por vida. Pero Iulo hizo lo imposible por enviar sus razones a Augusto. Trató de convencerlo con cartas y testigos. Pero las cartas no valían nada y los testigos fueron desmintiendo cuanto decía, por miedo a que fuesen inculpados por Augusto como colaboradores del perjurio, exponiéndose a correr semejante suerte que el presunto criminal contra la præfectura morum. Se inició un proceso de acusación contra Iulo, pero el mismo fue suspendido por decreto del Senado entero, cuando todos los testigos que habían decidido ofrecer coartada a Iulo se retiraron cobardemente. En ese momento Iulo abandonó la lid por su vida, y aceptó el silencio de Augusto como la más clara de las respuestas. Todo ello se vio reforzado al descubrirse que Iulo estaba apoyando descaradamente la campaña de Cayo y de Lucio en Roma, lo que se consideraba en conjunto una premeditada y clara conspiración contra el emperador.
Entretanto, Augusto permaneció encerrado durante varios días y no atendió absolutamente ningún asunto del estado. La crisis personal del emperador era evidente, y le costó mucho más que un disgusto. La vergüenza le corroía las entrañas. Pero sabía que debía recomponerse, comparecer ante el Senado como una íntegra columna sobre la que reposaba el peso del Imperio, y exigir estoicamente un final justo y a la medida de lo que públicamente se esperaba de su gobierno. Augusto había promulgado fuertes leyes que atacaban el adulterio y la vida disoluta de los senadores, había apadrinado expropiaciones, inculpado la falta de descendencia...
ahora no podía pasar por alto semejante escándalo en el seno de la familia imperial. Sería el mayor acto de despotismo que pudiese imaginarse, el Senado protestaría, las facciones que apoyaban a Iulo cobrarían aliento, y muchas fuerzas escaparían a su control. Si no se mostraba duro y firme, sería considerado un monarca soberbio, como Tarquino, y no un princeps que hacía valer sus propias leyes como ejemplo.
Augusto se preguntaba por qué Julia, ahora que había sido descubierta, que era consciente de su crimen, por qué no hacía lo que todos esperaban que hiciese para mayor comodidad de la familia. Hasta en eso era ingrata su hija. Estaba recluida en su domus, vigilada, sola. Ni siquiera sus hijos quisieron acercarse a ella, salvo Póstumo. Y Julila y Agripina, las más jóvenes, habían quedado a cargo de Antonia, en compañía de Germánico, de Claudio y de Livila. Póstumo, el único de los hijos de Julia fruto de su unión con Agripa, que Augusto no había apadrinado tras la muerte de éste, era el único que se atrevió a exigir encontrarse con su madre. La guardia que la custodiaba se lo había impedido, y Póstumo, un joven extremadamente fuerte, se había enfrentado con uno de los centinelas, atreviéndose a arrojarlo en su forcejeo a un estanque de los jardines.
Todo ello aumentaba la ira de Augusto, su descontento, la sensación de desorden, de escándalo y de vergüenza que más podría desprestigiar a su persona.
Una mañana, Augusto acudió solemnemente al Fórum.
Cuando empezó a recorrer la distancia que le separaba de la escalinata que ascendía a la basílica, el sol todavía no se había asomado por encima de los tejados, y una claridad azul empapaba el mármol omniscente de las gélidas victorias, del gran arco, de las fachadas de los templos, en cuyos frontispicios se articulaban los soberbios bajorrelieves de las gestas divinas. Le pareció que todo dormía a la espera de su llegada, que aquel azul matutino, frío y distante, en el que aparecían bañadas las esculturas ecuestres y las águilas en lo alto de las poderosas columnas, era como un sueño de la piedra que aguardaba el hálito divino, solar, que con el que Roma se había convertido en la nación más poderosa del mundo.
Mientras andaba, un silencio le envolvía, a pesar de que no eran pocos los que se inclinaban a su paso, los que se volvían, plegando el angusticlave que recorría sus togas albas, para contemplar sus ojos. Los hombres del poder escrutaban sus ojos, con una sonrisa de sumisión del ras de la cual se ocultaba la curiosidad que va en busca de la debilidad. Pero Augusto avanzó solemne y serenamente.
De pronto el sol parpadeó e iluminó las fachadas del senado y del Templo de Cástor y Pólux, la segunda sede de los tribunos, el altar del Volcanal, la estatua de Marsias, los arcos y las academias de la Basílica Sempronia y la Basílica Fulvia, el soberbio Templo de Saturno, ante cuyas escaleras la Vía Sacra torcía rodeando los comicios, con su Lapis Níger y la Rostra, y detrás, a su derecha, la Basílica Porcia y la Curia Hostilia, la sede del Senado.
Los edificios se encendieron ante la mirada del sol. Los severos cánones de su arquitectura ardieron en líneas y formas de las que sobresalían, en perfecta armonía, sus divinos moradores en el descanso de los arcos...
Todo el poder de Roma lo saludaba, y él, Cayo Julio César Octaviano Augusto, volvía sobre sus pasos para demostrar, una vez más, quién era el amo del mundo.
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