Liberator Germaniae
Capítulo XI
8 d.C. Batalla de
Pœtovio
El manto tenebroso de la noche, que a menudo aparecía tachonado de estrellas, los enlutó con su impenetrable negrura, acaso celosa, deslumbrada por las fieras llamaradas de Pœtovio.
Armin había recorrido el perímetro de la muralla y, después de algunos combates aislados, logró abrirse paso hacia el sur. La antorcha en que se convertía la ciudad arrojaba un extraño resplandor. Los muros de piedra que encerraban sus brasas estaban calientes. No quedaría nada de aquel lugar, salvo un amasijo de metales fundidos, madera carbonizada y escoria. Los panonios habían fallado en su ataque, pero al menos esta vez tenían claro que Roma no conquistaría más que sus despojos. Y que si alguien tenía que destruir sus posesiones, esos eran ellos.
Los combates se sucedían por alcance. Armin caminaba por un campo de muertos y malheridos. Los rebeldes habían logrado atravesar el Dravus y protegían sus puentes. Numerosas unidades de legionarios empujaban para salvaguardar los pasos por encima del agua. El combate se había encarnizado y las bajas en el ejército romano no eran pequeñas, aunque entre los panonios fuesen diez veces mayores. Armin tenía la sensación de que había muchos más rebeldes apostados en los territorios del sur, y que el verdadero caos
acababa de estallar. Los centuriones soportaban el combate del puente, animando a sus legionarios. Posiblemente estaban enfurecidos porque los panonios los habían privado de la posibilidad de un nuevo saqueo. Ese era el gran aliciente para muchos de los soldados de Tiberio, y éste había prometido que en Panonia no habría honor alguno, y que podían devastarla como quisieran.
Armin descubrió varias cabalgaduras que deambulaban asustadas y aturdidas. Sus jinetes habían resultado sin lugar a dudas abatidos. Corrió hacia uno de los caballos, lo montó y cabalgó hacia los puentes. Una vez allí se encontró con un buen número de jinetes que remolineaban desconcertados. No conocía a aquellos hombres. Eran galos.
—Hay muchos legionarios aislados al otro lado —declaró la voz de un centurión. —Han seguido el rastro de los que huían. Pero un buen número de panonios recorrió la orilla desde el sur y nos han cerrado el paso. Bloquean el Puente.
—¡No pueden echarlo abajo! —gritaba otro, en cuyo rostro aparecían parias heridas de poca importancia.
—Si lo echan abajo los generales nos mandarán azotar hasta que se nos caiga la piel a tiras... ¡¿Dónde están esos bastardos de Ligunius?! ¡Les mandé que regresaran! ¡Aquí! ¡Aquí!
Armin miró la oscuridad del río. Las aguas fluían ruidosamente entre los postes del puente. Demasiado profundo y demasiado caudaloso como para vadearlo. Recordó la hazaña de Gailswinther en la batalla contra Sentio Saturnio. Los caballos podían saltar sobre su enemigo.
Armin arreció hacia delante y ordenó a los galos que lo siguiesen, pero sólo unos pocos decidieron hacerlo. Una vez allí los legionarios lo entendieron y se echaron a un lado. Armin gritó furioso y el caballo se encabritó, redobló en el suelo de madera, y saltó hacia delante. Mientras cogía velocidad, varios de los legionarios tenían que subirse a las verandas para evitar ser aplastados por el caballo. Al fin el animal obedeció y se arrojó de
lleno contra el enemigo. El querusco rodó por encima de sus cabezas abrazado a su espada envainada. Una vez en el suelo, otro caballo irrumpió detrás, aplastando a varios de los que se oponían cerrando el paso. Las antorchas llamearon fugazmente sobre él.
Giró sobre sí mismo, evitando una punta acerina que trataba de ensartarlo. Nuevos caballos demolían el muro de panonios. La espada de Armin centelleó y el mandoble derribó a uno de sus oponentes. Otro golpe y un rostro al que ni siquiera vio claramente era partido. Un caballo relinchaba dando coces. Su jinete había caído, y Armin no lo dudó y montó la gran cabalgadura. La azuzó y ésta se sintió segura cuando alguien al fin le dijo lo que tenía que hacer, y toda su fuerza se concentró en un avance despiadado.
Armin había atravesado el tapón del puente. Trotó furiosamente.
Uno de aquéllos se aproximó al caballo, pero la larga espada del querusco lo alcanzó amputándole un brazo. Otros se apartaron, lo increparon en una lengua que desconocía y volvieron sobre sus pasos. La mayoría corría a taponar la hemorragia del puente.
Armin se precipitó en la oscuridad y desapareció como un espectro.
Algún tiempo después se dio cuenta de que el terreno ascendía y vio el hormigueo de numerosas luces que parpadeaban. Allí estaban los romanos. Se libraban combates en las faldas de los montes.
Parecía que era una aldea lo que se había convertido en un campo de batalla. Los legionarios habrían dado con la hilera de fugitivos que había abandonado Pœtovio a última hora. Detrás, la antorcha de la ciudad envuelta en llamas continuaba elevándose como una aparición. Numerosos fuegos ardían alrededor. Se veían detrás los parpadeos uniformes y simétricos de las unidades de mando de los tribunos y generales, que ya rodeaban la plaza conquistada.
Armin galopó hacia delante, en busca de la avanzadilla romana que combatía al pie de los montes que separaban el valle del Dravus del valle del Savus, y al cabo de poco tiempo emergió
de las tinieblas empuñando el arma. Lo que presenció no se parecía a nada que hubiese visto en toda su vida. Nada había sido tan horrible y desgraciado, tan fantasmal como aquello.
Docenas de chozas dispersas ardían en mayor o menor grado.
Las antorchas punteaban el paisaje de una sombra. Veía cadáveres por doquier que mirase. Los legionarios daban voces, iban y venían, y a medida que avanzaba quedaba manifiesto que los romanos habían alcanzado la columna de fugitivos, y que un buen número de aquellos había quedado desprotegido por los líderes. Lo que Armin veía era una matanza, un exterminio popular... Había oído hablar de algo así, pero jamás lo había presenciado. Drusus lo había practicado en Sugámbria, años atrás. Varios romanos lo vieron y se miraron confundidos. Algo en la actitud de Armin les hacía pensar que era un enemigo, aunque después de mirar con detenimiento parecía vestir una lorica de caballería. Los legionarios no le hicieron mayor caso y continuaron entrando y saliendo de las cabañas. Armin galopó hacia delante.
Vislumbró unas sombras que se destacaban contra un fuego.
Un gran establo desvencijado se alzaba por detrás, las vigas relamidas por ambiciosas llamas. Escuchó gritos horrísonos. Su mente se inundó de una fuerza perversa. Un intenso dolor le brotaba de las profundidades y le inundaba las sienes, un dolor que llevaba muchos años enterrado.
De pronto estaba otra vez en Wulfmunda...
Armin se quedó solo. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que su hermana ya no estaba allí. Se puso en marcha entre las malezas que separaban varias de las casonas, y dejó atrás el corazón de la aldea. Al fin escuchó unas voces que discutían. Las siguió y espió en una de las casas. Se asomó a la sala, y allí vio que el romano apresaba a Ilfraud por una muñeca y con la otra mano le mostraba algo que sostenía entre los dedos.
—Argentum.
Había oído aquella palabra en otras ocasiones. Pero no sabía qué podía ser. El grosero romano se había librado del yelmo y arrinconaba a su hermana, mostrándole una brillante moneda. Ella dejó caer el cuévano y no apartó los ojos del soldado. Su rostro enrojeció y trató de gritar cuando la manaza se posó sobre su boca.
Comenzóa debatirse violentamente. El brazo del soldado la redujo.
En ese momento un gran romano entró en la sala. Mostraba una gran cicatriz en el rostro, y sus hombros eran desiguales. Uno de sus brazos se movía con dificultad. Se aproximó a la rabiosa Ilfraud y trató de dominarla.
—¿Qué tal si tranquilizo a esta puerca, Cazarratas?
—¡No la golpeéis! —ordenó el centurión—. Que disfrute lo que se le viene encima...
Mientras el primero cerraba la boca de la joven y sujetaba sus brazos, otros dos legionarios aferraron sus piernas y las abrieron, dejando al descubierto sus labios vírgenes. Cazarratas se disponía a disfrutar cuando oyó que alguien se aproximaba por detrás.
—¡Mira lo que he encontrado!¡Mira esto! Estaba mirando desde la ventana —dijo un legionario de cara macilenta mostrando a Armin. Lo había apresado y lo llevó hasta dentro. Armin insultaba en una lengua que no entendían y movía unos brazos que no podían causar ningún mal. Su cuchillo se había desprendido de su cinto al ser atrapado.
—Así que te gusta/i>, ¿verdad? No lo dudo, pequeño —dijo Cazarratas, y pasóla mano por el rostro de Armin. El muchacho se sintió por primera y última vez en su vida paralizado por el asco y el miedo. De pronto se le nublaron los ojos, sintió aquella furia.
Escupió en la mano del hombre y se agitó como una fiera.
—¡Salvaje bárbaro! —exclamó Cazarratas. De pronto le propino una poderosa bofetada, y después otra, bien calculada, dejando que los nudillos le abriesen el pómulo. Ilfraud enrojeció desesperada.
—Pues mira esto —dijo el centurión. A su alrededor el hedor de aquellos hombres le embriagó de asco. Cazarratas se levantóla falda de cuero y mostró su gran verga erecta. Las risas estallaban sobre ellos. El captor de Armin lo alzó e inclinó su cabeza entre las piernas de su hermana. Armin estaba tan furioso e impotente que escupía espuma y rabiaba un dolor que le reventaba en las entrañas.
De pronto el centurión se impacientó con Ilfraud y le dio un puñetazo en el pecho, alzólas piernas con violencia, apresando sus esbeltas pantorrillas, y la abofeteó con saña una y otra vez. Armin sintió la sangre de su hermana salpicándole el rostro. Los brazos que lo aferraban volvieron a alzarlo. Cazarratas mostró su enorme e hinchado falo, lo agarró y lo situó apuntando como un ariete entre las piernas de la adolescente, que volvía a resistirse inútilmente.
—Ven, muchacho, hoy te vas a hacer un hombre —dijo el centurión torciendo su rostro con un espasmo de ira y placer, al tiempo que apresaba con la otra mano la cabellera del niño. Empujó hacia abajo la cabeza de Armin hasta que pudo oler el sexo de su hermana. Las risas estallaron alrededor. Voces nerviosas.
Frenéticas.
—¡Mira este cunnus!
El enorme pene se introdujo a la fuerza en el interior de su hermana. Armin recordó las heridas abiertas de los animales...
Cerrólos ojos, pero el fragor con el que ella se debatía le impedía evadirse y caer desmayado, que es lo único que quería. El romano violó implacablemente a Ilfraud. Ya no necesitaron sujetarle la boca, pues era tal el dolor que la muchacha sentía que no podía más que gemir y respirar entrecortadamente. Cazarratas se sacudió sin pausa como un toro, mientras apretaba sus pantorrillas con dedos codiciosos, hasta que vertió toda su ira en las entrañas de la niña.
Después escupió sobre ella.
—Esto sí que ha sido excelente... Vaya sorpresa. Una buena bárbara... Dejadla —dijo respirando profundamente—. Ya no creo que se os resista, porque veo que le ha gustado, pero...
Entonces la golpeó con el puño. Ilfraud cayó de espaldas como un muñeco. De su nariz manaba profusa sangre. De pronto, uno de los legionarios, nervioso, saltó entre sus piernas y la violó mientras recorría su rostro ensangrentado con la lengua. Después fue el otro soldado el que profanó aquel cuerpo. Por último, el que apresaba a Armin se deshizo del niño y alzó a la muchacha.
—¡Pon una mentula romana en ese culus germano, Fabio!
¡Vaya princesita bárbara!
La inclinósobre una mesa y la penetró por detrás con fuerza mientras los otros se divertían a su costa. Armin, en el último momento, vio cómo uno de los romanos lo miraba torcidamente y acariciaba la empuñadura de su gladio. El muchacho corrió de pronto hacia la ventana, saltó y huyó al bosque a esconderse, mientras el último gemido del violador resonaba a sus espaldas.
Así había sucedido, dieciocho años atrás, en Wulfmunda, el lugar que su padre, Seginmer, protegía, allí mismo había sucedido, en el lugar más seguro de Germania, gracias a la traición de Ucróner...
OceanofPDF.com