Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 61 de 122

Páginas del PDF

Liberator Germaniae

Capítulo IV

8 d.C. Savaria

«Bienvenidos al fin del mundo, decía Cerunno al final de la batalla... Bienvenidos a la hecatombe con la que los hombres—

dioses celebran la vida y la muerte. Bienvenidos a la venganza de los poderosos. Malditos sean los que penden coronas en la frente helada de los inocentes...».

Armin recorría las calles de Savaria. Sus ojos avanzaban por un horror inefable. La indiferencia con la que era capaz de verlo sólo respondía a una ardua formación que el mundo se había encargado de darle desde muy pequeño. Conocía el filo y la muerte, sabía lo estrecha que era la frontera que separaba la eufórica alegría de su último aliento para quienes respiraban.

A su alrededor, tendidos, había mil cuerpos mutilados, diez mil miembros esparcidos, charcos de hedionda muerte a los que vendrían a abrevar las criaturas más inmundas. El fuego, que decrecía en algunas partes, había calcinado los cuerpos de los que fueron colgados. Algunas ancianas esparcían un llanto incontrolado y atroz. Los ecos resonaban asimétricamente, recorriendo el laberinto de ruina y destrucción en el que una maléfica Ariadna había encerrado a todos sus Teseos malditos. El caballo avanzó hasta donde las puertas habían sido abiertas. Algunos legionarios se entretenían arrancando lo que podía considerarse de algún valor. Se oían gritos y risas. Algunos pasaban junto a Armin como si aquello

fuese el espectáculo más normal del mundo, y de hecho el más conveniente para quienes visitan demasiado a menudo los ardientes, encarnizados campos de batalla de Roma... ¿Qué mejor que encontrarse en el lado de los vencedores cuando sucedían matanzas con las que los hombres daban forma al destino, absurdo y caótico, de su mundo? Se cruzaban con la mirada fatalista y turbia de Armin, en cuyos brazos y rostro aparecían los rastros sanguinolentos del que ha participado en la brutal tarea. Pero él había ajusticiado a los despreciables jefes. No sabía decir por qué, pero junto al profundo asco que sentía por sí mismo, había odiado a los panonios, y su furor en el combate había alcanzado extremos que desconocía. En cada momento tenía en cuenta la cobardía de aquella huida, la inutilidad de aquel levantamiento, la fatalidad del mundo entero, que se le enrollaba en torno al cuello y amenazaba con estrangularlo. Qué náusea se apoderaba de las profundidades de su espíritu con cada grito...

No le encontraba sentido al mundo.

¿Por qué estaba allí, ensangrentado, en brazos de sus enemigos...? Servía a Tiberio Claudio Nerón, un privilegiado aristócrata, y él, Armin, un querusco, estaba allí matando para él.

¿Valía la pena Thusnelda y el respaldo de la familia de Segest?

¿Justificaban esos intereses personales la asquerosa decadencia a la que se entregaba, hundiéndose en el fango...?

Las ciénagas de Wulfmunda se abrieron ante él, y, en medio del lodo, apareció el rostro de Cerunno, reflejado en las aguas pútridas. Los ojos del santón lo atravesaban. No hay mayor desprecio para hombre alguno... ¿hacía lo correcto? Ni la vida de un hombre, sólo importaban sus propios intereses, ¿o había algo más? Los años de Wulfmunda se abrían en el fondo de su alma como las espesas arenas movedizas en las que se hundía lentamente.

Por primera vez sintió que no estaba en el lugar que le correspondía, que debía haber huido con Thusnelda hacia Gundabrup, la fortaleza de los sajones, lejos, muy lejos de Roma y

de su propio pasado. Haber ignorado las exigencias de Segest y de Cerunno, y haber escapado al dilema que lo partía por la mitad.

Thusnelda era en cierto modo culpable de aquello, indirectamente responsable de lo que sentía, y el odio se agitaba como un dragón en sus entrañas.

Insensata Thusnelda.

La culpa era suya, por haber confiado únicamente en su juicio, por haber tratado de complacerla hasta tal punto que sólo ella podía tomar una decisión que para él valiese la pena. Había presentido todo aquello, pero lo había ignorado. Se había ignorado a símismo...

Un grito agudo lo arrancó del ensimismamiento; unas ancianas aparecieron no muy lejos y corrieron asustadas. Un par de soldados les arrojaban piedras. Las ancianas gritaban enfurecidas. Los legionarios buscaban algo en el interior de la casa. Los vozarrones latinos fueron respaldados por otros; las mujeres trataron de huir, una de ellas cayó, débil como era. Cuando se volvió desde el suelo, esperando encontrar a su hermana para que la ayudase, la anciana se encontró con unos avellanados ojos marrones y claros. El rostro mostraba marcas de sangre coagulada. Las alas de la nariz parecían muy abiertas, airadas. Los cabellos, enredados y ligeros, le caían a ambos lados por sobre unos hombros acorazados, un par de trenzas no muy largas recorrían los parietales y bajaban por detrás de las orejas, enganchadas en estas.

La anciana conocía esa mirada. Había un sagrado respeto en ella. El joven la ayudó a levantarse y ella se apartó y huyó con su hermana.

Los ojos del joven cayeron sobre los legionarios.

El querusco miró al cielo mientras los legionarios reparaban en su presencia, conscientes de que había ayudado a la mujer.

Armin alzó los ojos y respiró profundamente como si quisiese tragarse todo el aire del mundo. Los dos legionarios se miraron y

sonrieron. Uno de ellos hizo un comentario obsceno en latín. El querusco empuñó la larga espada y avanzó. Su rostro se deformó.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El demonio de las ciénagas asomó a la superficie de su espíritu. No había mirado el cielo, se había cerciorado de que nadie los veía desde lo alto o alrededor.

Alzó la espada y corrió. La hoja descendió y reventó la bóveda craneal de uno de ellos. El otro no conseguía articular palabra y emitir el grito de auxilio, anonadado por lo sucedido. Cuando estaba a punto de conseguirlo, una patada del germano lo arrojó al suelo. El golpe del halcón descendió con tal fuerza sobre él, que apenas sintió algo más aparte de que se le nublaba la vista cuando su cabeza era despedazada. Armin miró la matanza a sus pies. No había suficientes hombres a los que pudiese aniquilar para calmar su ansiedad y su ira.

Dio media vuelta, montó el caballo y desapareció. Abandonó la ciudad, y pensó, satisfecho, que había preparado un buen festín para los buitres con aquellos dos degenerados. Y la audacia reanimó la sangre en los cubículos de su cuerpo, al fin convencido de que no todos los rincones de su alma habían sido comprados por Roma.

El sol —un baño de sangre— desbordó múrice y mirra en el oeste, donde montañas inexpugnables desgarraban los cielos de Noricum.

Las siluetas del campamento ya se habían alzado alrededor.

Ázimas torres de humo trepaban en el aire acre.

Vozarrones dispersos rompían la calma. Las dos legiones habían trabajado duro. Sólo los más ociosos legionarios, con el consentimiento de sus centuriones, hurgaban en los despojos de la ciudad, y dos de aquellos gusanos se quedarían allí, hasta que sus parientes volviesen para medrar en sus entrañas y recoger la

herencia que justamente les correspondía. «Derecho romano» pensó Armin.

OceanofPDF.com