Liberator Germaniae
Capítulo XIX
9 d.C. Teutoburgo
Mientras Ortwin hacía volar su águila ante las legiones, tal y como le había pedido Armin, convocando el vuelo de sus congéneres, y Varus y sus augures no dudaban que la Fortuna les sonreía, bendiciendo cada paso que daban en aquella dirección occidental, el querusco ultimaba los preparativos y rogaba a los dioses que los guías lograsen conducir a su enemigo hacia el lugar indicado.
Las numerosas hordas fueron armadas y revisadas, y Armin pidió que abandonasen el Santuario y que se sumergiesen en las selvas de Teutoburgo, en busca de cada lugar tal y como lo había planeado. Setenta mil germanos desaparecieron en las tinieblas impenetrables de las florestas de Osnengi, a la espera de las órdenes del kuninc. La movilidad de sus unidades y su superioridad numérica le garantizaban a Armin eventuales desplazamientos en busca de las posiciones más ventajosas según la ubicación final de la marcha de las legiones.
El día finalizó y las nubes se congregaron, negros presagios otoñales de lo que acontecería. Armin volvió a las rocas del Santuario, y ascendió hasta una de sus cumbres para contemplar el paso de la tormenta, que se anunciaba con fugitivos lampos a lo largo del horizonte nórdico. La lluvia comenzó a caer, y recordó a Thusnelda, a la vez su valquiria y su madre tierra, por primera vez
en muchos días. La terrible actividad le había impedido pensar en ella de ese modo; la recordaba siempre, pero no de esa manera tan concreta, acariciándola con cada uno de sus pensamientos. Su largo cabello, su rostro, sus ojos verdes...
Oscureció bajo la lluvia, y la silueta del querusco se fundió con la negrura del cielo.
En la pradera, las manadas de lobos acudían a recoger las ofrendas de Cerunno. Escuchaba los aullidos y ladridos, sus rencillas, sus furtivas idas y venidas.
Allí permaneció largo rato, en la alta cumbre de Externstein.
Seguía imperturbable, contemplando el paso de los cielos.
Vislumbraba sombras de altas serranías y cumbres, pero era una impresión efímera y se perdían en la distancia, como si el cielo las arrastrase consigo, o como si las rocas del santuario navegasen por un mar de nubes y las dejasen atrás, inmovilizadas en un momento irrepetible y a la vez eterno. Un manto de niebla se arrastraba sobre la Tierra, la incertidumbre que asolaba los caminos de los hombres mortales volvía a visitarlos en su última hora. Y así llegó la noche.
No importaba la lluvia ni el rayo, el trueno o la sangre que resbalaría por las hojas de acero. No valían nada. El barro, o el sudor, o el quebranto cruelmente asesino, la brutal escisión que separaría la vida de la muerte. Las pérdidas, los amigos, la propia vida, donde, así se lo parecía, no hay en realidad nada que perder, pues todo en ella es prestado. Todo eso carecía de valor.
Sólo la victoria dignificaría el esfuerzo.
El rugido de la gloria empujando por los torrentes de la sangre, desbordando sus cubículos ignotos, transmitiendo su fuerza a los nervios.
Hacer algo que jamás nadie se había atrevido siquiera a soñar.
Por encima de la condición humana. Por encima de todo cansancio.
Una victoria mundial. Una victoria histórica. Una herida en el pecho de Augusto, que no volviese a cerrarse jamás, y que sangrase hasta el día de su muerte.
Él.
Arminius.
Que Roma no olvidase su nombre.
Que la Historia recordase el precio de su ira.
Preparado para su obra maestra: demoler los pilares del Imperio. Destrozar al enemigo odiado y conquistar una grandeza sin precio más allá del hombre. Como Alejandro, como Aníbal, como Vercingetórix... Él, la implacable determinación de un sólo hombre...
Alzó el puño, crispado.
La figura imponente del vengador, con el yelmo alado, impasible ante la vastedad del paisaje y las rachas de lluvia que lo azotaban, se irguió frente al abismo, en la cumbre más alta del Externstein, en la Roca del Sol.
Una silueta imperturbable, impuesta contra el fugaz arañazo de los rayos.
Una voluntad más fuerte que los sueños de este mundo y que el cobarde paso del Tiempo.
Un hombre de carne y hueso que eclipsaba el fulgor de unos dioses inmortales y tenebrosos, a los que él había obligado a jurar venganza contra Roma.
Una venganza por los oprimidos y sufrientes frente a la soberbia imperialista.
Una gloria y una luz imperecederas en la oscuridad de la historia.
Una sombra que se prolongaría hasta el fin del mundo.
Una voluntad que escindiría los milenios.
Un querusco, un hijo de Germania.
Un bárbaro, un creador.
Un superhombre.
Un libertador.
Un as.
OceanofPDF.com