Liberator Germaniae
Capítulo XXV
8 d.C. Umbría
Entre los jirones de su mente y mientras los pasos de sus porteadores le conducían a través de Italia, ni un solo rayo de luz rompió las sombras. Muchas veces aquella palabra, cobarde, resonó en su interior.
Cobarde, cobarde, repetía una y otra vez, mientras se sumergía en las insondables profundidades del sufrimiento.
Aparecieron los nimbos tormentosos del Tiempo, huyendo a la deriva por un cielo devastador.
Coronado por el yelmo con cuernos de ciervo, Cerunno emergió alzando los brazos, y todas las bestias de los montes parecían correr tras él como un enjambre de ociosos creyentes en torno a su semidiós liberado.
Los ojos de los animales lo miraban, y leía en ellos mensajes de incomprensión e inocencia.
Una gran manada de lobos corrió alrededor de Cerunno.
El santón alzó las manos y cerró los puños, como si lograse atrapar con ellos el Tiempo, y detenerlo.
La voz del sabio, cavernosa y profunda, brotó de las entrañas de la Tierra y del interior de los árboles, del agua que manaba por
los lechos de piedras, de todas las plantas que Armin había visto, y de las flores bellísimas y luminosas de las ciénagas...
Todo parecía entonar las palabras del Único.
El aire de la mañana estaba limpio otra vez. Ante los ojos de bronce del niño Armin los rastros de bruma eran barridos por una brisa gélida. Por encima, las nubes se arrastraban a gran velocidad, hacia el oeste, dispersas, agujereadas como quesos, superponiéndose en capas densas a través de las cuales se escapaba el parpadeo del sol recién nacido, como un ojo que se despierta. Un haz de rayos se abrió paso allí entre las nubes, y cayó como un telón de fuego. Detrás sucedió lo mismo, y muy cerca, ante él. La mirada del sol atravesaba los piélagos tormentosos con lanzas que descendían, se clavaban, y se movían inundando la tierra de color. Mientras transcurría el momento mágico, la mano del hechicero se posó sobre su hombro. El viejo se puso en cuclillas, los ojos fijamente clavados en el horizonte, la barba erizada por el viento.
—Allí, ¿lo ves?, los ojos de Wuotanc miran las montañas solitarias de Teutoburgo, el Bosque de los Teutones, y lo iluminan después de la tormenta. Noche y niebla han pasado. Los padres de los queruscos, de los cáucos, de los téncteros... fueron los teutones. Sus espíritus están allí, descansan en los bosques profundos y sagrados, en los que muy pocos cazadores deben entrar.
—Parece muy grande, maestro. ¿Podría yo cazar un jabato allí?
El adivino rompió en una larga y plácida risa, y fue la primera vez en su vida que Armin lo vio reír.
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