Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 3 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo I

5 a.C. En el monte

Gaurus

Tres águilas se desplegaron en el aire, dominando el cielo con grandes círculos.

Las laderas del monte Gaurus, próximo a Cumæ, bajaban abruptamente de los riscos empinados y roqueros. Sus escarpadas moles volcánicas se asomaban por encima de los campos de Campania, mirando hacia la bahía de occidente, donde muchos años atrás Æneas había desembarcado para consultar el oráculo de la popular sibila, llamada Demófila. Los pinos sombríos susurraban agrupados en espesas y agrestes arboledas, como si no hubiese pasado el tiempo tras aquel día; desde el aire, sólo eran manchas y latigazos oscuros. Todo era igual que centurias atrás en Cumæ. No por casualidad los griegos denominaron gauros a la mole volcánica que había atraído el interés de los adivinos. Y las águilas que moraban en sus riscos de lava reseca fueron tan sagradas como el Averno y sus fumarolas, bocanadas del tartáreo submundo que arrullaban el sueño premonitorio de las sibilas; tan sagradas como los estandartes de las legiones y como las mujeres que habían redactado los Nueve Libros Sibilinos eran las águilas que vigilaban los cielos de la montaña mágica.

Los árboles susurraban al amanecer en el aire seco de Campania. Un horizonte tranquilo, arrugado por las escarpias pétreas de la zona costera, se prolongaba antes de que la vista se arrojase por encima de un imperturbable Mare Tuscum, bajo la creciente claridad del áureo lubricus. El cielo, no obstante, no tardaría en dar por finalizado el espectáculo, pues una cubierta de nubes lluviosas se amontonaba por encima de los montes del interior.

En una cueva de la ladera, sobre los prados del risco, una loba había echado su carnada al mundo. Uno de los cachorros, negro como las entrañas abrasadas del legendario monte en el que había nacido, abandonó el amparo de las sombras al escuchar algo que se parecía al reclamo de la madre. Se adentró en las altas hierbas y gimoteó en busca del olor familiar. Sus hermanos lo miraron, pero no lo siguieron. Atento, se detuvo tras unos pasos audaces, volvió a escuchar el canto, y reanudó la marcha. Unos gritos en lo alto lo alertaron. Retrocedió confundido y sintió el peligro en el cielo.

Las alas de una repentina tormenta se abatieron sobre él. El viento que levantaban no era natural y removía la hierba. El diminuto cachorro se revolvió aterrorizado, para descubrirse en las garras de una muerte segura. La silueta del ave se alzó sobre él, con el plumaje del cuello empenachado por la brisa de oriente, extendiendo dominante sus alas, con las que parecía voltearlo de un lado a otro, más poderosa que el sol. El grito del águila cazadora lo paralizó. Su anuncio fue saludado por otras dos compañeras de su misma especie, que descendieron vertiginosamente no muy lejos.

El cachorro sintió una punzada en el tierno lomo, cuando las uñas cortantes de su captora lo atrapaban, arrugando su pellejo con un solo pellizco. No fue necesario recurrir al golpe seco del mortífero pico; tan inofensiva era la presa. Gañía el imprudente cachorro de los lobos, mientras la sangre empezaba a humedecerle el tupido pelo negro.

No muy lejos, la madre del lobato, protectora y vigilante, echó a correr sacudida por el instinto. Oteó la ladera en medio de una desesperada carrera, dispuesta a romper el cuello del viejo enemigo de una dentellada. Pero cuando sus ágiles saltos la llevaban de roca en roca como sólo las madres lobas saben hacer, el águila levantaba el vuelo allá delante, soberbia e indiferente a la tragedia; invadió el aire, que era su reino, posando la mirada en un sol que sólo ella podía mirar fijamente a los ojos sin quemarse, arrastrando consigo a la presa. Ascendió enérgicamente tras las escabrosas cimas del Gaurus y se ocultó en un manto de nubes indistintas; el mundo se volvió gris y comenzó a lloviznar.

La loba volvió a la madriguera con los ojos llenos de esa estoica tristeza animal que los hombres no entienden. Nunca más volvería a respirar el olor de ese imprudente y descarriado cachorro.

Mas, a menudo, al más imprudente y descarriado otorgan los dioses un singular destino.

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