Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 83 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XXI

8 d.C. Brundisium

Los montes rocosos de la costa mostraron una enorme abertura: la bahía de Brundisium era un puerto natural protegido por la propia orografía de la costa oriental de Calabria. La nave se aproximó lentamente, apenas una cáscara en medio del azul rizado que los halcones pescadores contemplaban desde las alturas que condenaron a Ícaro.

La nave se adentró en las tranquilas aguas de la bahía que, como un pequeño mar interior, albergaba en las orillas del fondo, detrás de los muros de roca y de las playas amarillas, la bulliciosa ciudad de Brundisium, el puerto más importante del extremo sur de la península itálica en su costa oriental. Se detuvo y su carga comenzó a ser porteada por numerosos esclavos. Unas pocas horas después, cuando un crepúsculo evanescente desaparecía detrás de las montañas, Armin descendía de la nave por su propio pie, mejorado gracias a la comida y al agua de los últimos días. Su barba había crecido y, a diferencia de los queruscos de su edad, mostraba el aspecto desastrado de un mendigo. Sus manos se habían vuelto más huesudas, su mentón se había marcado y había cicatrices de sol por todo su rostro. La transacción ya parecía haber sido realizada. No vio a los griegos, lo que le perturbó, aunque estaba seguro de que no los habían matado. Aquel viaje, desaparecidos sus extraños compañeros, de los que tanto había

aprendido, se había convertido en un sueño lejano e imposible. Las estrellas comenzaban a brillar cuando, en compañía de otros hombres aherrojados de tez oscura, Armin fue arrojado dentro de un carro que se puso en marcha y que no dejó de avanzar en toda la noche. Siguieron penosamente una calzada que atravesaba la tierra hacia el oeste. Por la tarde Armin veía cómo el sol volvía a descender justo allí delante, donde ellos se dirigían. El sol volvía sobre sus pasos cada día como una voluntad inexorable, y él no podía hacer nada para impedirlo. El trato rudo de sus captores, para los que eran tan indiferentes como los animales, le hacía pensar que su juicio o su ejecución estaban cercanos, y trataba de hallar una forma de escapar. Pero todo parecía tan claro, que algo en su interior se hundía como una piedra, y no era capaz de empujar ese peso y sacarlo de sí mismo, y escapar.

Uno de los desagradables romanos sonrió a Armin maliciosamente, mostrando repugnantes dientes, y le enseñó, maleándola entre los dedos, la chapa metálica que habían encontrado los legionarios. ¿Por qué no la había arrojado al mar...?

Tantos días rodeado de aquella masa inconmensurable de agua, y sólo en tierra firme comprendía la estupidez de su error. Aunque él había contado con llegar a tierra sin ser descubierto, y haber hecho uso de la inscriptio de bronce en otras circunstancias.

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