Liberator Germaniae
Capítulo XXIX
8 d.C. A orillas del
Rhenus
El Rhenus, el Río Grande, fluía al fin ante sus ojos. Los galos se apartaron y mostraron a Armin el destino final. Tenían órdenes de cargar con todas aquellas mercancías hasta Colonia Agripina, pero el herido debía ser abandonado en un cierto lugar según las instrucciones de Sixto Aulio. Había sido un viaje de miles de millas, durante el cual los porteadores y los responsables de la caravana se habían relevado, hasta que al fin los que llegaban a Germania no sabían ni de dónde procedía el herido. Sixto Aulio poseía magníficas relaciones con el norte, y eso le había garantizado la certeza de su envío. Desde las afueras de Lugdunum, donde continuaba reinando su sucesor, apenas habían hecho altos en las ciudades; Sixto era consciente de que en Germania su nombre podría ser demasiado conocido. El romano había consumado así una vez más su contradictoria filosofía del poder, y por alguna razón, Sixto estaba allí, a pesar de toda su decadencia, con ese atisbo de lucidez y ese grado de excentricidad tan marcadamente diogenésica, para aportar al viaje un detalle que podría acarrear fatales consecuencias. Mas Sixto era filósofo, diletante y pervertido, pero filósofo, y era consciente de que una mañana el vuelo de un insecto podía acarrear el alzamiento de una
marea cuyas olas serían capaces de sepultar islas enteras, como fuera el caso de Atlantis.
Armin había pasado inconsciente la mayor parte del viaje, poseído por alucinaciones, pesadillas y visiones. Parecía que su pensamiento continuaba pugnando por desentramar el hilo depositado por Ariadna en el laberinto del que salía. Los porteadores tenían orden de cuidar sus heridas y de darle de beber una solutio de agua y mandrágora que debía mantenerlo en aquel estado, pues era el más adecuado para su recuperación, con breves intervalos dedicados a comer una carne fresca que le daban, casi cruda, a medio tostar por fuera.
Las aguas fluían allí delante, detrás de una larga pradera salvaje sobre la que soplaba el viento. Más allá, los montes del Taunus se erguían orgullosamente como lomos escarpados y verdes. A media altura, jirones de niebla y vapor se arrastraban entre las copas de los altos abetos, y por encima los nimbos espesos y tormentosos amenazaban con rayos y truenos. Germania. Al fin estaba allí, sin saber cómo y ajeno a su propio plan, había logrado alcanzar su propio objetivo, pero quiso Armin entender que aquel viaje extraordinario, auspiciado por el Sol, había sido una prueba más de que los misterios del alma amenazaban con irrumpir y desatar una gran tormenta.
Pasaron dos días acampados entre los árboles. Armin recuperaba su consciencia, y los dolores de las heridas empezaban a fustigarlo. Los viajeros lo miraban de reojo. No querían hablar con el protegido del romano. Querían librarse del asunto cuanto antes, convencidos de que el secretismo ocultaba algo que podría acarrearles problemas. Armin se despidió un día y se dirigió a las orillas del Rhenus. Una vez allí se lanzó a las aguas y se dejó arrastrar. Los galos los siguieron con la mirada, hasta que desapareció de su vista. Las aguas no fluían con demasiada fuerza.
Poco a poco Armin fue alcanzando el centro del Rhenus, después tuvo que luchar para huir de los caudalosos torbellinos, pero no era
la primera vez que cruzaba a nado el Río Grande, y pugnó entre las ondas. Al cabo de un tiempo de intensa lucha, sus heridas del hombro comenzaron a dolerle sobremanera; si había monstruosos peces de fauces lobunas y ojos bulbosos en las profundidades del Río Grande, como aseguraba Cerunno, ése era el momento para saborear la sangre que empezaba a manar y para lanzarse en su busca.
No ocurrió así, y poco después se acercaba a la orilla.
Afortunadamente las escarpadas escolleras habían quedado atrás, y una lengua de tierra verde se hundía en las aguas. Armin logró vencer el cansancio y alcanzó la orilla.
Se arrastró como un animal exhausto, tosiendo y esputando agua. Salió a la orilla y giró sobre sí mismo. Hacía frío, y el aire se le clavó en las heridas abiertas del hombro, por el que resbalaba un rastro rojizo. Los puntos que habían cosido el profundo corte mostraban una nueva comisura eviscerada, los cuajarones purpúreos habían saltado, y la esencia de la vida manaba de los cubículos en el que debe quedar encerrada. Sus ojos no vieron el sol, sino perfiles grises, oscuros, caliginosos, que se superponían y se arrastraban devorándose unos a otros. Otra vez estaban allí, como había soñado, la nubosa cacería de los dioses sagrados, estallando con sus truenos por el cielo altitonante.
El aire arreció y del gris surgió un entramado de flechas de agua, cuyas salvas lo acosaban. Armin se alzó a duras penas y, recurriendo a todas sus fuerzas, comenzó a vagar hacia los montes.
Tardó algún tiempo en cruzar una pradera de alta hierba, llena de saltamontes e insectos que saltaban a cada paso. La herida del costado parecía bien cosida, pero el esfuerzo al cruzar el río a nado le había costado caro a su recuperación general. Sentía como si el acero que la había abierto aún permaneciese en sus entrañas, hurgando y retorciéndose.
El viento y la lluvia arreciaron. Los mechones de niebla se arrastraron ante la sombría barrera de un denso bosque, enganchándose en las ramas. Armin corría hacia los árboles,
cuando se encontró de pronto con una hilera de rostros. Había una línea de lanzas clavadas en la tierra. En cada una de ellas había ensartada una cabeza. No encontró rastro alguno de los cuerpos a los que aquellas cabezas pertenecían; podrían haber sido quemados en una pira, o sencillamente arrojados al río. Eran cabezas germanas. Junto a las sombras del bosque, los despojos, desvencijados y derruidos, de unas granjas confirmaron sus sospechas.
Roma había ajusticiado algunos rebeldes; mas él no sabía nada de lo que sucedía en Germania. Había pasado demasiado tiempo fuera.
Miró los rostros, los ojos vacíos, las sucias greñas. Los cuervos habían empezado a desollar el festín que se les ofrecía.
Armin se refugió en las sombras de la selva. La lluvia goteaba lentamente desde la cubierta vegetal. El frío penetraba en sus huesos. Todo parecía hostil a la naturaleza del hombre, y sin embargo una extraña religión amaneció para el germano al verse sepultado por la penumbra. Corrió lo más rápido que pudo, jadeando, hacia las profundidades, evitando ramas bajas, piedras musgosas, y los abetos negros se alzaron formando una trama tan tupida, que ni un fragmento de cielo pudo vislumbrar mientras buscaba desesperadamente el calor de la carrera, temiendo el momento en el que al fin tendría que detenerse, exhausto, pues sólo entonces la mordedura lobuna del frío hundiría sus hileras de colmillos dentro de su cuerpo, y estaría a merced del peligro.
Si lograse resistir aquel último embate, si tan sólo fuese capaz de alcanzar la ruta que conducía al oeste...
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