Liberator Germaniae
Capítulo VII
9 d.C. Aliso
La nieve había cedido y se retiraba formando manchas aisladas en el paisaje. Varios cientos de queruscos seguían a Armin a través de las colinas de Teutoburgo. El querusco admiraba las gargantas profundas, los hayedos abandonados, milenarios, los lechos pedregosos, las ciénagas, todavía heladas, que jalonaban su dédalo de rocas, florestas y desfiladeros.
Armin había esperado el momento oportuno para ir en busca de su hermana, casada con un romano en Aliso. Cuando Krimilda se marchó con unos parientes, algunos años atrás, nadie sabía que ella correría semejante suerte a la suya en compañía de los invasores. Finalmente fue casada con un romano, era todo lo que Armin sabía, a instancias y mediación de un germano del que ya había oído hablar en las legiones, llamado Flavus. Las sospechas de Armin terminarían por confirmarse, pero hasta entonces había decidido esperar al final del invierno. Todas las piezas empezaban a encajar, a pesar de que Cerunno no aparecía para responder a sus preguntas. Con la llegada del deshielo venía el momento de ganarse la confianza de todos aquellos que guardaban dudas y recelos acerca de su persona. Aunque conocía a los germanos. Muchos de los que desconfiaban de él no confiarían más por el hecho de que diese un escarmiento a unas guarniciones romanas. La profunda desconfianza de cierto tipo de germanos era difícil de cambiar, del
mismo modo que la plena confianza de otros era tan ciega como la fidelidad de un caballo. Armin trataba de operar con ambas sinergias, y de conducir los acontecimientos hasta el lugar y el momento escogidos. Sólo después podría saber cuál era el siguiente paso.
Rescatar a Krimilda y asestar un golpe a las guarniciones de Bructeria eran un mismo asunto. Una vez más, empezaba a lograr, mediante aquel cálculo de las circunstancias, a unir lo personal y lo político con maestría. Finalmente había decidido que los constantes levantamientos de los brúcteros, que se asentaban entre las orillas del Amisia y del Lupia, un territorio conflictivo y de difícil acceso desde el este, por hallarse las serranías de Teutoburgo por medio, eran la excusa idónea para echar leña al fuego. Los queruscos empezarían por apoyar a los brúcteros y propiciar una operación de castigo por parte de Varus. Sus informadores más fieles, algunos germanos que comerciaban con Mattium vendiendo pieles de animales, miel, cerdos, ámbar, oro, ya habían sido puestos bajo el cuchillo de algunos jefes, que les pedían informes detallados acerca de los comentarios y afirmaciones de Varus. Por medio de ellos, Armin sabía que Varus despreciaba los levantamientos aislados de los brúcteros, y que había pensado realizar una operación de castigo en el oeste, a la manera de Julio César. Pero el soberbio romano era demasiado flemático, algo que beneficiaba al efervescente e hiperactivo carácter de su antagonista en la sombra, Armin. Varus se había pensado demasiado realizar esa misión, y la había postergado. Para Armin todo estuvo claro. Un ataque contundente, no fuerte y numeroso, pero sí extremadamente sanguinario, un ataque con el que sus mandos se sintiesen ofendidos y sus legionarios con ganas de venganza, aceleraría los acontecimientos.
Y eso era precisamente lo que Armin perseguía en primavera: no dejar que Varus olvidase la necesidad de una misión de castigo aplastante en el oeste, haciéndole creer que los queruscos estaban callados en sus tierras, y que sólo se enfrentarían a unas tribus aisladas y poco numerosas. Le prestaba la ocasión idónea para
demostrar ante toda Germania occidental cuál era la lex romana y cómo él, Varus, era capaz de aplicarla con rigor si era necesario.
Llegada la noche, las elevaciones de Teutoburgo habían quedado atrás y después de atravesar unas ciénagas llegaron a las inmediaciones de Aliso. La fortaleza de estacas se recortaba contra los restos purpúreos de un crepúsculo herido de muerte en el poniente. Varios jefes brúcteros rodearon a Armin.
—Hemos reunido casi quinientos hombres armados —
reconoció Wilunt, uno de los herzogs.
—Yo vengo con trescientos queruscos —afirmó Armin, a quien los brúcteros sólo conocían como Wulfmund.
Wilunt miró los ojos centelleantes del querusco bajo las fauces de la piel de lobo.
—Wulfmund, has de saber que si los queruscos no nos apoyan en el futuro, los brúcteros pagarán las consecuencias de lo que vamos a hacer hoy. Cuando vengan las legiones, si no contamos con vuestra ayuda masiva, seremos masacrados... Y los pocos que sobrevivan serán conscientes de vuestra traición, y entonces todos buscaremos tu cabeza, Wulfmund, y no pararemos hasta que la separemos del cuerpo, aunque la haya unido el mismísimo Wuotanc.
—¡Mi cabeza está empeñada con los brúcteros, y en verdad con toda Germania! Yo os entregaré, a cambio de ella, la cabeza de Varus —dijo Armin solemnemente. —Y así estaremos en paz.
Wilunt accedió sin mediar más palabras.
Decidieron esperar. Cuando se acercaba la hora más negra de la noche, los aullidos y el fuego estallaron en medio de las tinieblas, y cientos de azagayas prendidas se clavaron en las empalizadas.
Armin recurrió a los parapetos recubiertos de pieles para aproximarse hasta las estacas, y allí golpearon con un ariete. Sabía que los asedios eran especialmente duros, así que decidió realizar un ataque masivo, y los brúcteros se unieron al asalto portando
escaleras. Los que no caían abatidos por la lluvia de pilla, lograban hacerse con la empalizada. Los combates resonaron adentro, cerca de la puerta, que no tardó en ser abierta por los invasores. Los romanos acantonados no eran más de setenta, y los más de ochocientos germanos suponían una fuerza descomunal e incontenible. Al frente de las hordas, una sombra vestida con la piel de lobo aullaba y galopaba por las calles. La gente que vivía en el interior de la empalizada, campesinos y artesanos, huía despavorida. La mayoría de los romanos se había casado con mujeres germanas, y algunas habían tenido hijos de ellos. Armin ordenó que no tocasen a los germanos, aunque hubiesen convivido con los romanos. Wilunt se opuso, pues odiaba a los que se habían congraciado con el enemigo, y Armin le dijo que la iniciativa era suya y que él era el kuninc. Wilunt temió a Wulfmund, el hombre—
lobo, y accedió.
Armin encontró a una joven a la puerta de una gran casa.
Reconoció a la hermana, descendió del caballo, y la saludó. Esta ahogó un grito y pareció aterrada. Abrazaba un niño de corta edad.
Armin le pidió que no dijese una palabra. Wulfsung la cargó sobre su caballo y se la llevó fuera de la ciudad. Armin tomó una antorcha y convirtió la casa en la que su hermana había vivido en una inmensa y crepitante hoguera.
Poco después los brúcteros ya habían acabado con la matanza.
Aliso ardía mientras el sol despuntaba en el este y las estrellas titilaban eclipsadas por la creciente claridad. Unos cajones de madera escondían veinte cabezas romanas con sus respectivos cascos, y cuarenta manos cercenadas. Varios germanos de los que vivían en Aliso fueron escogidos para conducir el carro hasta Mattium y entregar las cajas de cabezas de parte de Wilunt, kuninc de los brúcteros, a Varus, a cambio de su propia cabeza.
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