Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 20 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo V

2 a.C. Pandataria

La isla escogida para el exilio de Julia se llamaba Pandataria, y era una roca solitaria, austera y reseca en la costa de Campania. Allí Julia había sido condenada a no tener trato personal con nadie, salvo que un salvoconducto de Roma se lo permitiese, y la guardia pretoriana se había encargado de que todos sus guardianes en la isla fueran soldados suficientemente viejos como para que no le sirviesen compañía alguna. La soledad de Pandataria estaba envuelta en el más ignominioso de los desprecios, y ni siquiera sus hijos pudieron acercarse a ella. Ni siquiera Póstumo, que era quien más lo deseaba y quien menos ocultaba tal deseo.

Al fin, su madre, Escribonia, rompió el largo silencio que se había hecho entre ella y Augusto tras su separación, e intervino en favor de su hija, diciendo que ya había llegado la hora de que su verdadera madre se ocupase de ella. Aquello tocó el corazón de Augusto, que sólo entonces conoció el horrible exilio al que había sido condenada, pues él no estaba al tanto de los detalles que habían envuelto aquella dura decisión, y propuso a Escribonia que se trasladase con Julia a Pandataria, hasta que adoptase una nueva decisión y decidiera un nuevo y más digno destino para ambas, que en ningún caso sería Roma.

Tras la reelección por treceava vez de Augusto como Imperator, el Senado escogió a Marco Platio Silvano como cónsul,

cargo en el que fue reemplazado por los cónsules suffectus Lucio Caninio Galo, por Cayo Fuvio Gemino y más tarde por Cayo Fabricio. Aquel tráfago de cónsules sólo podía explicarse porque Augusto había dado comienzo a la cuarta sangría del Senado, tras descubrir que muchos partidarios del desaparecido Iulo Antonino conspiraban contra la familia imperial, apoyando las campañas de los comicios de sus nietos Lucio y Cayo Julio, a los que, por otro lado, ensalzaba y demostraba su apoyo financiándolos él mismo.

Augusto quería mantener cerca a sus nietos, pero trataba por todos los medios de separarlos de sus enemigos e impedir que germinase en ellos la semilla de la discordia republicana. Después de que Valerio Mesala lo proclamase pater—patriæ, Augusto decidió que era el momento de volver a hacerse con el control absoluto del Senado y pidió el exilio de varios senadores rebeldes, que no pudieron oponerse a la decisión del emperador. Como había sucedido sucesivamente en los años 28, 18, 13 y 11 a.C, la limpieza del Senado acarreaba una oleada de dignificaciones hacia la familia imperial y Augusto reforzaba los cimientos de su poder, disuadiendo las tentativas de quienes pretendían devolver a Roma el carácter de la antigua República. Augusto lograba lo que hasta entonces había parecido imposible en las manos de ningún otro romano: no sólo reunir en su poder todas las magistraturas que lo llevaban al poder absoluto, sino además mantenerse en la cúspide del poder por encima de lo que todas las facciones contrarias habían deseado hasta entonces. La familia imperial, sin alcanzar la dignitas monárquica, disponía de todos los resortes de un Imperio que gobernaba la cuna de la civilización.

Fue por aquel entonces cuando Augusto trató de ser nombrado Rómulo, pero varias voces le disuadieron de ello. Si forzaba al Senado a que le entregase el nombre del fundador de Roma, sólo podía despertar el odio de los republicanos hasta tal punto que ni siquiera él, Augusto, podría evitar las consecuencias, a pesar de que la guardia pretoriana y bátava fuese el mejor escudo de seguridad personal de la familia imperial jamás imaginado.

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