Liberator Germaniae
Capítulo II
4 a.C. Roma
Antonia regresaba, y apenas sus esclavos habían rodeado la larga calle, cuando la noticia se abrió paso hasta ella.
Encontró cierta agitación en el jardín, y una de sus esclavas, Amaltea, vino llorando a arrojarse a sus pies. Lo primero que cruzó por su cabeza fue Germánico. Su hijo, muerto...
—¡Jenofonte...! ¡Jenofonte...! —fue todo lo que consiguió pronunciar Amaltea.
Antonia se precipitó en busca del instructor de sus hijos. La criada la llevó entre los llantos que se oían por la casa. Cruzaron el peristilo y recorrieron el pasillo del ala norte, en cuya parte trasera se hallaba la sala del que fuera médico en el estado mayor de Germania. El fiel Jenofonte que obedeció sumisamente los delirios de grandeza de Drusus, el sabio Jenofonte que había instruido en gran parte a Germánico y a Claudio, vivía en aquella estrecha dependencia de la gran domus Drusiana. Por fin Antonia se asomó a la sala y, con el corazón encogido, se asomó al escenario de la muerte.
Atenodoro sostenía la mano de Jenofonte, quien reposaba en su lecho. Germánico y Claudio estaban allí presentes, mudos y asombrados, todavía sin asimilar el fin que se aproximaba. Antonia
apresó a sus hijos, pues no fue un abrazo la fuerte sacudida con la que trató de unirlos, y miró a Jenofonte desconsolada.
Pasó un tiempo hasta que al fin logró recuperarse e interrogar a Atenodoro:
—Decidme qué ha pasado.
Atenodoro miró a Antonia quedamente.
—Jenofonte va a morir.
—¿No hay remedio que le salve?
—No lo hay para lo que padece.
—Como no lo hubo para Drusus... —dijo Antonia pensativa.
—Jenofonte estuvo con Drusus el día que fue visitado, a orillas del Albis, por esa divinidad bárbara y maldita...
—No son divinidades bárbaras las que atentan contra Jenofonte, Antonia, aunque sin duda deben estar malditas —afirmó Atenodoro.
Antonia frunció el ceño y se aterró a sus hijos instintivamente, como tratando de protegerlos de una sombra aterradora e invisible que desde hacía años le robaba todo lo que se atrevía a amar.
—¿De qué hablas, Atenodoro? No quiero enigmas en otro lecho de muerte —dijo Antonia severamente.
—Hablo del envenenamiento de Jenofonte.
—¡Salid de aquí! —exclamó Antonia a sus hijos al oír aquello.
—Germánico, lleva a tu hermano al triclinium y no lo pierdas de vista. Amaltea, ve con ellos, y no los dejes solos ni un momento.
La criada trató de llevarse a los niños, mas Germánico opuso resistencia, y cuando abandonaron la sala, ni la suplicante mirada de su madre logró disuadirle de que debía marcharse. Amaltea entornó la puerta y tiró de Claudio, que no tenía ninguna gana de permanecer en el lugar, pero no logró llevarse a Germánico, quien espió detrás de la puerta. La imagen de Jenofonte le había impresionado de tal manera, que no podía despegar los labios para
pronunciar palabra alguna. Si lo que había visto en sus ojos era horrible, por alguna razón sentía que debía verlo más de cerca. En medio de un pánico interior, la valentía de Germánico le exigía ver los ojos de la muerte. Había oído gemir a Jenofonte y había avisado a sus criados. Calón vino en seguida. Luego Palas. Después Amaltea. ¿Cómo podía un hombre ser herido de esa manera sin mediar arma alguna? En su mente la muerte iba acompañada de legiones en marcha, de aceros que cantaban entrechocando, de campos de batalla, heroicos, que se convertían en tablas servidas para los cuervos... También había oído que los hombres viejos morían dormidos. Pero Jenofonte había sufrido largamente antes de dejar los ojos abiertos como cráteras, un anillo verdoso en torno a los iris palidecidos, tenía la lengua azul, echaba espuma por las comisuras de los labios...
Antonia volvió a interrogar a Atenodoro, éste se resistió a responder, hasta que al fin habló llorosamente.
—Jenofonte va a morir envenenado y no sabemos si le han pedido que lo haga o si lo han hecho otros en su lugar y por encargo de los que quieren verlo muerto.
—Aquí, en mi casa...
—Es un veneno muy fuerte, son los minerales oscuros que traen el designio letal los que lo asesinan, y ha debido ser hace poco tiempo.
—¡Qué vacíen de alimentos la casa entera! Que lo echen todo fuera... —ordenó Antonia a uno de sus esclavos.
—No creo que eso sea remedio.
—Quizá no para Jenofonte, pero sí para nosotros...
—No ha sido la suerte lo que ha puesto ese veneno en el estómago de Jenofonte, sino la voluntad de alguien que lo quiere muerto.
—¿Tan seguro estás de que no quiso matarse...?
—No del todo... —aseguró Atenodoro, dubitativo. —Podría ser un suicidio, pues no he encontrado rastro alguno de alimento en su boca. O alguien le pidió que se suicidase, bajo peores amenazas.
Antonia entendió la insinuación y temió por la muerte de sus hijos, mas al fin abandonó sus pensamientos, que bien pudieron haber transcurrido en un segundo, cuando un estertor sacudió el pecho de Jenofonte. Apartó la mirada en medio del horrible espectáculo final, en el que el vientre del amado amigo parecía querer expulsar las víboras que lo roían. En ese momento Amaltea tiraba fuertemente de Germánico por última vez, pero el muchacho se libraba de la criada e irrumpía en la habitación. Tuvo el tiempo suficiente para presenciar el último instante vital de Jenofonte.
Después el moribundo pareció relajarse y hasta las venas del viejo instructor se destensaron en sus brazos y en su cuello, como las cuerdas de un arco cuando han sido privadas de la tensión del fuste, y sin más ceremonia Jenofonte había muerto.
Germánico se quedó mirando aquellos ojos abiertos, extenuados, luminosos, a la vez llenos de sombras. Le parecía que se replegaba detrás de ellas una silueta que huía hacia reinos inaccesibles, tal y como el maestro le había confesado.
Después sus propios ojos se llenaron de lágrimas, sintió un nudo en la garganta y se le llenó la boca de amargor. Trató de luchar contra la insoportable sensación, y experimentó el dolor por vez primera en toda su intensidad. Se restregó la cara, y no pudo evitar que sus estables facciones se arrugasen, deformadas por una pasión trágica y desmesurada.
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