Liberator Germaniae
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El galo miró con furia los ojos de Armin.
—Nadie puede enfrentarse a los designios de Lug. El camino de los hombres mortales está trazado por su mirada. Y aunque algunos queremos algo para nosotros, Lug dispone un sólo sendero.
—Dime cómo encontrar la luz.
Vitórix alzó la cabeza y pareció agarrar con sus manos abiertas las estrellas de la noche. A Armin le parecía que era un dios revelador.
—Tú no encontrarás la luz de Lug, será la luz quien te encuentre a ti, y te iluminará hacia la gran victoria final, o hacia la muerte.
Después dio media vuelta, pareció reírse y se perdió entre los germanos, que lo miraban entre risas y desconfiadas miradas.
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La llegada de Tiberio se produjo en medio de una gran expectación. Los habitantes de las provincias fronterizas de la Galia Bélgica y de Germania Inferior dudaban de la capacidad de los últimos representantes del poder absoluto romano. Lucio Domitio Ænobarbo había enmendado sólo a medias los fracasos que se produjeron tras la partida al exilio de Tiberio. Sus campañas, envueltas en un misterioso silencio por parte de los pueblos germanos, no supusieron fuente alguna de gloria. Parecía que los germanos, conscientes de las rutas que seguían las legiones, sencillamente las dejaban pasar de largo hasta que se inquietaban, llegaba la gelidez del invierno y retrocedían de vuelta a los campamentos del Rhenus.
Lucio Domitio había seguido con la costumbre de fortificar las rutas conquistadas, y establecer lazos de buena relación con sus pueblos, en la medida de lo posible, lo que se traducía en una constante entrega de guerreros rehenes. Los hijos de los jefes más
influyentes debían quedar en manos del ejército romano durante un tiempo indefinido, para garantizar la paz de sus pueblos. En el caso de los queruscos, es bien conocido que la gestión del pro—pretor de las Germanias no dio buenos resultados. Lucio, convencido de que la mejor manera de hostigar a los queruscos era lograr sembrar la malquerencia entre sus belicosos líderes, cuyos clanes parecían siempre dispuestos a la batalla. Lucio persiguió la fragmentación del poder tribal de los queruscos, tratando de comprar los favores de algunos clanes, beneficiándolos, y hostigando a otros de manera injustificada. El resultado fue, después de un incierto período incierto de tiempo, que los queruscos recuperaron su acostumbrada cohesión y belicosidad. Una mano negra indefinible movía inteligentemente los hilos entre aquel pueblo aguerrido. Lucio no pudo saber quién era, pero una fuerza profundamente hostil se movilizó en la sombra, arrastrándose por las colinas, y eliminando, en medio de despiadadas matanzas, a los jefes que se habían dejado comprar por Lucio. Alguien recurría en el bando enemigo a una estrategia semejante de extorsión y coacción. El principio de la enemistad no debía ser alterado, y por la misma regla la presión de ese gobierno interno y confederado eliminaba a todos aquellos que se congraciaban con Roma. El resultado de todas esas intrigas fue que los queruscos se levantaron de nuevo, quizá para mostrar su fidelidad a la alianza contra el Imperio, e iniciaron una oleada de asesinatos en las guarniciones de las rutas fortificadas más aisladas.
Los cursos del Amisia, sus fuentes en los territorios de los ríos Adrana, Rura y Lupia, fueron asediados por hordas incendiarias.
Hubo sacrificios y violencia. El dragón negro de las ciénagas, los hombres—lobo, los portadores de la esvástica y su Sol Invictas, volvieron a sembrar el terror entre las cohortes acantonadas en sus fronteras, y sus leyendas se propagaron de nuevo con renovado vigor. Se decía que Segimerus era un gigante nórdico con fauces de lobo, que sus guerreros eran como el can Cerbero, y que combatían furiosamente y semidesnudos, dispuestos a morir en el empeño.
Muchos legionarios creían en las leyendas del norte, y pensaban que había algunos monstruos mitológicos dispuestos a luchar en el bando enemigo.
Después de Lucio Domitio, el siguiente pro—pretor designado por Roma fue Marco Vinicio. No disponía de la experiencia militar ni del ímpetu de los conquistadores de la familia, y decidió abandonar las tentativas invasoras, dado que el Senado parecía sumido en discusiones que atañían a otros asuntos más distantes, como las vicisitudes y las conspiraciones de la familia imperial. La inestabilidad interna se fortaleció con una estricta vigilancia de las fronteras. En los años durante los cuales llegó la mayoría de edad de Germánico, el muy esperado y glorificado hijo de Drusus, el exilio de Tiberio, las esperpénticas muertes de Lucio y Cayo, los hijos de Julia la Bella, así como el escándalo y el destierro de ésta, reinó una expectante calma en las fronteras. La mayoría de los germanos se mantenían en sus territorios libres, y la frontera del Rhenus experimentaba una continua revisión. Sin embargo, después de la muerte de Cayo tras ser herido en las guerras de Armenia, Augusto recurrió al que en verdad era un gran general: Tiberio Claudio Nerón, su hijastro. Tiberio ya había demostrado su valía, y su conocimiento táctico del Rhenus era profundo. Había desembarcado en las costas de los frisios y arrastrado dos legiones siguiendo el curso del Amisia tierra adentro y sorprendiendo con ello a muchos pueblos adversos a Roma. Después de la muerte de Drusus, Tiberio se había hecho cargo de la frontera de Germania en un momento de crisis en el que la muerte del máximo ejecutor de la invasión desaparecía, llevándose consigo una presencia irremplazable.
Con todo ello, la llegada de Tiberio suponía un alivio para los habitantes de las provincias, que sólo veían a Germania como una amenaza, y que consideraban el emperador todavía no había cumplido la promesa de someter el norte del continente, hecha veinte años atrás, cuando, en el 16 a.C, la confederación de sugámbrios, téncteros, usípetos y queruscos invadió el valle del Mosella y asestó un golpe mortífero contra la Legión Quinta Alaudæ, robándole, para mayor vergüenza, el estandarte del Águila de Plata, lo que significó el verdadero comienzo de la Tercera Guerra de Germania.
Tiberio llegó con gran gloria a Colonia. Las calles se atestaron.
Fue recibido como si fuese un emperador, y aunque sus soldados no lo amaban como habían amado a Drusus, que había sido un auténtico conquistador, Tiberio fue aclamado como si hubiese obtenido un triunfo. Convertido en el legado imperial de Augusto, a partir de ese momento Tiberio disponía de imperium sobre ambas Germanias, y eso significaba que cualquier decisión militar debía pasar por su alto mando. Las primeras indicaciones no tardaron en llegar. La vida de los soldados se endureció y las faltas disciplinarias ya no fueron obviadas. Los centuriones favoritos de Tiberio en aquellas legiones fueron condecorados con numerosas phaleræ, y éstos comenzaron a establecer una nueva política de conducta. Los azotes y los castigos no eran raros, y sus centuriones empezaban a gozar de un status quo prominente.
Durante los días posteriores a su llegada, Armin presenció un recibimiento que se las prometía tan glorioso como el de Tiberio, si éste no hubiese hecho todo lo posible para disuadir a la ciudad de celebrarlo sonoramente. Aquel joven de aspecto aquilino y fuerte, aquel aristócrata romano que vestía una resplandeciente coraza de plata con la cabeza de Medusa y que parecía sólo un niño demasiado grande, se llamaba Germánico Claudio Nerón. Su abuelo Augusto lo enviaba a Colonia fuertemente escoltado con objeto de que Tiberio le mostrase el poderío de las legiones, y cuanto su padre había logrado con sus victorias. Una vez más, a Tiberio le parecía que Augusto volvía a tratarlo como a un esclavo de lujo al que jamás le reconocía los méritos. Tiberio se consideraba autor de los logros de Germania, y sin embargo su hijo Pólux no ostentaba los honores del hijo de su hermano. Germánico, de cualquier modo, tenía el porte de su padre. Las mismas piernas, el mismo temple, la misma energía juvenil ya brotaba de su mirada, mitad niño, mitad hombre.
Entre los jóvenes galos y germanos se decía que Germánico había venido arropado por Augusto para acabar la obra de su padre: el total dominio del Norte, hasta donde ellos suponían que
habitaban los gigantes teutones, los padres de sus antepasados. Pero se agitaba un mar antes de llegar a sus dominios, y como eran gigantes, habían sido encerrados por Wuotanc en una tierra inhóspita más allá de ese mar. Estaban seguros de que los romanos construirían cientos de barcos e irían hasta el norte para pelear con los hijos de los gigantes, y de que fue una de aquellas mujeres la que maldijo a Drusus, impidiéndole completar su obra.
Armin destacaba en sus ejercicios. Veleius Paterculus lo introdujo en la Legión Primera Germanica. Poco tiempo después de demostrar ser un avezado luchador con la espada y con el lanzamiento de frámea, el querusco ya hablaba el latín con suficiente soltura como para entenderse con sus superiores en los términos habituales de caballería. Paterculus le entregó el mando de una turma formada por queruscos. A Armin le pareció que muchos de aquellos hombres no estaban en disposición de confraternizar con Tiberio, pero, al igual que él, un pacto los obligaba a cumplir en la legión.
Los juegos militares de Ja caballería eran los más complejos que había ejercitado, debido a que los jinetes germanos no estaban acostumbrados al orden que imperaba en cada movimiento de la legión. El desplazamiento de cientos de caballos pesados, los giros y las posiciones, todo ello requería muchas horas de instrucción.
Pero Armin iba comprendiendo la inquietud de Roma. No había nada más poderoso que una carga de caballería pesada, cuando los campos temblaban y las largas frámeas se enristraban. Además, las turmas eran capaces de girar sobre sí mismas con gran rapidez y en cuestión de unos granos de arena se hallaban en condiciones de enfrentar cuanto se opusiese desde un nuevo ángulo. Un buen uso de grandes unidades de caballería podía ser decisivo en los ejércitos del futuro. La mayoría de sus compañeros de Siga habían sido destinados a la Legión Tercera Gallica, donde se ocupaban en su mayoría de turmas de mercenarios galos, a excepción de Vitórix: Armin se había acostumbrado a sus profecías y locuras, y decidió interceder en su nombre ante Paterculus, pidiéndole que, siendo un buen jinete, fuera incluido en la turma que él tenía bajo su mando.
—¡Te lo dije, germano! —exclamó despreocupadamente Vitórix al enterarse. —¡Vercingetórix no se equivoca! ¡Te dije que no lucharía bajo las órdenes de ningún romano!
Junto a los astures, también había otros soldados procedentes de Hispania, como titos, belos y lusitanos. Una noche, uno de ellos, llamado Árgodas, les contó la historia de Viriato. Armin se alegraba de haber encontrado nuevos compañeros, porque le contaban historias que nunca había oído. Vitórix le hablaba de los dioses de los druidas, de las pasiones de Tutatis y de Belelos. Pero la historia de aquel guerrero de carne y hueso, llamado Viriato, conmovió poderosamente a Armin. Árgodas le habló quedamente a la luz de las llamas, alrededor de los cuales, muchos de los miembros de su turma se habían reunido. Varias rondas de vino habían circulado, y ahora el lusitano les contó en su tosco latín lo que consideraba la historia más valiosa de aquellos pueblos.
—Los germanos son un pueblo joven —dijo Árgodas.
—Es viejo como la tierra que pisa —repuso Odgar, un terco querusco. —Como sus dioses.
—Son sus hombres los que determinarán la antigüedad de su pueblo —dijo Árgodas. —Un pueblo sin grandes derrotas es un pueblo joven, un pueblo con grandes derrotas es un pueblo que ha perdido su vigor y su fuerza, y que difícilmente reverdecerá. No hay nada que hunda más a los hombres que sus derrotas. Los germanos son jóvenes porque no han sido vencidos, ¡eso pienso!
Mientras que toda Hispania ya son provincias romanas. Y que la historia de Viriato les sirva de ejemplo para saber lo que es la gran derrota.
Dio un largo trago, se reclinó y tomó aliento.
—Un romano llamado Galba, nombrado pretor para la Hispania Ulterior, decidido a atajar el problema que los lusitanos representaba, atrayendo a treinta mil y prometiéndoles tierras donde asentarse. Les pidió entregar las armas en señal de amistad para
después aniquilar a nueve mil y vender al resto como esclavos en la Galia. Sus propios hombres lo denunciaron ante el Senado por ello (tras no repartir equitativamente Galba los beneficios de la transacción), pero su origen aristocrático y los sobornos consiguieron que fuera absuelto en el proceso. Aun así, el tribuno de la plebe, Lucio Nibon, pagó el rescate por los lusitanos vendidos y éstos fueron indemnizados. Sin embargo, la chispa del levantamiento ya había prendido, y su llama será guiada por uno de los hombres que consiguieron escapar a la persecución de Galba.
»Se llamaba Viriato, y lo hacen nacer en Mons Herminius, donde fue pastor (¡y seguramente bandido!).
— ¡Irminur! —exclamó de pronto Armin.
—Viriato era un pastor —continuó el lusitano, aparentemente ofendido por la interrupción del germano. —Un sencillo pastor que vio cómo su familia y sus amigos vivían en paz en algún de la Hispania Ulterior. Reían cuando nacía un carnero y asistían a los nacimientos con la alegría de una gente sencilla. Corrían pos sus montes azotados por los vientos, se contentaban con poco, y eran quienes eran. Cuando las legiones invadieron Hispania, y antes de la caída de Numancia, Viriato contempló la masacre de su pueblo causada por el insaciable Galba.
»Las manos de muchos jóvenes fueron amputadas, las piras de cadáveres se amontonaron y los centuriones orinaron en ellas, donde un montón de cuerpos se secaban al sol. Viriato juró venganza y marchó en busca de quienes buscaban lo mismo. El pastor comenzó a asediar los campamentos de las legiones desde los altos cerros rocosos del interior, empleando la táctica del escorpión, atacando y retirándose, hasta que mucho tiempo después Viriato logró reunir un gran ejército.
»Años después huyó hacia Tribola tras escapar también del cerco impuesto por Cayo Vetilio, el cual morirá en la emboscada que las huestes del lusitano tienden al paso de los romanos. Tras la actividad llevada a cabo en la región, la Hispania Ulterior quedó controlada por Roma. Viriato pasó a la ofensiva en la Citerior. Allí
derrotó al cuestor Cayo Plaucio, tomó Segóbriga, y derrotó al pretor Claudio Unimano.
»El
levantamiento
comenzaba
a
adquirir
grandes
proporciones. Los lusitanos no sólo marcharon triunfantes hasta ese momento, sino que arrastraron con ellos a otros pueblos, tanto a los del sur de sus territorios, como a los celtíberos de la meseta y el interior. Tras ser derrotados por Fabio Máximo Emiliano, Viriato y sus hombres se replegaron hacia el sur para volver a la ofensiva dos años más tarde, y después de cosechar nuevos éxitos por la Bética, Viriato se retiró a Lusitania. Un año después fue el general Serviliano el que caerá derrotado por las tropas del lusitano. Tras esto llegó la hora clave, cuando Viriato tuvo a su disposición dos legiones romanas en los llanos, y los generales le prometieron lo que pidiese, firmando un tratado de paz en nombre de Roma que reconocía todas las exigencias del rebelde a cambio de dejar partir las legiones... apareciendo un edicto que reconoció a Viriato como caudillo lusitano. Poco después, y mientras se desarrollaban las negociaciones, Viriato envió a tres de sus lugartenientes: a Audax, a Ditalcón, y a Minuro, en presencia del cónsul Cepión. Este era consciente de la proporción adquirida por la rebelión. Viriato aumentaba sus levas, reclutaba hombres insaciablemente y los formaba, estaba dispuesto a vencer a Roma de manera definitiva, y podía arrastrar consigo a muchos más pueblos de los que ya lo ha hecho, y fue entonces cuando los celtíberos del noroeste de Hispania provocaron una insurrección tras otra.
»Cepión decidió eliminar el problema de una vez por todas, y sobornó a los enviados lusitanos para que asesinasen a su líder.
Viriato murió acuchillado por la espalda. Ése fue el pago a su confianza. Después su pueblo fue sometido. Cuando sus asesinos se presentaron ante el cónsul para recoger la recompensa, lo único que recibieron de éste fueron cinco palabras: "Roma no paga a traidores".
»A su muerte, su cuerpo fue cubierto con sus mejores ropas, y, acompañado de sus armas, ardió en una gigantesca pira. Mientras las altas llamas se levantaban relamiendo la bóveda del cielo, los
olaves y los vates cantaron las hazañas del héroe que de la oscura eternidad ya dormía el dulce sueño.
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