Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 103 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo IX

9 d.C. Wimma

El hombre—lobo surgió de las tinieblas neblinosas. Varios caballos relincharon alrededor y se desplegaron sin hacer demasiado ruido junto a las vallas que encerraban los prados de Wimma.

En la hora más negra de la noche, el hombre—lobo trotó a través de las densas sombras de los prados. Los vigilantes de la aldea miraron a los intrusos y, sin hacer bramar sus cuernos de caza, y sin dar señal alguna de alarma, les abrieron paso. Todo estaba pactado con los hijos de la noche.

Las fauces del lobo, el rugoso hocico, se abrieron paso entre los jirones de bruma. Las casas se corporeizaron a medida que avanzaba. Desmontó frente a una de ellas, la más grande, en cuya entrada había un par de cuernos de uro engastados. El herzog que allí vivía se engalanaba con honores inmerecidos. El hombre—lobo tomó una pesada roca, montó de nuevo y avanzó hasta la entrada de la casa, mientras sus compañeros, negras siluetas en medio de la brumosa atmósfera, rodeaban el palacete.

La puerta se abrió, como si el viento de un huracán irrumpiese de pronto y pugnase por arrancar la casa y arrastrarla. Una bestia negra piafó en la gran sala. El herzog apenas había logrado

despertar, cuando su mujer lanzaba un grito de horror. El enorme caballo negro puso sus patas encima del lecho del jefe, que no encontraba la forma de desprenderse del pánico y de asir un arma, empuñarla, defenderse... mientras por encima de él contemplaba aquella inconcebible figura.

Vio el hocico rugoso y los colmillos de una piel de lobo por encima de un rostro demoníaco, completamente negro, mas sin barba, una larga melena y greñas desatadas que colgaban sobre los hombros embadurnados de una grasa negra, pero brillante. Vio el poderoso brazo alzado, los dedos tensos, la gran roca.

El caballo saltó y el verdugo aplastó la mano del traidor, que ya había asido la empuñadura de una espada.

El jefe vio unos ojos de acero...

Lo peor de todo era la mirada, los ojos desmesuradamente abiertos, las alas de la nariz, hinchadas como si se tragasen todo el aire de la sala, asfixiando a su víctima, y el ceño fruncido, como si fueran las cejas de un águila, o la arruga causada por el impacto de un hacha.

Escuchó el grito de furia de su verdugo.

Trató de cubrirse mientras los ojos se le desorbitaban, al ver lo que descendía a toda fuerza contra su cabeza.

La piedra se desplomó.

El traidor de Wimma no despertaría aquella mañana. La luz visitó el charco espeso en su lecho, los restos despedazados de su mala cabeza. Había muerto en medio de la peor de sus pesadillas.

Desde la pequeña aldea se propagó un nuevo y sombrío rumor: quien traicionaba al hombre—lobo Wulfmund traicionaba a Wuotanc, y los sacerdotes y druidas advirtieron a sus jefes de que una nueva alianza se forjaba en el norte, y quienes facilitasen información a Varus sufrirían semejante destino al de aquel traidor, a quien ni toda su guardia personal pudo salvar de la venganza del sobrenatural hombre—lobo.

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