Liberator Germaniae
Capítulo IV
8 d.C. Germania
Pocos días después, Ortwin ya había conversado con Segmir.
Un hombre—rayo tenía gran poder sobre los miembros de su clan; Ortwin era conocido desde niño, y se había convertido en el heredero de Cerunno. La asamblea de los guerreros, el Thing del valle, se mostró inquieta ante el regreso de Wulfmund. Ortwin encendió el fuego, los ojos de ámbar de las bestias disecadas brillaron en los muros de piedra, las ventanas se cerraron, y la noche extendió un manto negro sobre la tierra. Llegaron, uno a uno, todos los jefes de los clanes del lobo negro, y fueron invitados los lobos grises y los ciervos del Melibocus, que siempre estuvieron en buena relación con los lobos queruscos. Por fin tomaron una decisión unánime, escucharon la palabra del hombre—rayo, atendieron a sus planes.
La asamblea abandonó la Sala del Thing y los jefes caminaron en silencio, siguiendo la silueta de Ortwin, que avanzaba en las tinieblas. Un cortejo de jóvenes guerreros seguía con antorchas a los jefes. Los altos yelmos emplumados, los rostros pétreos, las largas capas de oso, las botas de tendón y las pieles de lobo y de ciervo avanzaron en la oscuridad. Todas las gentes de Wulfmunda se asomaban al viejo camino que atravesaba la colina y que ascendía más allá de los prados en los que pastaban grandes rebaños de bueyes, hasta que, internándose en un anillo de robles y
hayas, coronaba el calvero de la Colina de Irminur. Allí las antorchas parpadearon a través de la impenetrable espesura, y los jefes rodearon el monolito de los antepasados. El viento soplaba sobre la alta hierba de la cima, que se alejaba galopando por los lomos de la colina. Las tenebrosas copas de los árboles ululaban inquietas y se sacudían unas contra otras.
Al fin Ortwin alzó su báculo tachonado de runas.
El viento sacudió el sago blanco de los nacimientos, con el que se había cubierto. Las nubes negras se habían desplazado, y una luna errante rodaba por un hueco caliginoso, evaporando con su mirada pálida y clara las nieblas del valle de los lobos. Los aullidos de una manada, lastimeros y distantes, rompieron y se arrastraron sobre las colinas. A una señal del hombre—rayo, los guerreros extinguieron sus llamas, y fue como si el mismo viento las hubiese borrado de un soplo.
La gelidez del otoño descendía, y el claro de luna iluminó el paisaje de Germania. Las lomas boscosas se elevaban entre jirones de bruma, precipitándose hacia el sudoeste. Los laberintos de agua centellearon cuando la luna se miró en ellos.
En ese momento el chasquido de una rama se partía en el bosque cercano. Poco después emergía una silueta más negra que las tinieblas de la floresta. Montaba una gran cabalgadura y ambos, hombre y caballo, proyectaban una gran sombra sobre el ondulante mar de hierba que se sacudía entre las patas del animal. Allí arriba, alto, erguido, imponente, el hombre parecía tener una cabeza de lobo.
Armin descendió del caballo. Vestía la piel del lobo que había encontrado siendo un niño el día que el relámpago tocó por primera vez la frente de Ortwin. El querusco dio unos pasos, desenvainó la espada y la clavó en la hierba. Segmir avanzó con el estandarte del clan, en cuya basta tela aparecía retratada la cabeza de lobo negra y la cruz gamada de ocho brazos quebrados. Lo alzó y lo puso en manos de Armin. Éste entregó la espada a Segmir. Tomó el estandarte, lo levantó con ambas manos, y gritó furiosamente. Los
jefes desenvainaron sus armas, y las sacudieron contra los escudos, y un clangor se alejó resonando con el viento. Las voces de los jefes entonaron la ancestral fórmula:
— ¡Wulfmund! Wulfmund! Wulfmund!
Armin giró sobre sí mismo, aspirando aquel aire gélido, limpio, embriagador, y miró hacia la aldea de Wulfmunda: cientos de antorchas se aproximaban por los campos, titilando en medio del rugido del viento. Imaginó ejércitos inmensos, y una unión invencible. Imaginó una venganza. Una victoria que escindiría los milenios, y su grito de guerra, furioso y feroz, se alejó por el valle.
Los cuernos de caza comenzaron a resonar con cadencias amenazadoras, y un clamor que hacía años no se oía se alejó contestado de aldea en aldea, de valle en valle, hasta las faldas del sombrío Melibocus.
Durante muchos días se aseguró que Wulfmund había regresado a Wulfmunda, y que muchos clanes queruscos parecían más activos que nunca. La Boca del Lobo, el Thing de Wulfmunda, había vuelto a hablar, y daba órdenes.
Armin se reunió con una de sus hermanas, que se había casado, y supo que el destino había sido desigual con las otras mujeres de su familia. La menor, Zilda, se había casado con uno de los hijos de Guntram, el Rey del Norte, mientras que Ilfraud, la mayor, vivía sola con su tía Hartlind en Wulfmunda. La tercera hermana, Krimilda, después de marchar con unos parientes hacia Bructeria, había sido casada contra su voluntad con un romano en Aliso, y un rayo iluminó la mente de Armin al escuchar aquello.
Supo en seguida que aquel lugar, tarde o temprano, sería aniquilado.
Armin decidió que no se diese a conocer su nombre, para que los espías no informasen a los romanos de su retorno. Por otro lado, que se asegurase que había retornado el mismísimo Wulfmund era mucho más terrible, y despertaba el miedo en muchos herzogs
queruscos que, habitantes de las zonas fronterizas con las rutas fortificadas enemigas, se mostraban en los últimos tiempos demasiado tolerantes con los romanos. El Hombre—Lobo, el servidor de Wuotanc, volvía para empuñar la espada de los clanes.
Los rumores de guerra crecían, y por las noches un hombre cubierto con una piel de lobo, con las fauces y el hocico rugoso por encima de su rostro, visitaba las asambleas de guerreros de otros clanes.
Memorable fue el encuentro con Wulfila el Terrible, que había declarado que sólo un impostor podía hacerse pasar por Wulfmund.
De temperamento incontenible y violento, Wulfila había desafiado a Wulfmund a enfrentarse en sus praderas en plena noche. Ortwin, gran amigo de los animales, condujo a escondidas a uno de sus lobos y lo soltó desde los bosques cuando el pueblo se hubo reunido alrededor. La luna salió, el lobo trotó y huyó, y Armin apareció sobre el alto caballo negro, vestido con la piel de lobo.
Wulfila empuñó el hacha de combate, y sus hijos Wulfrund y Wulfbrandt lo protegieron.
Armin descendió del caballo y dijo ser el hijo de Segimer. Los viejos amigos lo reconocieron, y veneraron el recuerdo de su padre, y Wulfila abrazó brutalmente a Armin y desde ese día todos los clanes que votaban en su asamblea se unieron al querusco, a quien Wulfila reconoció como kuninc.
Otras voces se elevaron en contra de los rumores, y Armin decidió prescindir de ellos para evitar que filtrasen las noticias entre los mandos romanos y que llegasen a oídos de Varus. Armin pretendía ganarse la confianza de su pueblo, de los aliados, y de los vecinos enemistados con Roma, sin que Varus se diese cuenta de lo que se preparaba a su alrededor. La tarea era más complicada de lo que podría parecer, teniendo en cuenta el carácter de los germanos.
De cualquier modo, desde los montes Osnengui hasta las faldas septentrionales de los montes Melibocus, todos los queruscos se enteraron del rumor. Armin envió embajadas a los durgurnios, a los casuaros, a los angrívaros y a los amsívaros, los hombres—caballo, viscerales enemigos de Roma, aunque pueblos salvajes de las llanuras, y la sombra de una amenaza se prolongó sobre las tierras
del oeste junto al rumor legendario, descreído por unos, glorificado por otros, de que Wulfmund había retornado al clan de Segimer Cabeza—de—Lobo. Ortwin desarrollaba el plan con magistral certeza. Celebró varias reuniones con los hombres—rayo y los hombres—cuervo de numerosos clanes, grandes y pequeños, y todos ellos ejercieron una poderosa influencia en el pueblo y en los jefes, infundiéndoles miedo ante la presencia del Hombre—Lobo de Wuotanc.
Armin se daba cuenta de que pronto debía realizar una primera acción, contundente y terrible, que sirviese para preparar el movimiento de las legiones, y que amedrentase las voces pro—
romanas que discutían la validez de un levantamiento popular.
La política de Varus le ayudaba. La implantación del derecho romano se cobró nuevas vidas inocentes en el otoño, a medida que los vientos soplaban con más fuerza. Los legionarios ejercían la justicia con pragmática convicción. Varus se inmiscuía en asuntos de herencias, en rencillas locales de Sugámbria, donde toda una serie de jefes corruptos empezaba a cooperar con los romanos, y tuvieron lugar varios ajusticiamientos mortales en los territorios de los brúcteros, donde había sido creado un nuevo campamento permanente, llamado Aliso, en el curso alto del Lupia.
Armin, acompañado por los hijos de Wulfila, los enormes Wulfsung, Wulfbrandt y Wulfrund, obtuvo el apoyo de Hadubrandt, herzog de los ciervos queruscos, de Witolt y de su hijo Wilant, jefes de los clanes de los osos queruscos, de Arnult de los caítos, de Wuldamund, un importante herzog brúctero, de Helmbrecht, el gigante tubantio, de Gernot, el Zorro Rojo, y de todos los téncteros que se agrupaban bajo el estandarte del uro corneador. La lista crecía, y los corazones se agitaban, mas Armin insistía en que debían esperar en silencio, pues nada podrían hacer frente a Roma en sus circunstancias. Varus contaba con un total de seis legiones, un formidable ejército. Dos de sus legiones acampaban permanentemente en Mattium, otra realizaba misiones de desplazamiento y transporte, y tres más estaban acantonadas en los campamentos del Rhenus, en Colonia Agripina, Moguntiacum y en
el oeste, en los territorios de los belgæ menapios y bátavos, fieles aliados de Roma.
—La batalla debería convertirse en una trampa para animales
—dijo de pronto Armin a Ortwin, tomando un gran pedazo de carne del espetón en el que se asaban los costados de un jabalí recién capturado. —Pienso mucho en ello, y deberíamos ser capaces de inventarnos algo. No vamos a enfrentarnos a esas legiones cara a cara.
—No suena muy heroico... —se quejó Ortwin, que veía las manifestaciones de ira y de valor de los guerreros todos los días.
—Se trata de vencer, Ortwin, no de hacer alharacas como un gallo vanidoso que se pavonea en el corral... antes de ser degollado por su campesino y echado a la olla —añadió Armin. —Tú conoces a los animales, Ortwin, sabes más que nadie —dijo, y se quedó en suspenso un momento, mirando al hombre—rayo. —Los germanos gustamos de la gran caza, del valor y de la ira. ¿Recuerdas cuando cacé aquel jabalí, siendo un crío...? Bien, coraje nos sobra; pero ahora debemos utilizar la cabeza, como los griegos. ¡Wulfsung!
¿Cuál es el animal más orgulloso del mundo?
—El águila —respondió el grueso guerrero, atragantándose.
—¿Y el más inteligente? —inquirió Armin, divertido.
—La serpiente —respondió Ortwin. —El águila se deja ver, la serpiente espera. El águila ataca de frente, la serpiente aguarda a su presa, aunque sea más grande que ella.
—¡Eso es lo que haremos! —exclamó Armin jovialmente. —
Usar la cabeza.
Ortwin echó un largo trago de medhu de su cuerno, hasta que la bebida le goteó por las barbas, se restregó en la manga y volvió a mordisquear la carne.
—Utilizar la cabeza... ¿quieres dar cabezazos a las legiones?
—intervino de pronto el maduro Wulfila, cosechando, como de
costumbre, la risa de los que le rodeaban.
—¡No...! —respondió Armin, conteniendo su impaciencia. —
Ortwin me entiende, ¿verdad?
—Para cazar un animal hay que dejar que se confíe. Si se asusta, huye.
El rostro de Armin se iluminó al ver que por fin alguien se dignaba a tomar su palabra más en serio que las bromas de Wulfila.
—¡Eso! Que se confíen... —dijo Wulfrund. —¿Y luego qué?
—Las trampas para animales consiguen atraerlos si están confiados —dijo lacónicamente el santón.
—No se puede cazar una serpiente que yace enroscada en su guarida —elucubró Wulfila, pensativo.
Segmir se restregó la grasa que goteaba por su barba amarilla y añadió:
—Ni tampoco a una osa que se esconde con sus oseznos.
Ingotar y Brumber, amigos de Armin desde la infancia, alegraban los días de Armin como si hubiese retrocedido en el tiempo, y escuchaban mientras roían devotamente sus huesos envueltos de carne asada, como quien asiste a un importante concilio.
—¡Águilas, osos, serpientes y ranas! ¡ya basta! —exclamó de pronto Wulfila, visiblemente fatigado y encolerizado. —¿Qué es lo que vamos a hacer?
—Eso significa que no podemos lanzar un ataque contra Mattium —explicó Armin alegremente. Todos lo miraban ahora, contrariados, y las mandíbulas dejaron de masticar como conjuradas por un poderoso hechizo.
—Había imaginado una gran batalla frente al campamento...
—gruñó Wulfila. —Los estandartes, las hordas... los miles de caballos... ¡sería grandioso!
—Y absurdo, Wulfila —aseveró Armin. —El entorno de Mattium estará lleno de trampas para impedir el asalto de caballerías. Las legiones de refuerzo llegarían allí demasiado rápido, y no lograríamos lo que realmente necesitamos.
—Se trata de darles una paliza, ¿no? —preguntó Wulfila con vehemencia. Todos, en realidad, habían aprendido a admirar lo mucho que sabía Armin sobre los romanos y su forma de luchar y de defenderse, pero aquello superaba sus expectativas.
—No —dijo Armin con descaro, y mordió la carne, dejándolos en la estacada. Los demás le miraban con las bocas abiertas, o masticaban lentamente, intrigados. Aquello, por un momento, había dejado en suspenso su apetito.
—Entonces, ¿de qué se trata? —inquirió Wulfila, impaciente, pronunciando la pregunta que todos querían formular. —Será mejor que hables antes de que pierda la paciencia y te parta la cabeza, entonces dejarás de utilizarla y de fastidiarme las cenas con tus ocurrencias...
—De eliminarlos a todos.
Se miraron unos a otros.
—De no dejar ni un romano vivo.
Wulfrund, que bebía de su cuerno en ese momento, sufrió una especie de ataque y escupió el contenido sobre la hoguera. Los demás empezaron a reírse tanto de lo que habían oído, que les parecía una broma, como de lo que había hecho Wulfrund.
Brumber, desternillándose, pero empapado por culpa del resoplido de Wulfrund, le dio un codazo a éste y el pedazo de carne fue a parar a la hierba. Wulfila se burló escandalosamente de su hijo, y Armin se retiró unos pasos, antes de que empezase la inevitable y amistosa pelea, sin la cual absolutamente ninguna cena tenía sentido.
La mente de Armin trabajaba rápido, aplicando todo cuanto había aprendido, y convertía el tiempo que le separaba del
momento escogido en un puente que sorteaba las aguas turbulentas del destino. Organizaba los pasos que debían darse, calculaba las posibilidades, tenía en cuenta las reacciones de Varus, y conversaban con quienes lo conocían, para hacerse una idea lo más clara posible de cuáles serían los puntos débiles. Por lo que oía, el pro—pretor era arrogante y desconfiado, pero se sentía militarmente superior. Eso era importante; los años en los que Germania era demasiado temida resultaba difícil tomar desprevenido al enemigo. Mientras Varus se sintiese superior, tenían posibilidades de lograr lo que él se había propuesto. No quería una batalla, pérdidas y un repliegue. Roma volvería, y estaba cansado de ese juego desde que era un niño. Armin se había propuesto un plan grandioso y extraño, que nada tenía que ver con la idiosincrasia de los germanos, efusivos y violentos, desorganizados y entregados a su lucha. No; lo que el querusco pretendía podría escandalizar la historia de Roma, podría escindir la historia de Germania, y durante las noches, cuando los demás dormían o guardaban vigilancia, él no lograba conciliar el sueño debajo de sus párpados, sumido en un estado de alerta permanente, convencido hasta los huesos de que esos meses eran cruciales y de que había concebido una idea extraordinaria.
Una mañana, después de algunos viajes en los que la coalición secreta creció, Ortwin apareció entre los arbustos. Armin se dirigía hacia él después de lavarse la cara en las gélidas aguas de un arroyo, cuando se dio cuenta de que una gran ave se había posado muy cerca. Era un águila. Ortwin continuó avanzando por la pradera, y el águila saltó, aleteó y planeó alto alrededor de ellos, para terminar posándose en la copa de un alerce.
Armin, entusiasmado, dirigió una mirada sorprendida a Ortwin.
—Me dijiste que no hablas la lengua de los pájaros... ¡Quizá ella sepa dónde se encuentra Cerunno!
Ortwin se rió plácidamente. Cuando el santón hacía eso, Armin siempre se sentía ignorante y estúpido ante sus extraños
conocimientos.
—No te mentí; yo no conozco su lengua, pero algunas conocen la mía y la entienden. Este águila por ejemplo. He logrado que cace para mí.
Ortwin le mostró un espeso guante de piel de ciervo que le recubría todo el brazo. Al alzarlo, el águila levantó el vuelo. Armin jamás había visto algo tan excelso y magnífico; el aire que se deslizaba entre las plumas del ave. Era un pájaro enorme, y cuando se detuvo pesadamente en el brazo de Ortwin, pareció que lo apresaría con sus garras y se lo llevaría a algún nido inaccesible en una montaña solitaria. Armin se acercó poseído por la devoción de quien observa una divinidad. El águila, nerviosa, cabeceó y desplegó las alas. Armin se detuvo. Comprendió que el ave no quería que se acercase ni un paso más.
—No serías el primero al que ataca, Armin —le aseguró Ortwin. —No conoce a nadie más, y no tolera la presencia de otros hombres.
—Es una hembra —aseguró el querusco, observando sus plumas.
—Y los machos siempre andan cortejándola. En verdad es peligrosa... Los druidas galos saben adiestrar a los halcones, y siempre desaconsejan las águilas. Son demasiado independientes, nunca llegan a obedecer, pero eso es precisamente lo que me gusta de ellas.
—Por eso es un águila, y si no fuese así dejaría de serlo —
añadió Armin, con gran convicción.
Miró los ojos del ave, que jamás había visto tan próximos.
Una extraña magia brillaba en ellos, y el sol entraba en sus pupilas, que ardían bajo las cejas ceñudas, impasibles. Sus garras rodeaban el brazo enguantado del hombre—rayo. Una ligera brisa empenachaba las plumas del cuello y la cabeza, y le daban por momentos la apariencia de una reina coronada.
Ortwin bajó el brazo y lo alzó con fuerza. El ave desplegó las alas y las batió. Alzó el vuelo con un gran círculo y se quedó suspendida en el viento. No muy lejos, Armin escuchó unos chillidos, y le pareció distinguir las siluetas de otras águilas que planeaban alrededor de unos riscos.
Armin miró de pronto a su amigo con los ojos muy abiertos, preso de una extraña agitación, y lo cogió por los hombros.
—¡Santos dioses! —exclamó. —¡Por las barbas de Tor!
—¿Qué sucede?
—¿Podrías hacer que tu águila vuele cuando tú se lo pidas?
—Podría hacerlo.
—¿Y te seguiría?
—Así lo hace siempre.
—¿Y la imitarían otras águilas?
—Al sobrevolar un territorio, las águilas que habitan en él la persiguen tratando de ahuyentarla.
—¡Habrá águilas en el cielo...! —exhaló Armin, alzando los brazos, fascinado, sin dejar de mirar las aves que planeaban allá en lo alto.
—¿Qué quieres con eso? —preguntó Ortwin, importunado por el religioso silencio de Armin.
—Ya lo verás —y diciendo esto, el líder fue hacia el círculo de amigos, que despertaba y se desperezaba ruidosamente.
—¡Poneos en marcha, crías de erizo! —les gritó. —Nos vamos de viaje. La Alianza crece a la sombra de los árboles.
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