Liberator Germaniae
Capítulo XXXI
8 d.C. Hercynia.
Santuario de Nerthus
Después de abandonar aquel valle, los torbellinos de niebla se apartaron, empujados por un viento extraviado, y Armin se dio cuenta de que caminaban por una estrecha senda junto a las aguas de un poderoso caudal que los árboles y la niebla ocultaban al ojo de los pájaros. Escuchaba leves golpes de timbales, y pronto un rugido distante fue aproximándose y creciendo, hasta convertirse en un espumoso estruendo, en un trueno que batía eternamente.
El río que habían seguido se ensanchaba en trenzas de agua y se arrojaba por un acantilado con cien colas espumosas. La niebla parecía alimentarse de aquel vapor que surgía de las profundidades.
El agua se precipitaba en una honda garganta. Las grietas del bosque se hundían a pico en aquel desnivel, en torno al cual continuaban prolongándose como paredes cavernosas recubiertas de árboles trepadores. Las nubes se inclinaban para observarlos, ocultando las cimas de los montes.
Los captores iniciaron un descenso por la escabrosa ladera. La senda descendía hasta una repisa que se asomaba sobre el abismo, en cuya hondura estallaban las columnas de agua, formando un turbulento lago del color del acero del que surgía un río caudaloso.
Desde allí sólo las cuerdas podían llevarlos hasta el fondo. Algunos
se dejaron caer, deslizándose por las lianas; otros amarraron a Armin, que se vio colgando a gran altura, mientras su vida dependía de unas manos que aguantaban la cuerda. Una vez abajo, lo izaron y avanzaron por una espesura de fresnos y sauces. Aquel paisaje parecía ser una hendidura recortada a cuchillo por un dios tenebroso en el corazón del bosque, carne arrancada a la Madre Tierra para ocultar sus mayores secretos en el fondo de su vientre.
Había otros saltos de agua que descendían desde las neblinosas alturas. Al fondo, el espacio se ensanchaba y el río fluía hacia el interior de la tierra por unas aberturas en la pared rocosa.
Escalinatas de madera sin barandas, escalones y cuerdas, eran lo único que les ayudaba a sortear los abruptos desniveles que obstaculizaban el avance hacia las profundidades. Undísonas aguas se arrastraban junto a ellos, turbulentas y profundas, emitiendo un sonido grave que retumbaba levemente en las angostas cavidades subterráneas. Las antorchas ardían iluminando el camino. De vez en cuando se cruzaban con grupos de guerreros rojos y niños que venían en dirección contraria, armados con arcos y puñales. Pasado algún tiempo, el angosto pasadizo se ensanchó y una inmensa caverna, de descomunales proporciones, se abrió en el vientre de la tierra. Allí, rodeada por un círculo de antorchas, se erguía una gran escultura recubierta de una grasa que parecía tener la facultad de brillar levemente en la oscuridad. Era la imagen de una gruesa mujer con las piernas abiertas. Una cabeza de oso pugnaba por salir de sus entrañas, igualmente esculpida y uncida con la tintura azulina. Varias mujeres pelirrojas de largos cabellos rodeaban el templo primigenio, y de entre todas ellas una, que presidía el cónclave, parecía ser la verdadera sacerdotisa. Alrededor de ellas, como ominosas, brutales formas, varios hombres de gran talla, con el rostro embadurnado de negro cieno, se erguían con las cabezas cubiertas por fauces de oso.
Armin había oído que los márseros tenían varios templos en las profundidades de Hercynia. Pero no sabía que los berserker de los hombres—oso conviviesen con ellos. Supuso que, tras las invasiones de Drusus, los téncteros, obligados a refugiarse en las
selvas, entraron en contacto con los márseros y llegaron a alguna forma de alianza. Los téncteros también adoraban a la madre del hombre—oso, y creían poder metamorfosearse en oso cuando llegaba la hora de combatir. Los medio—osos creían que hacía mucho tiempo el padre de los hombres—oso había brotado del vientre de Nerthus, después de que ésta, Madre de la Tierra, hubiese yacido con el gran espíritu de los bosques del oeste. Los mitos obstetricios que suponían el nacimiento de los híbridos guerreros estaban aún más arraigados en los pueblos de las selvas que en los queruscos de las ciénagas, porque en las grandes florestas la convivencia con la naturaleza era mucho más intensa.
Una de las mujeres se aproximó y puso las manos en la frente de Armin, sin pronunciar palabra alguna. La sacerdotisa era una mujer recia de intensos ojos azules y abundante pecho. Por fin dijo algo en una lengua familiar pero que Armin no lograba entender, acaso un lenguaje germano, pero cavernario, prehistórico. Poco tiempo después, Armin abandonaba la gran sala y era introducido en una gruta lateral. Allí, una de las mujeres le ofreció carne y un cuenco lleno de sangre caliente, procedente sin lugar a dudas de un sacrificio recientemente ofrendado a la Madre Tierra. El querusco comió y bebió, consciente de que no debía rechazar nada de lo que le ofrecieran, si no quería que lo considerasen una afrenta. Después cayó dormido, como fulminado por un rayo invisible, y fue cubierto con gruesas pieles de oso.
Deliraba, y la rabia del lobo, inoculada por aquel mordisco, había empezado a agitarse en su sangre. El tiempo se detuvo en las entrañas de la tierra, y Armin, poseído por la cólera, pasó muchas horas agitándose y temblando en las sombras.
Cuando despertó se dio cuenta de que estaba atado a un fresno muerto. El tronco reseco clavaba los andrajos de corteza en la espalda del querusco. Toda la piel de Armin había sido cubierta de inscripciones, y así, runificado como los cadáveres que Cerunno enviaba al Más Allá con el último soplo de fuego, abría los ojos y
veía la mirada extraviada, demente, de aquella sacerdotisa de Nerthus. Armin tenía los brazos extendidos, tensos por la acción de unas cuerdas que pendían de las altas ramas retorcidas del fresno.
—Ningún árbol vive en las tinieblas —dijo ella en la lengua de los germanos. —Pero este fresno es Ygg, y murió hace mucho tiempo. Ygg es el juez de los culpables. Permanecerás atado hasta que los dioses hayan decidido lo que quieren hacer contigo. Pues ellos visitan a Ygg con sus espíritus, y quienes estén con él serán arrastrados o escupidos.
Armin trató de hablar, pero no consiguió articular palabra alguna.
—Un lobo habla por tu garganta, mira por tus ojos, ruge en tu vientre. Lo he visto. Espera a que llegue la hora. Con el otoño vendrá tu odio, y descubrirás lo que hiere tus entrañas. Con el invierno vendrá tu luz, y verás cuando todos se sientan ciegos. Con la primavera volverá tu fuerza, y el soplo de los dioses arderá en tu sangre. Con el verano ya todo estará decidido, y en el otoño llegará la fatal hora del destino. Será la hora de hacerlo.
—De hacer... ¿qué...?
—Un año es un guerrero, un sol es un guerrero, una vida es un sol, que nace, se levanta y muere en su propio ocaso. Todo te visitará y los espíritus de los cuervos de Ygg desollarán tus entrañas. Deja que se coman lo que odias, deja que lo devoren con sus picos, y si sus padres deciden que deben atravesarte, ¡muere!
Armin quiso defenderse y al fin gritó, iracundo. Su desgarrado clamor se alejó repetido mil veces por las paredes de las cavernas.
Inclinó la cabeza y el tiempo pasó.
Amanecieron monstruosas pesadillas.
Vinieron a su encuentro noctámbulas apariciones.
Horrendas cavidades sin ojos, picos que despedazaban su cerebro.
Lucífugas aves que pugnaban por devorar sus recuerdos más aciagos.
En medio del enjambre de espíritus que se cernía sobre él, una mujer desnuda de anchas caderas emergió entre las llamaradas azules. Lampos de un horizonte infernal iluminaban sus pasos desnudos. Sus cabellos rojos parecían hinchados e ensortijados. Sus ojos ardían, y sus labios eran muy rojos en el rostro pálido. Cortó las cuerdas que mantenían preso al querusco, y lo poseyó una y otra vez hasta dejarlo exhausto, mientras todas aquellas fieras de ultratumba lo acosaban por fuera y por dentro.
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