Liberator Germaniae
Capítulo IV
3 a.C. Rodas
Tiberio se enteró en su isla de que Lucio Cornelio Léntulo y Marco Valerio Mesala habían recibido el consulado en la sagrada ceremonia. Desde Rodas, no obstante, Roma le parecía muy lejana, y por ello más amenazadora que nunca. Se sentía a merced de los designios de la familia, y escuchaba que Cayo y Lucio no sólo hablaban mal de él, sino que además pugnaban por obtener el favor de las armas por parte de Augusto. Cayo ya había sido reconocido públicamente por su abuelo como heredero y favorito, y eso significaba que las próximas campañas lo designarían legatus imperialis.
Tiberio trataba de disfrutar en la isla lo que le parecían los últimos años de su vida.
Se decía que Rodas había sido el fruto de la unión amorosa entre Helios y una caprichosa ninfa de Neptuno, y que había aparecido arrastrada por una miríada de tortugas que después se sumergieron y desaparecieron en las fosas submarinas. Rodas era la isla más grande del Dodecaneso oriental. No muy lejos se alzaban las rocas solitarias de Calymnos, de Tilos, de Patmos, de Carpathos y de Astylpalca, todas ellas envueltas por un mar que las leyendas griegas suponían muy profundo, e hirviente cuando estallaban las
tormentas, y a la vez transparente y lleno de manjares cuando los pescadores podían adentrarse a echar sus redes y sus anzuelos.
Un temblor de tierra en el año 226 a.C. derribó al Coloso que había sido considerado una de las maravillas del mundo. A Tiberio le gustaba imaginárselo erguido sobre la boca del puerto, con los pies clavados en las rocas costeras, mientras los barcos se deslizaban tímidamente entre sus piernas. Pero al llegar sólo eran visibles sus pantorrillas y sus pies, mientras que los restos del coloso yacían alrededor sumergidos en las aguas, donde algunos trozos que se decía habían pertenecido a su ancha caja torácica sobresalían entre las aguas, relamidos por el incesante vaivén de las olas; los pescadores hacían uso de sus despojos como muelle.
No muy lejos, las islas orientales, Quíos, Lemnos, Samos, Thasos y Lesbos, habían llenado la imaginación de Tiberio de todos los fantasmas de la pasión que a menudo lo visitaban en las horas solitarias de la noche. Le había parecido que Rodas, con sus filósofos y sus escuelas, era el último bastión de la cultura en la frontera donde Asia se mezclaba en su enérgica y amoral libido con los moradores de la alta cultura romana. Las islas del oriente le traían fantasías extrañas, y a menudo le gustaba despertarse temprano, abandonar su dormitorio y ver el nacimiento del sol por encima del mar, como un espectáculo grandioso, como una música de luz que se encendía trayendo la promesa de los viajeros de oriente y de Asia.
Quizá había sido a instancias de Augusto, pero lo cierto es que la escuela estoica de Rodas le había denegado la admisión entre sus discípulos, argumentando que no quedaban plazas vacantes.
Ciertamente, Tiberio podía ser muchas cosas, pero no un estoico.
Pensó que el deseo de Roma era que su confinamiento debía ser absoluto, y se dedicó a vagar por la isla, a tratar de escribir poemas, y a leer lo que Safo, la famosa hija de Escamandrónimo y de Cleis, había dejado escrito. Visitó Ialisos, rodeada de un bosque de pinos, elevada en un lugar estratégico sobre el Monte Filerimos, una de las tres ciudades fundadas por los dorios en la isla. Conoció Camiros, otra ciudad de la cultura doria. Recorrió el camino que llevaba a la
solitaria península de Prassonissi, cubierta de dunas y accesible sólo en verano, antes de que el mar la convirtiese en una verdadera isla durante el invierno. En el interior de la isla abundaban los bosques de pinos y de hayas. Especialmente célebre era el valle de Petaloudes, donde en el verano se reunían millones de mariposas—
tigre en un espectáculo único.
Tiberio se había acostumbrado a despertarse temprano, por tarde que hubiese acabado una orgía privada, y a presenciar el nacimiento del sol. Hasta tal punto esa costumbre se había impuesto en su nueva vida del exilio, que los días en los que un cielo gris le impedían contemplar la llegada del astro todopoderoso sufría el más terrible de los reveses. El mal augurio que esto suponía se posaba en su alma y hacía locuras o emprendía estúpidas aventuras.
Pero por lo general el sol se alzaba con su melena llameante por encima del Mare Nostrum, y Tiberio podía gozar de su llegada limpiándose de sus pesares nocturnos, que aumentaban con el paso de los meses. Empezaba a experimentar en su soledad rodeada de esclavos un profundo vacío, que llenaba con los poemas de Salo, que recitaba él mismo mientras el sol se alzaba por encima de las aguas.
Comenzó a arraigarse en él la veneración safoniana de Afrodita, la Madre Tierra que era fertilizada como una isla por el incesante y turbio deseo marino. De hecho, aquella región del mundo concedía muchas libertades a las mujeres, pues esa era la costumbre en la cultura dórica y eólica, que incluso podían cambiarse sus nombres para dar a conocer sus obras públicamente, a diferencia de las repúblicas jónicas atenienses, donde sólo las mujeres que se vendían podían participar de la vida social de los hombres. A Tiberio le agradaban las mujercitas de aquellas islas, y había acabado por tener varias esclavas procedentes de Asia, mujeres capaces de dosificar la fuerza de todos y cada uno de sus músculos. Inauguró secretamente su propio culto a Afrodita y fue feliz durante largos meses, hasta que una pasión enferma comenzó a causarle horribles pesadillas. Se levantaba mareado y vomitando
cuando el sueño había arraigado en su mente con mayor profundidad; pidió auxilio a varios médicos, que no fueron capaces de remediar sus males. Al fin su libertador pareció llegar de oriente, como toda las cosas en las que creía, convencido de que Roma en occidente era la causante de todos sus males.
Se llamaba Trasilo, y era un adivino, medio nabateo, medio lésbico.
No tardó demasiado tiempo en intimar con Tiberio, quien experimentó una notable mejora en virtud de un cierto método que le había propuesto el mago. Trasilo se dedicó a colmar los deseos de Tiberio. Contando con un ayudante como aquel, Tiberio podía empezar a permitirse lujos que hasta entonces sólo se había atrevido a codiciar, pero nunca a solicitar. Trasilo supo ganarse la confianza de los comerciantes del puerto, y trajo muchachas de las islas orientales hasta la villa del acantilado. Lo hacía en barco, donde sus esclavos embarrancaban en la playa arenosa de aguas cristalinas, en las que durante el día, entre las rocas de las profundidades, echaban sus redes y clavaban sus arpones en busca de los grandes pulpos que se servían por la noche, después de cocerlos junto a las morenas y los cangrejos. Así, colmado por las maravillas que le ofrecía el mar, Tiberio comenzó a descubrir el placer de la nueva vida alejado de Roma, mientras al anochecer las embarcaciones de sus sueños, conducidas por el sabio Trasilo, embarrancaban con una nueva mercancía ignota que disfrutaba del banquete y de las ditirámbicas poesías estrafalarias de Tiberio.
Durante algún tiempo eso bastó. Pero como todo lo perturbado no duró para siempre, y una noche Tiberio volvió a ser vencido por horribles pesadillas en las que Afrodita lo asesinaba. Trasilo vislumbraba con determinación en la lectura de los astros que una mujer atormentaba el espíritu de Tiberio, cuya constelación era Escorpio, y decidió poner a prueba el horror de Tiberio. Tras varias semanas en las que los sufrimientos de Tiberio se reanudaron, Trasilo propuso a Tiberio un extraño ritual, pero tampoco dio resultado, y Tiberio comenzó a sentirse estafado por el mago de oriente. Las pesadillas se reanudaron, y esta vez Tiberio fue presa
del pánico cuando, entre sollozos y fríos sudores, se despertaba tendido en la terraza de su villa, junto al murete que habían levantado con porosas piedras madrepóricas traídas del fondo del mar, la salvaguarda que los separaba del abismo del acantilado.
Allá abajo, rodeado por dos anchas molduras de piedra, quedaba encerrado un profundo sinus de agua, una hondura cortada a pico, asesinada por el mar. Tiberio refería que en sus pesadillas el azul de las aguas era tan profundo y negro que podían verse las criaturas de los infiernos, que era una grávida agitación de la noche que no cesaba de bramar y que albergaba un odio terrible, y que deseaba tragárselo. Finalmente se aproximaba hasta ese mismo muro que todos veían, y allí una mujer lo empujaba por la espalda y él se precipitaba hacia las rocas. Era entonces cuando despertaba.
Trasilo decidió dar solución a sus males.
Una noche regresó con el barco y trajo a varias jovencitas en él. Había pedido a Tiberio una gran suma de dinero algunas semanas atrás, y éste se impacientaba, porque no veía que Trasilo fuera capaz de disuadirlo de aquellos martirios que lo asaltaban en el sueño. Trasilo estaba seguro de que alguien deseaba su muerte, y conocía un ritual para deshacerse de ese deseo. Tiberio no lo entendía, pero se sintió mejor al ver las hermosas muchachas. A él, un hombre maduro, le gustaban las mujeres pequeñas, y en aquella ocasión Trasilo parecía haber comprado algunas vírgenes dignas del Templo de Vesta. La comida se sirvió y también el vino, que corrió en gran cantidad, y tras la embriaguez y tras yacer con varias de aquellas muchachas, Tiberio temió dormirse y ser perturbado por aquel horrible sueño que lo perseguía y trataba de amargarle la vida. En ese momento Trasilo sacó una espada y apuntó con ella a Tiberio en el corazón. Éste miró a Trasilo desconcertado.
—Es hora de que demos muerte a ese horror que roe tu corazón, Tiberio Claudio.
—¿Y cómo vas a hacerlo? ¿Atravesándomelo con ese acero?
Trasilo rió descaradamente y apartó la espada.
—No, hijo de Roma, no has salvado la vida en las campañas de guerra para morir atravesado por la espada mellada de un viejo adivino del mar, así —hizo un gesto de desprecio— sin tu coraza ni tu gladio...
Los esclavos se rieron al escuchar aquello.
—Tú, hermosa joven, ven.
La muchacha siguió entre risas a Trasilo.
—Los demás, ¡marchaos! ¡Fuera todos! ¡Fuera!
La orgía se disolvió y los esclavos se marcharon al interior de la casa o a los jardines, hasta que al fin aquella terraza que se asomaba por encima del océano quedó solitaria. Tiberio sintió con placer el excitante momento. La brisa soplaba ascendiendo del acantilado, como la respiración de un monstruo que yacía oculto en las profundidades.
Trasilo aproximó a la joven hasta el muro del acantilado y allí la obligó a subirse en lo alto. Ésta vaciló, pero había bebido lo suficiente como para sentirse segura de sí misma, y confió en la mirada de Trasilo, quien sostenía una de sus manos.
Ella se encaró ante el mar negro, temerosa y agitada, a la vez que dichosa ante la temeraria inmensidad de la noche. El aire que subía desde el acantilado sacudía sus rizos y la brisa del mar le daba el aspecto de una divinidad que dominaba el peligro. Tiberio se aproximó a ella sin apartar los ojos de la joven, lentamente, hasta que estuvo junto a Trasilo. Le parecía que ya no contemplaba a una mujer, sino a una diosa. Le aturdía aquella imagen. La Via Lactea surcaba las tinieblas de la noche, y el fuego de las antorchas temblaba alrededor. No podría soportar que descendiese, porque mientras estaba allí, arriba, soberana del peligro que a él lo atormentaba, Tiberio estaba liberado y ya no sentiría miedo ante aquel abismo. La joven aferró la mano de Trasilo y extendió la otra hacia delante. Tiberio sintió que su corazón ardía y latía con fuerza como hacía largos años que no lo hacía. ¡Qué osadía! Parecía
querer echar a andar por encima del abismo y alejarse hacia el oriente.
De pronto una extraña angustia comenzó a dominar el ánimo de Tiberio. Sintió miedo y celos de ella. Quería subirse y sentir el aire, estar a un paso de la muerte que le visitaba en sueños y retroceder después conjurado, victorioso, redimido... pero no era capaz de ello. Se acercó a ella, dispuesto a dar un paso y a alzarse junto su diosa redentora, cuando una extraña palabra brotó de su boca, y empujó a la muchacha violentamente. Se retorció con espanto, temeroso de seguirla.
Se escuchó un grito agudo y largo.
Era el sonido más largo y terrible que había oído en toda su vida. Luego nada.
Tiberio miró a Trasilo, que lo contemplaba horrorizado.
El romano avisó a sus esclavos; Trasilo huyó como un animal despavorido y abandonó la casa.
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