Liberator Germaniae
Capítulo IV
4 d.C. Siga
Después de un grano de arena, que era el tiempo que había tardado en pasar todo aquello por su mente tras del terrible sueño, Armin fue en busca de la espada. Se vistió y se calzó los zapatos de piel, abandonó la estancia y salió al encuentro de una mañana gélida. Colgó del tahalí la espada, volteada a la espalda, se ciñó el grueso cinturón y fue en busca de Sleipner.
El caballo se alegró al verlo. Armin le puso los arreos y salieron del establo. Abandonó Siga por el sendero que conducía a las lomas verdes del norte. Recorrió un bosque de alerces. Sleipner parecía conocerse el camino de memoria. Saltaba cada pedrusco y cada raíz en el momento preciso, y su jinete apenas tenía que darle instrucciones. Después el animal galopó con todas sus fuerzas cuando una larga pendiente de hierba agrisada se alargó como una alfombra tendida desde el cielo todavía nocturno. Relinchando, trazó un gran círculo alrededor de unos bloques de piedra gigantescos que coronaban la loma. Formaban el monumento ancestral de los teutones. Pero a diferencia de Wulfmunda, en aquella colina boscosa no había cuevas recónditas en las que se hallase la morada de sacerdote alguno. Los hombres—rayo no eran del gusto de Segest, que pretendía dar ante los romanos una imagen lo más civilizada posible. Segest no había prohibido que se vistiesen con los atributos germanos, ni tampoco llevaba él mismo
toga, pero procuraba evitar los signos más salvajes de las tribus germanas del norte, como las cabezas disecadas de lobos y osos sobre sus cabezas, o los adiestramientos guerreros más tenaces.
Segest quería dejar claro ante Roma que Siga no era un pueblo guerrero, sino un excelente productor de mercancías que los legionarios y los altos cargos del estado romano en Colonia Agripina podían degustar sin pensar en ser envenenados. La colina del monumento de los teutones aparecía llena de panales de los que los apicultores extraían una miel negra de gran valor.
El cielo mostraba una franja violácea por debajo de la oscuridad, y más allá una claridad gélida en la que titilaban las estrellas.
Desmontó y dejó que Sleipner pastara a su antojo. Recorrió con su mirada las grandes rocas, echó una vez más un vistazo a sus largas ristras de runas. Todavía eran allí visibles los restos de un cuento que había oído muchas veces. Uno de los bajorrelieves mostraba a un guerrero que empuñaba una pesada hoja cuya punta se hundía en un cuerpo alargado. Se retorcía alrededor como una larga serpiente de anchas fauces. Los dientes de piedra aparecían mellados, pero su significado era inequívoco. El mito del dragón estaba muy extendido en los monumentos megalíticos de los alrededores, y parecía que los teutones lo habían venerado muchos años atrás, dejando las huellas de su paso en multitud de bloques a las orillas del Rhenus. Ellos habían descendido hasta las Grandes Montañas, donde nacía el Río, las habían trepado, y habían derribado ejércitos romanos. Teutobold, así se llamaba el líder de los teutones. Cruzaron las Galias de este a oeste y luego volvieron para ser masacrados por otro romano, Cayo Mario. Su héroe siempre aparecía atravesando al dragón de parte a parte, y Armin se preguntó si no sería absurdo creer que aquel héroe vencería siempre.
Nadie podía vencer en todas las ocasiones; así opinaba Segest, y creía en una acomodación a Roma. Sostenía que con la paz la gente podría enriquecerse y vivir tranquila, dos asuntos muy complicados en todas las épocas, pero en aquella todavía más.
Segest era muy diferente de su padre. Segimer había sido un buen líder, pero con el tiempo había dudado que esa clase de líderes consiguiese mantenerse en el poder durante demasiado tiempo.
¿Cuánto tardaban las legiones en conquistar una tierra...? Armin ya se había acostumbrado a verlas de paso, en busca de las mercancías que, a buen precio, los contrabandistas del ejército compraban en Siga. Pieles, ámbar, botas y calzado de diferentes formas, miel, cereales, y oro. Porque Segest sabía obtener oro de los valles rocosos del Siga. Acuciado por esa circunstancia, y consciente de que sus ejercicios como guerrero no agradaban del todo al padre de su novia, Armin había ingresado en las herrerías de Siga. Allí había encontrado un buen ambiente en el que desfogar su nerviosa energía. De todos los oficios que había contemplado en su infancia, sólo dos habían causado su admiración: el del guerrero—cazador, y el del herrero. Eso le había hecho concebir un nuevo plan para impresionar a Thusnelda aquel día.
El sol despuntó de pronto, sin previo aviso; lo arrancó de sus pensamientos cuando el fuego se propagó por encima de las lejanas siluetas de las colinas en el este. El caudal del Rhenus comenzó a arder inmediatamente, reflejando la sobreabundancia que se desbordaba como un agua de oro desde astro todopoderoso. Una gota de fuego y oro fundido que se expandía, un ojo que escrutaba la tierra después de iluminarla, un implacable dios. Los romanos hablaban de un carro que tiraba del sol, y de malcriados hijos de dioses que lo descarrilaban al final del día. Pero Armin continuaba creyendo firmemente en la potencia del Sol Invictus, en el antiguo rito que le contara Cerunno.
Mientras aquel poder se desplegaba inundando el cielo, varios de los anillos de oro que se había forjado brillaron en su ancha mano, y la fíbula de bronce, con sus complejas filigranas, se iluminó en el centro del grueso cinturón. La luz mostró a un hombre fuerte, un herrero de desgreñados cabellos castaños, con dos pequeñas trenzas que colgaban por detrás de sus orejas, tejidas por las manos de Thusnelda, y cejas de águila por encima de los
ojos inquisidores. Armin clavó su mirada en el sol, ahora que su aparición no era capaz de herir sus ojos, y saltó sobre Sleipner.
Galopó hacia el norte, abandonando la colina, y recorrió el camino de las anchas florestas que se inclinaban a beber de las aguas del Siga. Su valle se erguía con boscosas colinas en cuyas cumbres parecían extenderse anchos calveros. Había cazadores allí, con sus poblados en las alturas, pero Segest vivía en paz con ellos.
Vadeó las aguas y se sumergió en una espesa selva de alerces. Al cabo de algún tiempo, aminoró el paso y siguió una trocha de alimañas. Al fin logró alcanzar el pie de unos riscos y se detuvo frente a las rocas despedazadas que se acumulaban a la sombra del bosque. Allí un manantial surgía entre las piedras de una cueva honda y fresca. Los pájaros graznaban y saltaban de una rama a otra sin tener en consideración la presencia del intruso. Armin se introdujo en la cueva.
Desde hacía muchos años tenía predilección por las cavernas.
Era algo que no podía definir con claridad. Sumergirse en la ignota incertidumbre de las sombras, trepar escaleras inexistentes a la luz de un hachón, descender a agujeros en los que, cientos, miles de años atrás, otros hombres y mujeres se protegieron de una era de frío, eso le agradaba. Había marcas de fuegos ancestrales por todas partes. Pero ese día, junto al deseo que pretendía obtener para Thusnelda, se hallaba aquel extraño sueño. Desde que descendiese a la profundidad de aquella cueva en el Monte del Oso, la noche en que Ortwin fuese tocado por el dedo de los dioses y fulminado por el rayo, en pocas ocasiones había vuelto a introducirse en cueva alguna de esa índole. La gruta que ahora recorría era el curso de un río que parecía brotar de las profundidades de la colina. Más adelante descendía por unas cascadas cantarinas; después su antorcha iluminó el lago subterráneo. Estaba seguro de que nadie más conocía aquel lugar. Era prodigioso. La extensión de agua se alargaba en las tinieblas, apenas ligeramente ondulada por los afluentes que descendían por todas partes en la oscuridad a renovar su contenido. Era un agua gélida —Armin se inclinó y bebió de su
mano colmada— pero ninguna otra le sabía mejor. A menudo se preguntaba qué había en sus profundidades, pero jamás se había atrevido a nadar en busca del fondo, y no era el espasmo del frío que recorrería su cuerpo lo que temía, pues le agradaba nadar en los ríos, sino aquella negrura líquida, aparentemente insondable. Trepó las rocas, y se desplazó por una pendiente rocosa y húmeda, la orilla del lago, hacia su extremo. El resplandor de su antorcha centelleaba recorriendo maravillosas dentaduras de dragones, afilados colmillos que pendían de las alturas, goteantes muelas, estrías llenas de minerales de muchas facetas, cristales que relampagueaban a su paso. Más allá se introdujo en una cavidad lateral, más baja y estrecha que la grandiosa caverna del lago, y allí se inclinó, depositando la antorcha entre dos anchas vetas de mineral blanco, como si de una ofrenda a tenebrosos dioses se tratase. En medio aparecía un filón anaranjado. Era difícil de reconocer a simple vista, pero los ojos del herrero estaban acostumbrados al brillo del sagrado metal bajo todas sus formas.
Era el oro de Armin. Su filón. Tras reconocer el lugar un año atrás, había decidido no revelar el secreto a nadie, y lo convirtió en la fuente de sus propios ornamentos. Con aquel oro se forjaba sus anillos y los que regalaba en las ocasiones especiales a sus familiares. Ingomer ostentaba uno pesado y grueso en el que habían engastado un glaesum amarillo, al que llamaron Ojo de Lobo. Pero sin duda era Thusnelda la que más se había beneficiado del secreto de Armin. Estaba forjando un egregio torque para ella, y necesitaba más mineral. Extrajo sus herramientas y acumuló más de aquellas pesadas piececillas dispersas con incrustaciones de cristales blancos. Cuando tuvo bastante, abandonó la cueva, desanduvo el camino subterráneo y volvió a la luz del día. Extinguió la luz del hachón en el agua, y surgió de las cavernas. Sleipner no tardó en aparecer, pateando enérgicamente, lo que de acuerdo con lo que Armin sabía sólo significaba que estaba aburrido y quería cabalgar.
Lo montó y marcharon en busca del cauce del Siga, descendiendo por otro sendero de bestias.
Los haces de luz sesgaban la penumbra de los árboles. Las hojas secas crepitaban tras el paso del caballo. Las ardillas huían asustadas para mirarlos de nuevo al pasar. Los pájaros se levantaban en ruidosas y gorjeantes bandadas, volando de un árbol a otro. Cabalgaron así durante algún tiempo, hasta que algo atrajo la atención de Armin, una agitación en las tinieblas lo obligó a detenerse. De pronto y de estampida, un enorme venado surgió con su gran cornamenta y enfiló con enfurecida carrera. De muy cerca llegó otro ruido, pero Armin no tuvo tiempo para extraer mayor conclusión. La oportunidad se presentaba muy rara vez: el animal se ofrecía en bandeja, huyendo de otro peligro se encontraba de frente con el puñal de Armin. Éste lo arrojó con todas sus fuerzas.
Sleipner relinchó un momento después. La hoja se hundió en el cuello del gran venado. Cabeceó, mugió ruidosamente y se estampó contra un tronco. Después pateaba, agonizante. Armin descendió del caballo, tenso, los ojos fijos en la presa. Extrajo la espada y corrió hacia ella. Prolongar el sufrimiento de un animal amargaba su carne, pues era indigno del verdadero cazador. No soportaba el sufrimiento de los animales, por ello había aprendido a darles muerte con certeza. Como en aquella batalla contra Sentio Saturnio, cuando tuvo que aprender la lección y terminar con los sufrimientos de un caballo llamado Gramsuna, depositó el cuello sobre la larga hoja de acero, y la desenfundó con un fuerte tirón. Otra vez las sombras en los ojos, la muerte desplegando sus insondables misterios en la mirada del animal, el silencio del bosque. Uno de sus moradores había muerto, y eso debía hacerse con respeto. Nadie podía robar al bosque sus hijos sin pedir permiso a las divinidades.
En ese momento llegó una ruidosa manada; pero no de ciervos, sino de romanos, «Ése es el peor animal que deambula por la espesura» pensó Armin, alzándose con la espada ensangrentada.
Había varios caballos frente a él. No eran muy altos de cruz, ni tenían el nervio de Sleipner, que relinchaba inquieto. Parecía que unos oficiales habían salido de caza, seguidos de algunos centuriones. Procedían sin lugar a dudas del campamento del Siga,
en su curso alto. El malestar del oficial era evidente al ver la presa muerta.
—Este bastardo nos ha robado el premio... —dijo en un claro latín uno de ellos.
—Nos ha arruinado la caza.
—Echa un vistazo al venado —dijo otro oficial, retirándose el casco.
—¡Está armado!
Uno de ellos, sin lugar a dudas un ubio que hacía las veces de traductor, se adelantó para dirigir la palabra a Armin, cuando éste dijo en un defectuoso latín:
—No soy bastardo de nadie, sino de la familia de Segest, que tan buena relación tiene con los romanos en Siga. He lanzado mi puñal a este venado en cuanto lo he visto, y no sabía que veníais en su busca.
—¿No sabes que en esta parte del valle cazamos nosotros?
—Segest nunca ha hablado de trocear el valle. Los germanos comparten su tierra con los romanos.
El oficial, seguro de sí mismo en medio de la partida de caza, le dirigió al fin la palabra arrogantemente, acentuando el discurso, como si hablase con un idiota.
—Los romanos comparten su tierra con los germanos...
Un coro de risas terminaron de causar la felicidad de aquel romano. Armin imaginó muchas respuestas adecuadas a aquel comentario, pero se limitó a escoger la más conveniente.
—En tal caso no tengo derecho a ninguna parte de este animal, así que es vuestro.
Y dicho aquello Armin fue en busca de su caballo. Uno de los centuriones, pesado y de estúpido rostro, extendió su brazo y tomó las riendas de Sleipner, que retrocedió recelosamente. El soldado puso sus manos en el lomo del animal de manera poco amable, y el
corcel piafó de pronto violentamente. Los romanos experimentaban un sentimiento de impotencia cada vez que algo protestaba contra su dominio. Y aquel piafar de Sleipner no parecía sino poner de manifiesto lo que Armin pensaba de ellos. El rostro del joven querusco se tensó y arrugó una falsa sonrisa. Suplicaba a todos los dioses que conocía que no lastimasen a su caballo, pero a pesar de aquella sonrisa, el oficial había visto cómo los nudillos de la mano de herrero se cerraban y se volvían blanquecinos, apresando el mango de la espada, que era extraordinariamente larga. Sabía lo suficiente de soldados y guerra como para adivinar que detrás de aquellas buenas palabras se ocultaba un formidable luchador.
—Deja el caballo, es un terco, ya lo ves... —y diciendo esto Armin trató de tranquilizar a Sleipner.
—La espada —le espetó indolentemente el oficial.
—¿Qué sucede con la espada? —Armin sabía perfectamente lo que pasaba.
—Debes entregármela porque te la estoy pidiendo, eso es lo que debes hacer. Sabes que Segest no puede estar a cargo de ejército alguno...
—¿Ejército? ¿Soy un ejército?
—Sabes lo que digo, germano.
—Sé lo que dices y sé que mientes —los ojos de Armin se volvieron amenazadores, y sus cejas de halcón se cerraron. —Los hijos de Segest pueden llevar sus armas, he venido en busca de caza, no la he encontrado y regreso a Siga. Si me queréis encontrar allí estaré, pero no podemos prolongar más esta conversación. Y la espada es mía.
Armin había montado el caballo con tal rapidez que el centurión se sintió amenazado y desenfundó su gladio. La larga hoja ensangrentada del germano descendió muy cerca, lentamente, mientras Armin clavaba una mirada lacónica e impenetrable en el centurión.
—¿Qué haces con ese gladio, romano? ¿Quién te ha amenazado? Os felicito por vuestra cacería, es un magnífico ejemplar, y en prueba de mi amistad entrego al romano este anillo
—Armin se retiró el peor logrado de sus anillos y se lo arrojó al centurión. Éste retrocedió sin apartar la mirada del bárbaro, que sonreía engañosamente. El oficial echó un vistazo al anillo y lo sopesó. —Los romanos son amigos de Segest, y con ese anillo celebro este encuentro. ¡Que la Fortuna os acompañe a sus hijos!
En ese momento la voz carrasposa del centurión lo increpó:
—¿Y qué tal si nos das los otros a cambio de tu espada?
—¿Y qué tal si vienes a cogerlos? —respondió Armin fulminantemente, con una extraña y divertida mueca, y después sonrió con generosidad a los oficiales.
El que estaba en posesión del pesado anillo parecía sopesar en su mano no sólo esa pieza, sino las consecuencias de entablar injusto combate para saquear a un bárbaro que parecía pertenecer a la familia de Segest, un buen aliado de Roma, con poderosos amigos en Colonia Agripina y una hoja germánica que sin lugar a dudas blandía magistralmente. Y la decisión estaba clara. Tenía el venado y el anillo, y si se detenía a tiempo, también tenía su tranquilidad. Lucio Domitio defendía una política de cooperación con los jefes germanos, consciente de que hostigarlos sólo servía para unirlos más unos a otros.
—Deja que se marche, Antonio. Ha pagado su libertad. Pero en adelante vigila tus pasos por estos bosques.
Armin sonrió ampliamente, le dio la señal a Sleipner, y desapareció en la penumbra del bosque como un fantasma.
No mucho tiempo después había recorrido las praderas y cruzado las aguas. Siga había despertado hacía tiempo, y las casas de la aldea humeaban como una sucesión de tejados desiguales que ocultaban tranquilos caminos. Algunos llegaban con pescado del Rhenus, otros se empeñaban alisando largos tablones, se reunían
montones de sacos de cereal, una partida de cazadores entraban cantando, resonaba la llamada de un cuerno, los carros tiraban de un botín de piezas ensangrentadas. Pero el galope de Armin se dirigió hasta los talleres de Alfrund, el joven herrero que, tras la muerte del maestro que había sido su padre Alfbrandt, se había convertido en el sagrado herrero de Siga. Allí, bajo las pesadas vigas que sostenían un alto techo, los muros de piedra encerraban un espacio lleno de toda clase de cubas, herradas, fuelles, pieles, calderos, arados, moldes... Las largas cadenas sostenían una caldera. Un crisol apresado en las tenazas ardía colmado con la roja colada hirviente de hierro, y las llamaradas de la fragua relamían un cuenco de piedra refractaria en cuyo interior el soplo de unos fuelles convertía el carbón en ascuas ardientes. Los muchachos que se encargaban de los grandes fuelles sudaban a chorros. Armin conocía ese oficio, el primero que desempeñaba un herrero: mirar las tareas de los maestros herreros mientras sudaban enrojecidos por la cercanía del fuego y el esfuerzo de aplicar su fuerza a las largas palancas. Sólo un tiempo después se le permitía pasar al segundo de los oficios del herrero: el martillo. Y allí resonaba la canción del hierro. Los yunques vibraban y los golpes centelleaban.
Alfmund ni siquiera miró a Armin.
El herrero ostentaba la marca de la gota de oro vertida en su hombro. Era un sagrado ritual: cuando al fin un herrero era investido orfebre, una gota de oro fundido se dejaba caer entre las fibras de sus músculos, tras ingerir grandes cantidades de cerveza y medhu. La cicatriz de Alfmund era bien visible. Armin mostraba la cicatriz de la gota de hierro, lo que a los ojos de Roma lo convertía en un simple herrero. Segest lo había hecho con todos sus hijos, para disuadir a los oficiales romanos de que se trataba de ambiciosos guerreros.
Alfmund apresó con las tenazas el gran crisol y fue vertiendo su contenido en los moldes. Varios herreros de espesa y chamuscada barba vinieron en su auxilio, y el propio Armin se hizo con otras largas tenazas y ubicó en la posición idónea los moldes de los arados.
Las cabezas de hierro de los martillos emitían ahora un incesante clangor. Después, una espesa niebla llenó la sala y trepó hacia el tejado ennegrecido por los humos de los metales, cuando los moldes fueron sumergidos en las herradas colmadas de agua.
Armin recordó cuando enormes calderas vertían el contenido de plomo líquido en largas ristras de moldes de las que luego salían cientos de proyectiles con los que los guerreros de su padre acribillaron el avance de Tiberio junto a las aguas del Amisia. Allí eso no sucedía, sólo forjaban herramientas de toda índole, y en varias ocasiones unos ayudantes griegos habían sido enviados desde Colonia para echar un vistazo a la fragua y dar algunos consejos sobre la forma idónea de algunas herramientas. El motivo de tanta preocupación era que Segest había empezado a cultivar la viña. Daba un fruto del que los romanos obtenían un vino blanco que adoraban.
Armin extrajo al fin su trabajo de orfebrería, y miró el torque incompleto. Volvió a preparar su propia forja. Sacó el oro y lo depositó en un crisol. Lo cerró y lo hundió en el corazón de brasas llameantes. Al cabo de un rato tenía el molde preparado y el oro fundido. Cuando comenzó a martillar la pieza, Alfrund se refirió a él:
—Algún día me contarás de dónde sacas el oro; ya me he dado cuenta de que eres un astuto ladrón —afirmó muy serio.
Armin emitió una vehemente carcajada.
—Ladrón es el que roba. Yo recurro a mis posesiones. Quién sabe, a lo mejor los romanos se dan cuenta antes que Segest de que poseo un filón en el que sudó el sol [1].
—Si esos goterones de sudor caen en manos de los romanos...
Segest no se alegrará —dijo Alfrund, sonriendo sarcásticamente.
—Los romanos andaban cerca —aseguró Armin.
Alfrund levantó la vista y dejó caer el martillo sobre la pieza roja que debería convertirse en la cabeza de un arado triforme.
—Cuidado con los romanos, Armin.
—Lo sé, hoy me han pedido la espada.
—¿Llevabas la espada cerca de las guarniciones del Siga?
Maldito loco...
—¿Qué se supone que debo hacer? ¿Ir desarmado? No lo haré
—Armin volvió a golpear levemente la pieza de oro sobre el tas con un pequeño martillo. —Me ha costado un anillo y eso es todo.
—No deberías ir en busca de los romanos lucia de Siga.
—No fui en busca de ellos. Me los encontré. Cazaban como patos silvestres, y yo maté al venado que perseguían. Fue tan casual como el salto de una rana. El oficial se enojó, pero al final fue todo lo bien que puede ir con un puñado de romanos...
—Pues da gracias a los dioses.
—Y ellos también, Alfrund, porque mi espada iba a costarles muy cara. No quiero tener que llegar a ese extremo.
—Segest se vería en apuros. Lo mejor que puede pasarle al valle es que jamás se llegue a confrontaciones. Que los romanos pasen de largo, que paguen lo que se llevan, y que nos dejen en paz.
—Eso requiere buena voluntad por ambas partes, no sólo por la nuestra. Y yo tengo la sensación de que muchos de ellos están deseando endurecer sus reglas aquí en Siga.
—Pero Segest nos protege, no olvides eso, Armin. Segest nos protege.
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