Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 4 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo II

5 a.C. Templo de Apolo,

monte Gaurus

Germánico, Livila y Claudio, los hijos de Drusus Claudio Nerón, habían sido conducidos por los augures, a instancias de su abuela Livia y de su madre Antonia la Menor, hasta la ciudad llamada Cumæ, y desde ella, una lluviosa mañana, hasta las faldas del monte Gaurus.

Allí había una caverna solitaria al pie de uno de los afilados riscos superiores, desde cuya corona rocoso nido de águilas desde tiempos inmemoriales, se divisaba majestuosamente el vasto paisaje de Campania y el Mare Tuscum en occidente. Era el mismo lugar en el que Æneas, según Virgilio, había consultado a la famosa sibila Demófila de Cumæ, en el oráculo de Apolo, digno de ser comparado con los legendarios oráculos griegos de Delfos, de Eritrea o de Samotracia. Aquella divina profetisa escribía sus mágicos versos en las hojas de un corpulento laurel que crecía junto a su cueva. Contaban las leyendas que, de vez en cuando, Apolo soplaba un viento huracanado y arrancaba las verdes hojas proféticas; los versos se mezclaban entonces y se unían de manera extraordinaria, formando frases ininteligibles para los profanos, y muchos de los consultantes salían maldiciendo a la sibila; sólo los hombres de conciencia despierta podían entender las extrañas frases

y los misteriosos enigmas de la sibila de Cumæ. El oráculo siempre se encontraba a cargo de una sacerdotisa, acompañada de varias ayudantes, con semejante estructura al estatal Colegio de las Vestales, en Roma, mas con la diferencia de que a Cumæ se le atribuía el verdadero poder arcaico adivinatorio, y de que su sede, en las grutas del monte Gaurus, era un lugar señalado por los dioses, punto de encuentro del benigno cielo y de las tartáreas profundidades, donde se daban cita de manera propiciatoria.

Otra sibila de Cumæ, Serófila, fue la que escribió los Libros Sibilinos, donde se encontraban las profecías sobre Roma. Tarquino el Soberbio se interesó en ellos. Eran nueve libros y la sibila, tentando su conocido carácter, se los ofreció a un alto precio.

Tarquino no quiso comprárselos y pidió una rebaja, y la sibila quemó tres de los nueve libros. Ya sólo quedaban seis y volvió de nuevo Tarquino a querer comprárselos más baratos; la sibila dijo que su precio aumentaría con esa actitud, pues pagaría mucho más por cada libro en la medida que iban desapareciendo, y volvió a quemar tres más. Al final, Tarquino, enojado, desistió y le compró por el precio inicial los últimos tres libros que le quedaban. Esos libros que profetizaban sobre el futuro de Roma se guardaban desde entonces al pie de la escultura de Apolo, en su templo de Roma, custodiados por sus sacerdotes, y sólo podían ser consultados si el Senado daba la orden en ciertas situaciones inesperadas, habitualmente inquietantes, o con la manifestación de extraños presagios. Augusto había desestimado muchas profecías que consideraba espurias o apócrifas, delirios de grandeza de mentes insanas que atribuían sus propios pensamientos a la legendaria sibila que advertía sobre el destino de Roma. Sin embargo, no eran pocas las profecías que a su vez había descalificado por considerarlas demasiado acertadas o, mejor dicho, demasiado certeras en la medida que se aproximaban a los acontecimientos referidos a las grandes familias nobles en cuyas manos se acumulaba el poder de Roma.

En aquellas mismas faldas del círculo volcánico del monte Gaurus, un sendero había llevado a la comitiva de Antonia, que visitaba el oráculo de manera discreta y sin mayores ostentaciones, a la espera de respuestas que, según Livia, resultaban de interés.

Cuáles habían sido las verdaderas motivaciones de Livia, eso no parecía del todo claro. Su interés por alejar a Antonia momentáneamente de la vida pública había disminuido con el crecimiento de Germánico. Tras la muerte de Drusus, Antonia había tenido la sensación de que, junto al dolor por la muerte de su hijo, Livia sentía un extraño alivio. Por fin Livia había acogido a Antonia en el palacio imperial y había fomentado las atenciones de sus nietos, pues Augusto mostraba tanta devoción por Germánico como rechazo por Claudio.

Aquella mañana lluviosa, Germánico cargaba con una pequeña ánfora llena de vino puro, lugareño, conocido como gaurum, por el que Antonia había tenido que pagar una considerable suma.

Llegaron hasta una tosca ágora ribeteada por soberbios laureles.

Allí los sacerdotes del oráculo aceptaron el buey blanco, ataviado con un dogal de metal y con los cuernos recubiertos de oro, de los que colgaban guirnaldas. Llegaron hasta la espesura de pinos y el sendero condujo al séquito hasta un discreto templo tras el cual aparecían las ominosas cicatrices volcánicas de un risco escarpado.

Allí mismo debía ser sacrificado el animal, en el nombre del dios, Apolo, y de su compañera, Artemisa.

Antonia miraba a sus tres hijos mientras el martillo del matarife se dirigía hacia la cabeza del buey blanco. El golpe no acertó y el animal se rebeló, a pesar de que parecía considerablemente dócil. El sacrificio fue aparatoso; alguien había olvidado colocar la hierba idónea en el pesebre del animal la noche anterior. Aquello no era como en Roma. Los sacrificios estatales en las grandes ocasiones estaban muy bien planificados; hacía años que los bueyes no se resistían a los deseos de Augusto, porque no había nada más embarazoso que tomar una importante decisión y dejar que los animales, a la hora de ser sacrificados, se resistiesen y cabeceasen, ofreciendo un impertinente espectáculo en medio de

las solemnes ceremonias del consulado. En Roma era Augusto quien, por medio del Colegio de Augures, había decidido que los dioses debían ser más contundentes si pretendían refutar sus decisiones. Eran necesarios rayos inesperados, lechuzas imprevisibles o signos de mayor valía. El princeps del Imperio no se dejaba disuadir ni ridiculizar habiendo hierbas tan agraciadas para propiciar la ceremonia. Pero allí, en Campania, en el legendario oráculo de Cumas, donde las sibilas se sucedían en una larga dinastía de poderes consagrados a Apolo en las puertas de la montaña, esa forma de proceder tan romana, tan administrativa, no se imponía a los viejos usos. Si Livia había preparado en secreto aquella ceremonia era porque se precisaba un oráculo legítimo.

El matarife se vio en apuros. Ni media docena de ayudantes eran capaces de frenar el ímpetu del buey; nadie había tenido, pensó Antonia, la idea de anillarle el morro para prevenir la situación. Los dioses empezaban a manifestar su malestar, y el buey blanco cabeceaba y resoplaba tercamente. La llovizna se hizo más pertinaz y la cortina de agua humedeció las ropas de los niños, blanqueadas con cal al sol, y sus cuerpos, humanos y frágiles, parecieron transparentarse entre las telas mojadas. Por fin la cabeza de hierro descendió con contundencia sobre el cráneo del buey. El golpe seco fue acompañado por la profusión de la sangre. El pesado animal cayó de rodillas. El acólito encargado del hacha, casi desnudo, alzó impasible la herramienta de doble filo y la descargó, separando la cabeza del cuerpo con un limpio tajo.

A Germánico le pareció que un relámpago sordo había estallado detrás del monte Gaurus, en cuyas entrañas él y sus hermanas debían penetrar ahora, en busca de la sibila. El pequeño Claudio abrió desmesuradamente los ojos; a pesar de haberlo presenciado muchas veces, cuando los bueyes sacrificados se desplomaban sobre sus rodillas sentía un estremecimiento irreprimible. Livila, más astuta, evitaba el espectáculo y se miraba los pies. Hasta que la sangre vino resbalando sobre las losas a rodear sus sandalias; levantó los ojos y vio el enorme charco humeante que se extendía alrededor del buey blanco, la cabeza del

animal, los ojos exánimes y la lengua asomándole entre los dientes de unas mandíbulas desencajadas. No dejaba, en medio de lo horrible, de resultarle divertida la cara del buey. Germánico avanzó y tomó la copa del sacrificio, que había sido colmada con la sangre que barbotaba del cuello del inmenso buey. Sin pensárselo dos veces, bebió de la copa y se limpió los labios con un trapo a tal uso.

Los augures instaron a los niños a que se dirigieran hacia la parte trasera del templo. Allí debían seguir adelante solos por el sendero que bordeaba las paredes del risco, y entrar junto a un claro por la tercera abertura, la más amplia, que penetraba por una galería en las entrañas de la montaña.

Los niños atravesaron el charco de sangre humeante, cuyos contornos desaparecían diluidos en la lluvia, y se encaminaron hacia el templo. Germánico guió a sus hermanos hasta la cueva.

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