Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 82 de 122

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Liberator Germaniae

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El oleaje amainó y el sol los castigó con mil latigazos. Ya no quedaba apenas agua. Pero los griegos lograron racionarla, hasta que sólo bebían un sorbo cada dos días. Cuando llegó esa hora, todos estaban demasiado débiles como para mantenerse en pie. El tiempo se prolongaba como si la clépsidra marina albergase la inmensidad del pasado y del futuro. Armin deliraba con todas aquellas ideas, y le parecía que la muerte se acercaba precisamente cuando sabía cuáles habían sido los errores fatales de su existencia.

Ése parecía ser el enigma del sur; allí la claridad del sol permitía escrutar las profundidades del ser, pero la fatalidad del Tiempo le impedía realizarse a sí mismo. Comprendió, mientras languidecía con los labios resecos, que llegar a saber lo que los dioses ocultan es un privilegio que aquéllos sólo otorgan a cambio de la muerte.

*

Unas voces lo sacaron de su aturdimiento. Se preguntaba si era Cerunno, que venía a visitarlo, mas los malestares que había sufrido persistían en su cuerpo. Mientras que los jóvenes griegos se habían refugiado en la bodega, Armin había tratado de resistir, cubierto por unas mantas ante los rayos del sol, sosteniendo el timón con su cuerpo, con la última esperanza de que el rumbo al fin los llevase hasta la costa escogida.

Un gruñido de madera y un chapaleo alrededor volvieron a persuadirle. Había tenido tantas alucinaciones, que ya desconfiaba de lo que los sentidos parecían sugerirle. No pocas veces había visto en el horizonte una misteriosa isla verde, que Trigitón le describió con el nombre de Atlantis. Pero Atlantis era inalcanzable, flotaba sobre las aguas y desaparecía. Era el espíritu de un continente que había muerto tragado por las olas, y que engañaba a los navegantes extraviados.

No conseguía moverse. Pero sintió pasos pesados en la cubierta. De pronto el velo se apartó. La luz ardió y en ella,

borrosamente, descubrió el rostro de un hombre cubierto con un casco cuya forma le resultaba familiar.

Los dedos de aquél hurgaron en sus ojos y en su boca.

Recorrió su cuello barbado. Colgada de una cadenilla, descubrió la chapa que tan orgullosamente le entregó Paterculus.

— Arminius... —oyó decir a una voz latina y potente. —

¡Cargadlos! —ordenó. —¡No os dejéis a esos grœculus!

Unas voces rudas rieron a coro.

—Buena pesca, Marcio —decía una. —Hoy querías marrajos y te has encontrado unos grœculus y un desertor.

—¿Un desertor? —preguntó otro, incrédulo.

—¿Un panonio?

—De las legiones del norte... No parece panonio, aunque está más seco que un pulpo de montaña y quién sabe de dónde viene.

—Ese de ahí —dijo la voz altiva. —Lleva la chapa colgada.

No han sido pocos lo que se hicieron a la mar en las costas de Iliria.

La mayoría andarán holgazaneando por el Peloponeso, pero los dioses han traído a este hasta las costas de Calabria. ¡Subidlos y dadles de beber! No quiero que se mueran. Darán buen negocio en Brundisium.

Todo lo que Armin recordaba era que lo levantaban entre varios legionarios. Estaba tan débil que no podía articular un dedo.

Cargaron con él y lo metieron en un cesto, gracias al cual lo izaron hasta la cubierta de un gran trirreme de guerra. Varios rostros ceñudos lo rodeaban. Todos iban armados. Las corazas de bronce relucían a su alrededor, y un centurión joven y corpulento, cubierto de phalerœ, lo arrastró hasta una escotilla por la que bajaban unos peldaños de madera. Abajo lo encerraron en un compartimiento lleno de ánforas que yacían semienterradas en grandes depósitos de serrín, para evitar que se rompiesen con los vaivenes del mar y vertiesen su carga, que sin lugar a dudas sería valiosa. Armin fue encerrado por unos grilletes, y escuchó el tintineo de las cadenas que lo apresaban.

El repentino frescor de la sombra le causó tal alivio, que no le importó estar o no encadenado, pues a un paso de la muerte los hombres son menos exigentes y se conforman con lo más indispensable, lo que les produce un placer que cualquier otro hombre considera exagerado o incomprensible.

Al cabo de un tiempo indefinido, el mismo centurión colocó ante el fugitivo un cuenco de agua. Armin parecía incapaz de comprender aquello, y el soldado decidió ayudarle, y le dio de beber. Armin tragaba con ansiedad, hasta que el hombre, consciente de los males del mar, decidió dejar que respirase. Volvió a darle de beber sucesivamente. Después vació un cubo de agua encima, y Armin se lo agradeció con una delirante sonrisa. Al cabo de un rato el germano lograba asir el cuenco de habas y pescado en aceite que le habían tendido, y empezaba a comer con el ímpetu de un león herido.

No supo cuántos días trascurrieron así. Oía voces, y su estado mejoraba. No vio la luz del sol. El mismo soldado volvía, le miraba a los ojos y le ofrecía raciones de comida cada vez mayores.

Escuchaba el golpeteo de los timbales, los gruñidos de las maderas, los cantos de los esclavos que movían aquellos remos.

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