Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 99 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo V

8 d.C. Siga

La gelidez del invierno cayó sobre Germania. Después de las torrenciales lluvias, cuando las ciénagas se desbordaron y ríos que jamás habían existido hasta entonces se abrieron paso y reptaron hacia las llanuras del oeste, enturbiando los torrentes del Albis, del Visurgis y del Amisia, una mañana todo emergió congelado en un denso manto de niebla que cubría la vastedad del paisaje.

Armin animó a Draupner, el alto caballo, y las pezuñas hollaron el manto de nieve. La guardia personal del lobo querusco, formada por casi cuarenta hombres, naturales de Wulfmunda y sus alrededores, se movilizó de nuevo hacia el suroeste. Armin contemplaba las llanuras, tan imponentes como fantasmales, que se tendían más allá de las laderas del Monte del Oso. Una capa de nubes indistinta y oscura reinaba en el cielo desde hacía casi un mes. Pero aquella mañana, la niebla era tan densa que le parecía poder cabalgar por encima de ella hasta el fin del mundo. El aire estaba quieto, y los caballos sentían la mordedura del frío, que trepaba por sus patas. Se pusieron en marcha y al cabo de un tiempo desaparecieron envueltos en la bruma.

Parecía que un prodigio se había obrado. La niebla iba acompañada de un frío letal que cuarteaba la maleza y troquelaba las ramas de los árboles. La visita a los longobardos no había sido tan valiosa como imaginaron. Después de haber tenido que

desprenderse de sus armas, los jefes más importantes los habían recibido hostilmente. No olvidaban la campaña de Tiberio, y todavía se sentían traicionados por los queruscos, cuya ayuda no llegó a tiempo. Armin consideraba que los longobardos no eran fundamentales en su guerra, aunque cualquier ayuda sería de gran valía. De cualquier modo, estaba convencido de que, una vez los queruscos tomasen la iniciativa y las noticias de los primeros ataques de provocación llegasen a sus oídos, los longobardos se unirían a ellos para vengarse de Roma.

La tierra estaba llena de odios, pensaba Armin, mientras el caballo avanzaba cansinamente, sólo tenían que ser capaces de servirse de ellos. El camino era arduo, pero no imposible, y en su plan la llegada del invierno conllevaba los primeros pasos, que debían ser llevados a cabo sin demora alguna.

Se dedicaron, mientras las nevadas empolvaban el paisaje y los vientos del norte les cortaban el rostro, a visitar a cada jefe que se había unido a la confederación, y Armin se reunió con sus sacerdotes y con sus herreros. Era la hora de que los martillos tonasen la canción del hierro. De que las piedras se cubriesen de chispazos. De que los crisoles ardiesen en las fraguas. De que los yunques resonasen día y noche. La forja de armas era uno de los pasos previos, y Armin sabía que los germanos, llegada la primavera, se entregaban con demasiado placer a la caza y al cortejo, a las bodas y a sus correspondientes banquetes. La sangre de los seres mortales se animaba en esos momentos, y no era ya propicia para perpetrar el arduo deber del hierro. El invierno, por el contrario, con su blanco aislamiento y su gélida presencia, era la época idónea para que cientos de hombres se reuniesen en las fraguas y ayudasen en la ingente tarea que aguardaba a los herreros.

No era necesario que todos supiesen forjar las hojas de las espadas y de las hachas, las puntas de las frámeas o las barras acerinas de las azagayas, los proyectiles de plomo o las puntas de flecha, esa habilidad estaba reservada a los maestros. Pero hacían falta muchas manos para preparar el combustible, las piedras de turba, los

secaderos de leña, para sacudir los fuelles y para repararlos cuando se agrietaban del uso, para levar los pesados crisoles, para crear los moldes, cientos de manos para afilar miles de armas. Armin dispuso en cada aldea y pidió que forjasen armas de toda clase, y escudos, porque sabía que, llegada la hora, se unirían a ellos muchos campesinos que no dispondrían de mejor defensa que un apero o un hacha de leña. Además, el querusco pidió que se confeccionasen algunas extrañas estructuras, que parecían ser esqueletos de barreras que después debían recubrir con los peores, más viejos y más duros pedazos de piel. Armin sostenía que después se recubrirían de matorrales y quedarían ocultos, y que los protegerían para aproximarse a las cohortes y no resultar alcanzados por sus lluvias de pilla.

La figura del joven comenzó a verse rodeada de un cierto misterio. Hablaba la lengua de los romanos, entendía sus escrituras, conocía sus métodos de guerra. Parecía estar al tanto de todo cuanto podía pasar por la cabeza venenosa de un romano, y eso lo convertía, a los ojos de muchos, en otra cabeza venenosa. Armin sentía la desconfianza en algunos rostros redondos de opacos ojos azules. Eran rostros callados, que asentían, pero que no participaban efusivamente de sus ideas. Pero el formidable guerrero que había en su interior, semejante al instinto primigenio de un ave de presa o de un lobo cazador, ya estaba prevenido y contaba con ello. Sabía que, tarde o temprano, debía asestar un primer golpe: lo suficientemente débil como para no despertar la sospecha de Varus, mas convenientemente fuerte como para ganarse la confianza de los que ya pensaban que su retorno y su permanencia en las legiones era un motivo de profunda desconfianza.

Por todo ello supervisó exhaustivamente las fraguas, y se encaminó hacia el sur de nuevo. Esta vez alcanzaron las elevaciones que dominaban el valle del Siga, y fueron por las cumbres en silencio, al cabo de los días, hasta divisar las aguas del Rhenus, que fluían como una pesada serpiente de plomo, cuyas escamas delataban la presencia de los torrentes.

Allí estaba, al pie de la Colina de los Teutones, la aldea de Siga, un puñado circular de casas grandes y pequeñas, perfiles oscuros cubiertos de nieve, e hilos humeantes que escapaban de sus chimeneas. Detrás, a orillas del Rhenus, sobre su loma, el palacete de Segest. Años enteros relampaguearon en su mente. No muy lejos, junto al puente, una calzada avanzada ya en construcción hasta las orillas del Siga y subía, sin lugar a dudas, recorriendo las fortificaciones del valle, que eran mucho mayores desde que Varus se estableciera en Mattium. Una nueva uña hundida en el pecho de Germania. Y así, uña tras uña, siempre en busca del corazón.

Segest había cumplido los planes de Paterculus. Veía un nuevo campamento romano junto al puente del Rhenus, y más de veinte birremes amarradas en un muelle de gruesos postes enclavados en el fondo del río.

Las entrañas de Armin ardieron, y se dio cuenta de que para perpetrar una venganza hacía falta algo más que sangre fría, porque a pesar de ser consciente de su plan sabía que la ira era superior a la paciencia en todas sus manifestaciones. Se contuvo, y esperó la llegada de la noche. No pudieron encender fuego alguno, de modo que se enrollaron en las capas de oso, e incluso así sintieron frío.

Armin permanecía en pie, tenso, animado por una violenta energía interior. Hablaba poco y comía con creciente cólera. Al fin habló:

—Voy a entrar en Siga. Si al amanecer no he vuelto, regresad sin mí. He atravesado el mar y las montañas y sobrevivido a un circo romano, así que lograré llegar de una u otra forma.

Dio media vuelta y descendió hacia Siga. Dejó el caballo amarrado junto a un establo que le era bien conocido. Por fin se abrió paso hasta la fragua. Llamó a la puerta. La aldea parecía abandonada en medio de las tinieblas. En una zona pacificada, los romanos no patrullaban y se limitaban a sus guardias rutinarias de campamento.

Un aprendiz abrió la puerta, soñoliento y amedrentado, y luego Alfmund apareció empuñando un martillo, cubriendo el cuerpo desnudo y la cabellera revuelta con unas pieles.

—No necesitas romperle la cabeza a un viejo amigo —dijo Armin entrando y cerrando la puerta.

A la luz de las llamas, Alfmund lo reconoció. Era tal la emoción que sentía el herrero, que dejó caer el martillo y abrazó fuertemente a Armin. El querusco sintió en aquel abrazo largos años de amistad que volvían a la vida.

—¡Armin! ¡Eres tú!

Después de servirle un cuerno rebosante de medhu y de brindar y beber tres veces, Alfmund recuperó la presencia de ánimo e interrogó a Armin con la mirada.

—No podré responder a todas tus preguntas hasta que yo no sepa lo que tengo que saber —sentenció Armin.

Alfmund miró gravemente a Armin.

—Sabía que Segest mentía. Dijeron que desertaste, que caíste muerto, que huiste, todo menos que estabas vivo.

—Por eso no los culpo, aunque sí por el hecho de que Segest lo utilizase para beneficiar sus propios planes, de eso estoy seguro.

Nadie puede imaginar que haya sobrevivido. Atravesé el frente de Panonia, deserté, me hice a la mar, Alfmund, y atravesé las olas hasta que llegué a las islas de los locos... Allí los griegos me enseñaron y partí en busca de las costas de Italia. El Sol, Alfmund, el mismo Sol Invictas me habló y me abrasó el rostro cuando me miraba... Y he regresado para vencer a Roma. Mi venganza será la venganza de toda Germania. Voy a hacer lo que Marbod no se atrevió siquiera a pensar. Les enseñaré algo, amigo, algo que nunca habían visto...

Alfmund contemplaba a Armin con admiración, como si se tratase de un ser sobrenatural que caminaba por el filo de la vida y de la muerte, ajeno al peligro.

—Thusnelda, Alfmund, habla.

Las duras palabras habían brotado de la boca de Armin como mandobles. La temeridad de aquel hombre le sobreponía a cualquier miedo.

—Segest hizo todo lo posible por convencerla de que habías muerto. Ella nunca cedió, y dijo ser tu esposa. Segest esperó. Su hija se enfrentó a él cuando éste trató de persuadirla. Segest perdió la paciencia y habló con Varus personalmente, y entre otros asuntos, Segest logró que vuestro matrimonio fuese anulado por las leyes de Roma, que ahora imperan sobre nosotros y allí donde están sus guarniciones...

Un gruñido y un golpe seco de Armin interrumpieron el torrente de sus palabras. Alfmund sabía que resultarían dolorosas.

Armin se alzó y las venas se hincharon en su frente y en su cuello, y con los puños crispados, los nudillos blanquecinos, trató de sobreponerse y miró fijamente a Alfmund. Éste vaciló, creyendo que Armin lo mataría si continuaba hablando.

—Habla, Alfmund, no temas —dijo el querusco.

—Armin, debes saberlo si quieres actuar. Debes saberlo que pasó...

—¡Sigue! —gritó violentamente Armin.

—Varus anuló el matrimonio de Armin, y ella estaba obligada a seguir las órdenes de su padre, puesto que no podía ser tu viuda de honor... dado que fuiste declarado convenientemente desertor. Y

eso te convertía en un proscrito, en un criminal, y Paterculus trató de ayudar a Thusnelda. Creo que ese romano te ha sido fiel, Armin, jamás reconoció que estuvieses vivo o que hubieses desertado...

Pero Varus respetó los deseos de Segest. Ella no era la viuda de un ciudadano romano, sino la hija de un jefe germano bajo la ley romana y la viuda de un despreciable desertor, y eso la obligaba a seguir las órdenes del padre. Cuando su hermano vino a llevársela de su... de vuestra casa... ella agredió a Segmund, lo golpeó y lo arañó, y sólo salió de allí hecha una furia. Segmund al fin la abofeteó, se la echó a hombros y la azotó con la palma de la mano...

Los ojos de Armin parecían migrar de un instante a otro de las lágrimas a la más despiadada de las iras. Se cubrió el rostro con las manos, trató de serenarse, consciente de la inconveniencia de sus ataques de cólera desde que era un niño. La fidelidad de Thusnelda lo conmovía hasta lo más hondo, pero al oír que había sido ultrajada de esa manera... Segmund... Segest... Armin veía sus cabezas rodando por el suelo mirase donde mirase...

—Se defendió, pero fue llevada a presencia de su padre.

Segest se la ofreció a Paterculus, pero este le dijo que cometía un grave error. Paterculus habló con Thusnelda. Ella aceptó casarse con él, pero no dijeron cuándo. Fue este verano. Posiblemente se casarán en primavera... Paterculus, de todos modos, lo hizo para evitar que ella fuese ofrecida a otros hombres romanos que sólo la codiciaban por su belleza y por ser la hija de Segest. Creo que ella lo hizo para ganar tiempo. Es una mujer fuerte. Trató de escaparse hace unas semanas, pero Segest la encontró y la retuvo.

—Paterculus...

—Armin, yo no diría que ese romano te ha traicionado. Es más, se ha portado como un amigo, te ha sido tan fiel como ella...

—Sé que no me ha traicionado. Aceptó la unión para protegerla, no para robarla, y todo ello a sabiendas de la ambición de Segest.

—Paterculus entregó valiosos regalos a Segest para que éste se sintiese satisfecho. Pero le advirtió que si lo traicionaba le cortaría la cabeza.

—Espero que Paterculus no me robe ese placer... La cabeza de Segest me pertenece —musitó Armin, conteniéndose y respirando profundamente.

—¿Qué vas a hacer?

—Nos quedaremos otro día más. Mañana por la noche esperaré a Thusnelda a las afueras de Siga, donde comienza el sendero de la Colina. Hazle llegar mi mensaje, confío en ti.

Aguardaré solo, para evitar llamar la atención.

Armin se reunió con su partida y les pidió que esperasen un día más. No habló en todo el día, y fue el día más frío y largo de toda su vida. La integridad de su plan pendía de un hilo. Que pretendiese vengarse de Roma no asumía perder a Thusnelda. Su detallado esquema la incluía. De cualquier modo, no había cometido error alguno. El frío ofrecía el momento idóneo para llevársela.

Al fin las gélidas tinieblas se desbordaron en el este, y una noche negra sepultó los pequeños puntos de luz que titilaban en la aldea.

Se pusieron en marcha y descendieron hasta el bosque de la Colina. Pasaron junto al monumento de los antiguos teutones, y Armin se inclinó y besó uno de los megalitos.

—¡Por Tor! ¡Victoria o muerte! —susurró.

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