Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 110 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XVI

9 d.C. Wulfmunda

Armin había enviado a varios de sus mejores hombres en busca del Rey del Norte. La fortaleza de los sajones, Gundabrup, se levantaba más allá del río Agidora, y no era un camino fácil el que conducía hasta su herboso umbral. Las respuestas no llegaban.

Quizá Guntram, el kuninc, no recordaba su nombre. Aunque eso era improbable, pues nadie había olvidado a Segimer, el belicoso hijo de Segismund. De cualquier modo, la intervención de los sajones era fundamental en su plan general. Cuando los sajones descendían y se unían a los queruscos, muchos otros pueblos se ponían en marcha en busca del campo de batalla. En realidad, Armin, durante las numerosas reuniones que mantenía con los Things de otras tribus, no cesaba de confiar en los sajones, y de prometer que sus caballerías nórdicas descenderían para tomar parte en la gran ofensiva. Eso alentaba a sus aliados, aunque muchos de ellos vacilaban. No eran pocas las leyendas que circulaban y que hablaban de los pueblos del lejano norte. Además de considerarlos verdaderos gigantes, las naciones del entorno del Visurgis y del Albis los tenían como centinelas de las puertas de un mundo mágico, custodios de aquellas espumosas radas de las que zarpaban las naves de madera de alto mástil y cabeza de dragón, hacia la legendaria Isla de Thule. Allí era donde se levantaban las nubladas elevaciones, allí el cielo era de acero y el viento afilado cortaba el

rostro de los aventureros, los rayos orlaban una tierra de hielo y fuego en la que los ríos descendían envueltos en llamas, cargados con la materia montañosa ardiente con la que se forjaban los cimientos de la tierra. Sus montañas conducían secretamente hasta un desfiladero del que brotaba el arco iris hasta una fortaleza de proporciones descomunales, el Asgard, la Montaña de Oro, el Palacio de los Escudos, la Morada de las Valquirias, la Sala de la Guerra. Los dioses iban y venían por un cielo azul oscuro, profundo, eternamente tormentoso, hacia el Reino de los Gigantes.

Tor recorría los caminos de Thule al frente de su carro tirado por dos machos cabríos, que podía asar a su antojo y comérselos rociados con cerveza e hidromiel para volver a resucitarlos después.

Los sajones eran los guardianes de los reinos septentrionales de los germanos. Al norte, en Scandia, sus parientes los herulios, los anglos y los eudosios poseían una isla llamada Burgundarholm, un misterioso centro de culto en medio de lo que los romanos llamaban el Mare Suebicum. Más allá se aseguraba que en Scandia crecían selvas ignotas en la que sólo los héroes de los héroes, los hombres de hombres, se aventuraban en busca de dragones a los que dar muerte con espadas forjadas por enanos prodigiosos que habitaban en las grietas de la tierra. Armin había oído aquellos cuentos de niño, pero se había dado cuenta de que los cuentos se ramificaban y se volvían más complejos a medida que se hacía más mayor. Las extrañas criaturas que habitaban en los bosques de Hercynia parecían volverse todavía más misteriosas y monstruosas en las selvas de Scandia. Los prodigios se multiplicaban, y las llaves de aquel reino de maravillas las tenían siempre los sajones.

Mas Armin volvía su mirada hacia la cruda realidad. Y todo aquel mundo, con su vasta concepción de las festividades anuales, con la riqueza de sus historias, con la variedad de sus gentes, estaba en peligro en una línea de combate llamada el Rhenus. Los pensamientos de Armin, como ríos y torrentes procedentes de un deshielo, siempre iban a morir en las aguas del Rhenus. No dejaba de considerar la importancia del momento, lo crucial de las circunstancias, el perentorio oportunismo de una eventual victoria.

La tensión crecía con la llegada del calor y el levantamiento del sol. Mientras que las cosechas se aproximaban, indicios de traición comenzaron a proyectar sus sombras entre los numerosos jefes que se unían a la confederación de las naciones, a la república más antigua de la Tierra. Y fue Wulfila, el legendario jefe, la mano derecha de su padre Segimer, el primero en advertir la falsedad de uno de sus aliados, al que dio muerte en el trascurso de una cacería.

Explicó a Armin que había facilitado información a ciertos mercaderes demasiado cercanos a Mattium y a los campamentos de las rutas fortificadas del Rura, del Siga y del Mœnus. Armin se preguntó durante cuánto tiempo lograrían evitar que todo aquello se supiese, y si realmente era buena idea eliminar a los jefes traidores.

Eso sólo podía acarrear la venganza de sus hijos, y mayor desunión...

Imitando la estrategia de los romanos, pidió a todos sus colaboradores que en el futuro secuestrasen a los traidores, para garantizarse la colaboración de sus parientes y no causar sucesiones de venganzas que desestabilizasen la confederación.

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