Liberator Germaniae
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sajones, y de muchas otras tribus nórdicas del entorno del Vístula que ni siquiera conocían a los romanos, salvo de oídas, gracias a los cuentos de los viajeros. Todo ello le llevó a creer, de cualquier modo, que Varus podría ser la pieza idónea para el entorno del Rhenus y que, si bien no conquistaría el norte, al menos podía garantizar un paso más en la romanización: acostumbrar a los germanos a contar con Roma para dirimir todos sus asuntos, desde sus riquezas y su comercio, hasta sus asambleas de poder, sus conflictos territoriales y el pago de sus impuestos.
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Lo primero que hizo Varus fue tomar una importante decisión que debía mostrar a los germanos que Roma había avanzado: a saber, la de establecer el nuevo campamento central de las Germanias en Mattium, con el pretexto de que la presencia del pro
—pretor debería ser capaz de arredrar los ímpetus tribales. Varus entró en Germania con una mentalidad muy diferente a la de sus antecesores directos. No compartía ni las maneras ni la política de Lucio Domitio y de Marco Vinicio. Estaba convencido de que los pueblos bárbaros debían ser instruidos, y ocupó su nuevo cargo henchido del orgullo con el que había salido de Siria. Allí había acuñado una frase que pasaría a la historia: «Llegué pobre a una rica tierra, y me marché rico de una tierra pobre». Varus pertenecía a la alta aristocracia de Roma, y sus vínculos con la familia imperial le habían granjeado puestos de gran responsabilidad que le habían permitido, ante todo, amasar una inmensa fortuna personal.
Varus tomó por ello una decisión sorpresiva: decidió dar un paso adelante. Estaba seguro de que las victorias de Tiberio habían debilitado hasta tal punto a los germanos del oeste, que ya era posible y recomendable el empleo del derecho romano, como había hecho en Siria. Con ello pretendía persuadir al Senado de que su presencia representaría un avance en proceso de romanización de
las provincias de Germania occidental y continuar enriqueciéndose al mismo ritmo al que lo había hecho en Siria.
El sexto año tras la muerte de Cristo fue el peor año de Germania occidental. Si bien las campañas se habían interrumpido, Varus mantenía acantonadas seis legiones en el Rhenus, de las cuales tres se hallaban en Mattium, dedicando el uso de varias cohortes al empleo de las decisiones del nuevo prefecto provincial.
Varus trató de convencer a los germanos de que la siguiente guerra no podía ser librada con armas, porque los contingentes romanos ya eran demasiado elevados, las rutas fortificadas estaban aseguradas, y el reciente golpe de Tiberio en el norte había infundido miedo a la gran alianza del oeste.
Por todo ello, los impuestos crecieron, y las legiones se encargaron de cobrarlos. El dominio de Mattium creció en círculos concéntricos sobre los cuales las cohortes iban dando sucesivas vueltas. Varus recurrió a la extorsión, e hizo uso de jefes influyentes, como Segest, para inmiscuirse en los asuntos familiares, que a partir de ese momento debían resolverse según las reglas del derecho romano. Abolió las decisiones de las asambleas de guerreros tribales, y procuró que las decisiones de los jefes que mostraban una relación proclive a los intereses de Roma fuesen corroboradas por la máxima autoridad, que era, por supuesto, él mismo.
Esperando los sobornos, aumentando las tasas, estimulando el cambio de mentalidad en los germanos, y tratando de cerciorarlos de que era mucho más rentable llevarse bien con el pro—pretor que recurrir a la traición, Varus empezaba a tener la sensación de que Drusus se había equivocado. Le pareció que las constantes disputas internas de aquellos ignorantes germanos eran idóneas para la aplicación del derecho romano, tratando de demostrarles que gracias a la lex romana evitarían muchos conflictos y robos internos. Los clanes ya no tendrían derecho a imponerse unos a otros, los que vivían en ciertas tierras no se verían obligados a abandonarlas cuando un jefe vecino se propusiese aumentar sus dominios, y Roma, la hasta entonces odiada Roma, sería un juez
digno de los intereses de todos aquellos hombres y mujeres, a cambio de un cierto grado de colaboración que se traducía en impuestos. En una palabra, el estado.
El sistema de derecho romano se revelaba como la excusa perfecta para convencer a los nativos de que eran unos ignorantes, y para persuadirlos de que jamás tenían razón y de que, lo que era aún peor, jamás podrían prevalecer sobre la razón romana, respaldada por las legiones. Varus lograba que muchos de los jefes germanos aceptasen su trato a cambio favores, y de este modo empezaba a inmiscuirse en los asuntos de los pueblos bárbaros.
Supo de las naciones del oeste, de las antiguas alianzas, de la belicosidad de los queruscos, que sus druidas alimentaban con toda clase de advertencias, y se dio cuenta de que uno de los puntos más importantes de la romanización era eliminar a los guías religiosos mediante la implantación de los dioses romanos. Varus trató de convencerlos de que Augusto era un dios viviente, y de que su poder era más grande que el de Tor o el de Wuotanc, por eso Roma siempre vencía. El pro—pretor estaba decidido a implantar el culto al emperador, y sabía que ello ayudaría mucho más que las inútiles guerras, pues sólo conseguían cohesionarlos y convencerlos de la necesidad de unirse para luchar. Varus deseaba dominar la mentalidad de aquellos pueblos belicosos, para controlar de este modo sus armas, y aunque el trabajo parecía arduo, estaba seguro de que en pocos años obtendría lo que se había propuesto.
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