Liberator Germaniae
Capítulo III
8 d.C. Wulfmunda
Apenas había llegado la oscuridad, cuando Armin rodeaba la colina de Irminur. Abandonó las ciénagas, sus fresnos y sauces milenarios, y recorrió la senda junto a una selva impenetrable. Tras algunas vueltas, Armin sabía que la cueva del adivino y sus establos se hallaban muy cerca, al fondo de una cañada. Cerunno vivía algo alejado de la aldea, y nunca hubo vigilantes apostados a su alrededor. Nadie ha querido jamás matar a un santón germano o a un druida (y Cerunno era ambas cosas), no sólo por lo inútil de la acción, sino también por los temores, profundamente arraigados en la mentalidad popular, ante la maldición que ello conllevaba durante siete generaciones.
Armin amarró las bridas del caballo, al que había llamado Draupner, y se alejó. Poco después le parecía que retrocedía en el tiempo. Recordaba la primera vez que entró en la cueva, cuando descubrió a los albinos y Cerunno le contó las hazañas de Vercingetórix y de Ariovist. La boca de la cueva era estrecha; después se ensanchaba y retrocedía hacia el corazón de la colina. El angosto corredor bajaba unos peldaños y torcía en busca de la cámara principal; un resplandor temblaba al fondo contra la roca.
Armin avanzó. Se oía el crepitar del fuego, pero ninguna voz interrumpía la monótona cadencia de las llamas. La luz iluminaba pinturas antiguas que tatuaban las paredes de roca; otra vez
aparecieron ante sus ojos los extraños signos, las madres orondas, los dioses fecundadores, hileras de runas y animales con largos cuernos...
De pronto un firme y mortal abrazo lo atenazó por el cuello, al tiempo que sentía un acero apuntándole por la espalda. Se quedó inmóvil y oyó la respiración del captor.
—Soy Erminer hijo de Segimer, al que todos llamaban Armin.
La fuerza que lo amenazaba vacilaba y cedía, sin soltarlo. Una voz joven y enérgica le respondió.
—Entonces, si eres quien dices, di el nombre del que fue alcanzado por el relámpago de Irminur en Gundabrup.
Armin no tuvo que escarbar demasiado en su memoria. Tenía presente la extraordinaria noche, el viaje en las tinieblas, la piel del lobo...
—Ortwin se llamaba aquel al que el poderoso rayo no logró partir, y fue desde entonces uno de los hombres—rayo de Wulfmunda, antes de que Armin partiese hacia el sur con su tío Ingomer.
Los brazos lo soltaron, y el captor se alejó unos pasos. Armin descubrió un rostro ceñudo en las tinieblas, de poblada barba, joven, y una fuerte luz titilaba en sus ojos.
—Armin... —dijo, como si recordase de pronto cientos de sucesos que pasaban por su mente con el fulgor de un rayo.
—Soy el mismo, Ortwin —afirmó Armin, extendiendo el brazo con la palma abierta.
Ortwin miró con desprecio su mano.
—Veo que las costumbres de los romanos no te son ajenas, lobato.
Armin se miró la mano y volvió a clavar los ojos en Ortwin.
—Tampoco sus castigos, y no pocas cabezas romanas han rodado gracias al mandoble de mi acero.
—¿Qué quieres? —preguntó el hombre—rayo.
—Quiero a Zankrist, eso debería responder a todas tus preguntas. Debo hablar con Cerunno.
Ortwin avanzó hacia la cámara y allí se sentó en un tocón frente a las llamas. Sus barbas, aunque no muy largas, eran hirsutas y amarillas, como su pelo abundante. Iba cubierto con un sago verdoso. De su cuello pendían varias torques con plumas de cuervo, y al remangarse los brazos Armin observó sus ajorcas de oro con forma de serpiente, que se enroscaban hasta los hombros.
—Ambas cosas están fuera de tu alcance, Armin —dijo al fin, y echó unas hojas al fuego. — Zankrist estaba hecha pedazos tras la muerte de tu padre. Nadie se atrevió a forjarla de nuevo, y los herreros de Gristmund rehusaron hacerlo, diciendo que era un arma divina, y que no debían tocarla. Cerunno desapareció unos años después. Dijo que para encontrarnos a nosotros debíamos perderlo a él, y que sólo cuando todos hubiesen renegado de él decidiría volver, y hablaba enigmáticamente del Gran Mediodía y del Sol, y que el camino hacia el atardecer era bueno, porque era el camino hacia un nuevo mañana.
»Me enseñó todo aquello que debía servirme a la hora de apoyar a Wulfmunda y a los clanes en sus difíciles tareas, desde los sacrificios hasta las cacerías, los matrimonios y las luchas, y la amenaza de Roma. Pero él decidió marcharse, y se llevó consigo los pedazos de Zankrist. Algunos años después vino a visitarme un cuervo en varias ocasiones. Era grande y pesado, y se atrevía a penetrar en la cueva, lo que no hace pájaro alguno que habite sobre la tierra. Descubrí, envuelto en torno a una de sus patas, una tira de pergamino en la que Cerunno me enviaba un mensaje. Ocurrió varias veces, pero él jamás volvió.
—Pero el pájaro sin duda volaría hasta Cerunno...
—¿Y qué pretendes con ello? ¿Sabes volar como los pájaros, o acaso sabes hablar su lengua? Yo aprendí muchos secretos, pero nunca la lengua de los pájaros... El cuervo vino y se marchó y volaba alto. ¿Qué es lo que te ha traído de vuelta?
Armin no supo cómo responder a esa pregunta sin parecer un loco.
—Voy a vencer a Roma —dijo quedamente.
Durante muchas horas, Ortwin interrogó a Armin, y a medida que el querusco hablaba y le refería sus aventuras, con numerosos saltos hacia delante e inevitables retrocesos, Ortwin lo miraba con creciente admiración. Se enteró de cuanto había sucedido, del amor hacia Thusnelda, de la intolerancia de Segest, de su estancia en el ejército de Roma. Supo de las muertes que había causado su espada, y de su deserción en Panonia, de su largo viaje hacia las islas de los griegos, de Quefalonio y del inmenso mar en el que el Sol le hablaba de invencibles secretos y de una fuerza sobrehumana que guiaba a los hombres hacia la victoria. Tras narrarle su regreso, Armin, ya entusiasmado al ver que Ortwin creía en sus palabras, le habló directamente del asunto que ocupaba su mente día y noche.
—He concebido un gigantesco plan, que vislumbré cuando las heridas ardían en mi cuerpo. Mi venganza será la venganza de toda Germania.
—¿Qué te hace pensar que triunfarás donde todos han fracasado?
—Ninguno conocía mejor que yo a Roma. He trabajado en sus legiones, los he visto proceder, sé cómo hacerlo. Mi padre fue un buen líder porque supo manejar las grandes unidades, y convertir las hordas en un ejército capaz de ser movilizado con astucia y no meramente por acción de la ira. No conozco los detalles, pero sé que es posible, sé que conozco a muchos de los auxiliares que trabajan en esas legiones...
—Hablas de una conspiración.
—Hablo de una conspiración, de una rebelión y de un plan perfectamente definido desde el principio. De un golpe contra Roma al estilo de Roma, de una alianza y de un mandoble
implacable. Para ello los queruscos son la fuerza fundamental. Sus clanes están amedrentados, inseguros, pero permanecen libres...
—La campaña de Tiberio contra los longobardos causó confusión entre las tribus queruscas. Nadie imaginaba que los longobardos pudieran ser alcanzados por las garras de Roma.
—Indecisión lleva a indecisión, ruina lleva a ruina —afirmó Armin cerrando los puños. —Es evidente que si los queruscos hubiesen atacado el campamento de Tiberio, cuando pasó el invierno a orillas del Visurgis, no se habría llegado a ese resultado.
Tiberio logró acobardarlos y se sirvió del miedo. Pero, ¿por qué crees que no atacó primero a los queruscos?
—Porque nos teme, Armin —dijo solemnemente Ortwin.
—Pero el temor no sirve frente a Roma. Ellos se sienten superiores a todo, y creen en sus cálculos, en sus ingenieros, y esperan el momento de lanzar el golpe fatal contra los germanos del oeste. La desidia de Marbod ha sido la peor estupidez de los últimos tiempos.
—¡Marbod! —escupió Ortwin. —Sólo piensa en sus propios intereses, a él toda Germania le importa bien poco.
—Así es, amigo, él se conformó con la pax romana cuando Tiberio, a punto de invadir sus territorios al frente de cinco legiones, tuvo que retroceder para sofocar el incendio de Panonia y Dalmatia.
—Ese soberbio cobarde... —rugió Ortwin.— No pocas veces Cerunno lo maldijo; cuando hace dos años Marbod rehusó atacar la retaguardia de Tiberio supe que no haría nada de provecho.
—Y su hora llegará. Es tan necio que cree en la paz pactada.
Tiberio volverá al norte para dar el último golpe contra Germania, y si no lo hace él, lo hará Germánico.
—¿Quién es Germánico?
Armin arrugó una torva sonrisa.
—Germánico es el hijo de Drusus.
Ortwin crispó su rostro, como si sólo al oír ese nombre todo su corazón latiese el veneno de mil víboras.
—No me digas que ese engendro tenía un hijo...
—No, tuvo tres, con Antonia. Uno de ellos tiene fama de ser imbécil, o así se comenta. La otra es una bella dama. Y el mayor es la viva réplica de Drusus según los que lo conocieron. Y puedo asegurarte que será una de las águilas de Roma, si los lobos queruscos no le arrancan las alas... Por todo ello debemos tomar la iniciativa en el oeste. Los Istcevonios deben ponerse en marcha y cortar la cabeza del dragón romano.
—Las legiones están más cerca que antes —afirmó Ortwin, pensativo, los ojos clavados en las llamas. —Varus ha trasladado la frontera del Rhenus hasta el Visurgis y el Lupia. Las líneas están fortificadas, y los sugámbrios, los téncteros, los tubantios, los cattos y los brúcteros, viven en relativa paz con ellos. No ha logrado dominarlos completamente, pero Varus es astuto y ha encontrado un filón en la aplicación del derecho romano, pues es consciente de las constantes disputas internas entre los jefes germanos, y quiere erigirse como juez, beneficiando a todos y así, poco a poco, dejando que en ese ambiente de calma las legiones fortifiquen las rutas de los ríos y tracen nuevas calzadas. Sé lo que pretende: las calzadas serán la clave. Cuando las calzadas estén bien construidas, y el terreno germano ya no sea un paisaje salvaje, y las legiones puedan desplazarse valles y valles en un día, a partir de ese momento todo será inevitable. Garantizada la accesibilidad de Germania, no tendrán ningún problema a la hora de imponer el dominio final.
—¡Eso es lo que hay que impedir! —exclamó Armin. —En realidad es la última hora, aunque tratan de hacernos sentir cómodos. Si pasa este momento ya no lograremos recuperar el terreno perdido. Mi plan es gigantesco. Hablo de recurrir a la Alianza de los Ases, de reunir a los clanes queruscos, de visitar a los longobardos y de pedir apoyo al Rey del Norte, a Guntram y a sus hijos. Germania podría levantarse en armas como lo ha hecho
Panonia, en medio de un terremoto humano. Pero hay que ir todavía más lejos, y planificar el primer mandoble, que resultará decisivo. Si infligimos la derrota que imagino, se nos recordará como a héroes invencibles.
—Has de saber que Varus, además de astuto, es codicioso, y que últimamente está despertando mucho odio entre los brúcteros, a los que castiga para compensar a sus vecinos. En realidad quiere provocar guerras internas, dejar que los germanos se maten unos a otros y se debiliten, preparando el terreno. Debemos convertir su propio plan en ventajas para el nuestro. El odio de los brúcteros podría ser la primera llama del incendio...
—...sólo si los queruscos están fuertes y unidos y se sienten seguros de sí mismos. Por eso necesitamos a Zankrist, la espada de Wulfmund. Si el hijo de Segimer vuelve de las tinieblas empuñando el arma ceremonial y vistiendo la piel de lobo, los clanes le seguirán... ¿Quién es el nuevo régulo de Wulfmunda?
¿Gailswinther, el del yelmo con cuernos de uro? ¡No hubo jamás un jinete como él!
—No, Armin, Gailswinther fue régulo durante unos años, pero después rehusó al torque con cabeza de lobo, y se marchó hacia Sajonia. Buscaba a una valquiria... La había visto en la mesa de los cuervos*, en la batalla contra Cayo Sentio Saturnio. Se había enamorado de ella, y la veía en sueños. Cerunno le persuadió de que no podía ir en busca de una valquiria, pues él era mortal. Pero Gailswinther estaba seguro de que ella lo amaba también a él, y al fin decidió abandonar Wulfmunda y se marchó en busca del lejano norte. Hoy el régulo de Wulfmunda y del clan del lobo negro es Segmir, uno de los primos más alejados de tu padre. Es un buen lobo, quizá algo grueso y demasiado lerdo, pero detesta a los romanos, aunque carezca del poder necesario para liderar un asalto.
—Segmir... —repitió Armin, tratando de recordar. —Apenas recuerdo a ese hombre.
—Durante mucho tiempo padeció fuertes heridas, y no fue a las batallas de nuestra infancia. Segmir resultó herido en una lucha
interna, contra otro clan al norte de los Melibocus. Pero se rehízo y vino con su familia hacia Wulfmunda. Nadie se opuso a su mando tras la marcha de Gailswinther, hecho que fue condenado por muchos de los jóvenes.
—Mejor así. No nos beneficiaría un régulo obcecado y cobarde en Wulfmunda, aunque no dudo que encontraremos dificultades en el camino. Tenemos todo el invierno para prepararlo. En el verano debería llegar la venganza de Germania.
—No es demasiado tiempo —aseguró Ortwin—, teniendo en cuenta la magnitud de la tarea.
Los ojos feroces de Armin buscaron la mirada profunda y centelleante del hombre—rayo.
—Nos han manipulado y utilizado para conseguir sus propios fines. Se sirven de los jefes para manejar y engrosar sus tropas auxiliares. Nos dan oro sólo para robárnoslo después. Se creen superiores, Ortwin. Cuando hayan conseguido lo que desean, convertirán a Germania entera en un inmenso criadero de esclavos.
Conozco su lengua y sé lo que hacen con los esclavos en sus espectáculos. Ya te he contado lo que pasé yo mismo. Debemos encontrar a Cerunno, hay preguntas que sólo él puede responder, no puede haberse marchado tan lejos...
Expresión de los germanos para referirse al campo de batalla, que después se convierte en un festín para las aves carroñeras, espíritus metamorfoseados en pájaros de ambiguo significado para las almas de quienes caían en combate.
—A Ivernia —dijo Ortwin. —O incluso a Thule... Decía que volvería a su tierra natal, que permanecía libre, o que buscaría la isla de Thule.
—Thule... —repitió Armin, desmoralizado. —Thule.
¿Podemos ir allí en barco?
Ortwin se rió por primera vez en toda la noche.
—No dudo que te has convertido en el único navegante querusco que ha existido, pero Thule está en el norte y en el oeste,
perdida en el océano, cercada por oleajes gigantes cuya espuma estalla en medio de las nubes, lejos, Armin, muy lejos. No podemos ir allí. Llegaría el verano y todavía no habríamos regresado...
—De un modo u otro, encontraremos a Cerunno. Tiene que haber una señal, una clave, una forma de que él se dé cuenta. Me habló tantas veces de su sueño... Todo esto es obra suya, y él soñó el día de la victoria: lo llamaba el día en el que los hombres serían convertidos en dioses. No puede haberse marchado, porque él jamás renunciaría a sí mismo. Como yo. No pude renunciar a mí mismo, por eso sé que él tampoco. Está en algún lugar. Puedo sentir su presencia.
—A veces el deseo hace creer falsas esperanzas en los hombres mortales, hermano—lobo.
—Él espera la hora, como la espero yo.
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