Liberator Germaniae
Capítulo XXVII
8 d.C. Galia Lugdunensis
Unos versos del Epicarno, un poema de Ennio que le leyera Paterculus y al que apenas prestó atención, emergieron de su memoria nítidos como rayos: hablaban del alma humana, que era como una partícula ígnea del Sol; una parte de él, llena sólo de fuego, que se disipaba en el Todo.
Escuchó, como si Trigitón se los leyese de nuevo, los Versos dorados, de Pitágoras, escritos cuatro centurias atrás, que hablaban del curso solar del alma humana.
«Los dioses me preservan para algo mucho más grande, después no podré escapar a mí mismo...».
El mito solar ardió en las sombras del pensamiento.
Siglos de batallas se arremolinaron en su mente, y el Sol Invictus rodó imprimiendo su huella de fuego en la faz de la tierra.
El cielo, por encima de impenetrables tinieblas, se volvió rojo rusiente de hierro recién martillado, y la bóveda del mundo llameó con clamor de truenos ante la aparición en combate de los sagrados Ases.
Presenció hileras de gigantes encolerizados, grandes como colinas, que amenazaban con sus puños al cielo. Vio
bolas de metal fundido que surcaban el aire arrojadas por sus manos ciclópeas y nudosas, una tormenta de hierros que se abatía a su alrededor. Pero de las tinieblas imprecisas de aquel mundo brotó una cúpula de rayos, un altar titánico de nimbos tormentosos que se precipitaban en revuelta y atronadora caída. Había a su cabeza un carro tirado por enormes machos cabríos, cuyas riendas tensaba un as de barba roja que blandía el pesado martillo. El rayo y el trueno brotaban del chirrido de sus ruedas. Un ejército de nubes traía retumbando el galope de mujeres armadas de largos cabellos cuyas hermosas frentes coronaban yelmos alados, y más allá, por encima de la procelosa marea que se abatía sobre los rudos gigantes, descubrió el galope de un caballo de ocho patas más raudo que todos los vientos, a cuya grupa iba montado un anciano de porte orgulloso y meditabundo. El Padre de la Guerra, tocado con el yelmo penígero, lucía las alas del águila, un parche cubría la cavidad opuesta de su rostro y una hirsuta barba la mitad de su pecho; empuñaba la larga lanza de las runas, contemplaba el cielo y la tierra con su único ojo.
Armin se sabía insignificante en la profundidad de su sueño, y no obstante, cuando aquel viejo, a la vez decrépito y omnipotente, se volvióen su busca desde las nubes, al sentir que la mirada del ojo divino, perturbado, caía sobre él, lo entendiótodo: cuanto le había parecido distante, temible y frío le resultó de pronto ardiente, funesto y colérico. La mirada del ojo único se encendió como un torbellino de fuego y sacrificios, cuyo rayo lo envolvía y lo apresaba, haciendo hervir los torrentes de su sangre igual que lo hace una mortífera ráfaga de ira.
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