Liberator Germaniae
Capítulo XIX
9 d.C. Externsteine.
Solstitiuum
— Solstitium lo llaman los astrólogos del sur; es el día del comienzo del verano. El sol ya ha nacido y se eleva hacia su máximo poder. Es la hora de la cosecha de los espíritus libres. Todo está dicho y la fuerza viaja hasta su cénit. Cuando el sol nazca hoy, pasará exactamente entre esas rocas, y verás cómo su rayo señala nuestras runas.
Una claridad inundaba el cielo de oriente. Armin, convocado por Cerunno y en ayunas, había pasado la noche en la Roca del Sol.
Nunca había entendido por qué Cerunno llamaba así a la mole más alta de cuantas se elevaban formando el conjunto giganteo del Externstein. Cerunno la llamaba belnemeton, y Verdadero Santuario de Irminur. Habían ascendido entre las escabrosas cornisas al caer la noche. Después, una recámara a media altura accedía a una sala estrecha que subía como una espiral labrada en la piedra por hombres ancestrales de talla más que humana, a juzgar por el tamaño de los peldaños. Si los germanos eran hijos de gigantes, allí tenían una prueba más: sólo los gigantes podrían haberse servido de aquella manera de las rocas del Externstein, que a su vez eran, según Cerunno, primigenios rebeldes convertidos en piedra por el Padre de la Guerra. La escalera espiral accedía a un espacio
estrecho, una cornisa semejante a un nido de águilas en lo más alto de la Roca del Sol. Había un muro natural, formado por grandes bloques, mirando al este. Cuando llegaron, Armin no lo percibió debido a la oscuridad, pero ahora la claridad le mostraba un agujero perfectamente redondo tallado en la roca de un muro bajo.
El paisaje se abría alrededor, claro y despejado, y Armin podía mirar la distancia por encima de los frondosos bosques, que ondulaban alrededor en busca de las crestas de Teutoburgo. Las neblinas se disipaban y a través de ellas surgía una claridad creciente, hasta que de pronto el sol comenzó a despuntar.
Sagrado oro se desbordó en un horizonte inexistente como el tiempo, y el rojo ardió a su alrededor incendiando el aire.
Armin reconoció entonces las largas ristras rúnicas incisas en las toscas paredes de roca. Mensajes indescifrables para los hombres mortales se iluminaban en la ambiciosa claridad.
Cerunno avanzó reciamente junto al abismo de la cornisa, indiferente al peligro. Se quedó quieto junto al muro en el que aparecía el agujero, y mientras el sol ascendía su silueta, recortada contra el resplandor, prolongaba una larga sombra sobre Armin.
La voz del hechicero vino a su encuentro, profunda y cavernosa, pero más serena:
—Es el tiempo del haya, y es el principio del mundo. La festividad que mis maestros druidas llaman Litha, y que mis antepasados ivernios llamaron Alban Heruin. Los germanos lo conocéis como la Fiesta del Haya. El sol se levanta desde las estrellas del cangrejo hacia el Signo de Fuego, hacia el Mediodía del Año. Es la hora de la sombra más corta y de la luz más potente.
El círculo del guerrero se cierra. El sol ya es independiente y fuerte y se enseñorea de la Tierra, a la que ha fecundado y alimenta con su luz. Se adornan los estanques y las fuentes, para festejar a los dioses, y las sacerdotisas de Nerthus preparan sus sacrificios.
La luz apareció de pronto, amaneciendo por segunda vez, ahora de los contornos inferiores del agujero en la roca. Al poco
tiempo el sol miraba a través del mismo, y Armin vio su ojo, cuyo resplandor todavía no podía herir su mirada.
El Ojo de Irminur.
El Padre de la Guerra lo observaba.
El rayo recorrió como un disco de fuego la pared y fue alumbrando las runas escarificadas en la piel de piedra, hasta que su luz se introdujo por un segundo agujero y accedió al santuario interior, en el que iluminaba, en la cara norte, una ancestral talla de piedra que era el propio rostro del dios Baldur, el mítico as de la luz que renacía en aquel momento del año según el ciclo de los mitos.
Pasó el milagro, y Cerunno parecía sumido en profundos pensamientos.
El sol fue levantándose y al poco la inmensa fuerza de la que hablaba hizo acto de presencia, cuando la rutilante luz se volvió dorada e intensa, las nieblas se disiparon y la humedad cayó entre la hierba y se evaporó. Una esfera omnipotente se alzaba y ya su ojo era irreconocible en medio de la lumbre abrasadora con la que prendía fuego al cosmos. Era el sacro misterio antes del gran mediodía del año; el día más largo y la sombra más corta.
—La hora de los enemigos se acerca, culturas superiores que pretendieron erigirse en maestros de la resignación, imagos de
falsos ídolos que pronto demoleréis con el santo martillo de Thor; y como un precursor he sido yo en medio de este pueblo, aunque muchos sean los que han hablado de mí y pocos los que han pensado en lo que he dicho: como una de tus lenguas de fuego, oh señor de la bóveda sin límites, como una ígnea víbora que se propagaba entre rastrojos resecos, por tortuosos senderos, avancé despreciando a los que pedían agua cuando el calor de la lucha apretaba, y ayudé a los que, abrasados por la ira, aún estaban sedientos de fuego. A ellos y sólo a ellos me debo, a ellos me entrego como tú empuñas tu luz fecundando la Tierra; pues sólo ellos vencerán a Roma. Yo he sido rayo durante años para la negra ciénaga, hasta que en ella, pudridero de simientes y recuerdos, florecieron mis sueños: los hombres de los hombres.
»Oh cielo por encima del mundo, ¡tú purísimo! ¡Cúspide empequeñecedora! Sonríes sin nubes, abismo de toda luz... ¿No sabemos acaso demasiadas cosas que juntos hemos aprendido?
Tantos años de lucha... Destructores somos ahora de la coacción, de la finalidad, de la duda y de todos sus vapores, que empañaron como una niebla el camino de mis sueños florecidos: de los hombres de hombres...
»Tú bautizas todas las criaturas en el manantial de la eternidad, mas sólo bienaventurados serán los que aprendan a ascender la escalinata de tus días y de tus horas, siempre en busca del centro del mundo más allá y en sí mismos...
»¡Oh misterio del mediodía! Bendita sea la Hora del Rayo.
Presérvanos para el Gran Mediodía, pues como tu implacable voluntad solar, ¡también nosotros estamos dispuestos a aniquilar en la victoria!
Armin se había quedado absorto en sus propios pensamientos al escuchar las palabras del druida, recordando lo que los griegos hablaban acerca de Pitágoras y de sus Versos Dorados, y el sol estaba alto, altísimo en el cielo, como si no quisiese volver a descender jamás. Un hiriente fulgor centelló repetidas veces en su mirada y lo separó de sus pensamientos inciertos, sin saber si había
estado durmiendo, o si había viajado, preso de una extraña vigilia.
El calor se había posado en su rostro, arrebolando las curtidas mejillas, cuando el dañino fulgor volvió a relampaguear.
—¡De su mirada no te cubras! —conminó la poderosa voz de Cerunno, rejuvenecida. Armin sintió que la mirada del sol, en todo su poder, le caía sobre los ojos, cegándolo. —Ahora Irminur te mira. —Cerunno parecía un guerrero surgido del resplandor solar, una silueta tortuosa como la , la runa del sol, un taumaturgo que empuñaba un rayo viviente.
—¿Es tu espada el rayo, Cerunno? ¿Tanto poder hay en tus manos? —preguntó Armin.
—Yo blando el rayo del sol frente a las tinieblas de la ignorancia —respondió el mago. —Y ahora te entrego ese rayo en el día de Litha, cuando la luz de Irminur lo ha santificado en el santo misterio del día más largo.
La mítica silueta de Cerunno avanzó, sin dejar de cegar con el resplandor del rayo que empuñaba los ojos de Armin. Por fin se detuvo ante él, cual misma sombra del mediodía.
Una leve brisa desplazaba sus barbas ralas y largas.
—El mediodía de la vida pondrá coronas de rosas en el hielo de tus derrotas, mas jamás olvides el designio, la luz que ha de guiarte hasta tu última hora. Sólo ésa será la verdadera victoria, y a ella se rendirán las demás. Será la más silenciosa, pero la más cara de todas. No debe el hombre mortal dejarse cegar por el falso fulgor reflejo, y ser siempre consciente debe de la fuente de la que procede toda fuerza y toda verdad.
El rayo desapareció, dejando sombras borrosas en las quemaduras de su visión. Armin abrió los ojos, medio cegados.
Cerunno empuñaba en verdad una larga espada con la que lo había cegado. El nervudo brazo del adivino la sostenía con firmeza.
—Aquí está el rayo que te ciega. Es Zankrist. El retorno de Wulfmund ha de ser acompañado de su arma.
Armin alzó las manos, frunció el entrecejo, protegiéndose de la intensa claridad que los envolvía. La espada sencilla, flexible, parecía extraordinariamente larga, tanto en su hoja como en su empuñadura, cerrada por piel y cable de acero rematando el pomo.
Mas las idas y venidas del fulgor solar por su hoja le mostraron el excelente trabajo de los herreros, las perfectas cuatro aguas de sus dos filos, las anchas alas trasversales que protegían el puño, y sobretodo las misteriosas runas de la victoria que habían sido magistralmente grabadas en su acero renacido, formando el círculo del sol negro de la guerra, bajo las órdenes de Cerunno.
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