Liberator Germaniae
Capítulo X
4 d.C. Galia Comata
Una calzada bien pavimentada recorría en línea recta, paralela al Rhenus, la frontera de Germania. En dirección al noroeste, la ruta conducía directamente hasta Colonia Agripina.
Había unas pocas docenas de germanos, hasta que la comitiva, encabezada por dos cohortes y sus oficiales, y seguida por jinetes germanos, se acercó al campamento de Bonna. Como era uno de los más grandes, representando el bastión que defendía a la gran ciudad de Colonia, los ubios habían levantado una ciudad a sus puertas. Las torres de vigilancia, apoyándose en largos estacones extraídos de los troncos de robustos árboles, se erguían en la niebla como gigantes con coronas de estacas. Allí Armin entendió que les aguardaba una gran comitiva. El número de germanos ascendía a varios cientos, y como muchos de ellos fueran a caballo, los oficiales decidieron fragmentar la partida. Armin entendía que el ejército no dejaba que se acercase ningún contingente de germanos de gran tamaño a la ciudad que en Roma llamaban «la joya del Rhenus». Colonia revestía una importancia estratégica de gran valor, y todas las precauciones parecían escasas cuando se trataba de aceptar la llegada de los soldados auxiliares de origen germano.
Los grupos más numerosos tenían un aspecto feroz, y Armin no dudaba que se trataba de mercenarios procedentes de las tierras del este. Ingresaban en las legiones por aburrimiento, por desesperanza
y por dinero. Esa clase de hombres era lo suficientemente despiadada como para permitirse luchar contra su propia tierra sin sentir demasiados remordimientos, y Armin constató con alegría que el número no era demasiado elevado en comparación a la gran cantidad de tribus que poblaba Germania Interior. Otro caso lo representaban los hijos de los jefes cuyas poblaciones se hallaban en las orillas del Rhenus; Armin descubría grandes guerreros de mirada desconfiada, que a fin de cuentas iban a las legiones a obtener los salvoconductos que garantizaban el respeto de las actividades comerciales, y una no beligerancia frente a Roma. En el fondo no le gustó hallarse en aquella situación, a la par que experimentaba gran curiosidad por todo lo que acontecía alrededor.
Supuso que si continuaba observándolo todo de ese modo alguien lo tomaría por idiota, así que decidió disimular. Pero estaba firmemente decidido a no dejar que nada se le escapase. Todos los asuntos de los romanos eran del máximo interés, y su inquieto pensamiento se entretenía deshilvanando las razones por las que disponían las empalizadas y los campamentos en unos sitios y no en otros, cómo habían sido construidas las calzadas, qué extraños artilugios servían para trasladar el agua hasta inmensos establos entre las murallas de Bonna. Los galos también despertaron su atención. Muchos tenían los ojos grises, y ostentaban unos bigotes ridículos, o largas trenzas al modo de las mujeres germanas. Les gustaban una especie de pantalones estrechos y coloridos sobre los que lucían hermosas fíbulas de bronce. Armin reconocía que los germanos vestían con colores más oscuros, y casi todos ostentaban las pieles de los animales que cazaban de uno u otro modo en su atuendo. Sus escudos eran más grandes que los de los galos, aunque éstos también parecían acostumbrados a las espadas de hoja larga.
Se refugió entre los de Siga y mordisqueó unos pedazos de carne seca que traía envueltos en un paño. Los romanos ofrecieron una especie de caldo de legumbres y cereales que debía saber a rayos, y fue la primera razón por la que temió su futura vida en los campamentos de Colonia. Poco tiempo después una gran partida de germanos fue hacia su destino. Y al cabo de un par de horas
ociosas, se les dio permiso para continuar adelante. Como formaban un grupo de treinta, les ordenaron que se dividiesen en dos secciones y que viajasen solos a intervalo de una hora. Armin se incluyó en el primer grupo, y pronto perdió de vista las empalizadas de Bonna.
La tarde se volvió gris de nuevo, y la niebla no terminó de disiparse, cuando la calzada dio paso a un camino bien señalizado, pero sin empedrar. Armin no entendía la razón por la que aquella parte dejaba de estar pavimentada, pero Sleipner agradeció el cambio. La tierra húmeda se alargaba formando una cuna a través de un espeso bosque. Las lomas se arrugaban y vertían una selva que los legionarios no habían talado.
Armin admiró unas rocas enormes en un claro. Una de ellas se apoyaba sobre grandes bloques creando un tosco dolmen. El querusco no pudo menos que acordarse de Cerunno. Él era un druida ivernio. La gran odisea de su vida le había impresionado el día que la oyera, en las tinieblas de aquella caverna excavada en las entrañas de la Colina de Irminur. Sentía curiosidad por los dioses que veneraban los galos. Segmund, el hijo de Segest, se había adelantado en busca de un rastro. Unos ciervos parecían haber saltado hacia un claro.
—Nuestra última cacería —dijo azuzando a su caballo.
—¿La última? —inquirió Armin, dándole la señal a Sleipner.
—Espero que sea una broma...
Algo extraño había pasado en apenas unos segundos. Un jinete se había interpuesto al paso de Segmund. Estaba frente a él montado a la grupa de un pesado caballo, a escasos pies de la inquieta cabalgadura del germano. Armin detuvo a Sleipner.
—Germanos —afirmó el personaje con extraño acento.
Coronaba su cabeza con un yelmo plateado del que brotaban unas alas de alondra, rematado por un umbo en su centro. El pelo, grasiento, le colgaba en desordenadas greñas a ambos lados de la cabeza. Lucía una barba rala, sus ojos eran intensamente azules y
esbozaba la sonrisa burlona más propia de un demente que de un ladrón. Varios de los miembros de la compañía se habían acercado.
Los ojos del galo se posaron en la mirada franca e inquisitiva de Armin, a cuyo rostro se asomaba una leve y prudente sonrisa.
—¿Con quién se han encontrado los germanos? —inquirió Armin.
—Si los germanos cruzan el Rhenus, lo más fácil es que se encuentren con los galos —dijo con suficiencia el excéntrico personaje.
—Yo pensaba que era con los romanos... —dijo una voz por detrás.
—Es cierto, también hay algunos romanos, pero lo que más abunda son los galos —insistió el curioso interlocutor.
Armin se dio cuenta de que no debían poner de manifiesto que su tierra estaba bajo el dominio romano. Había demasiado orgullo oculto en aquellos ojos como para hostigarlo con burlas que procedían de bocas extranjeras.
—Dinos, amigo, ¿cuál es tu nombre y por qué hablas tan bien nuestra lengua? —preguntó Armin con una amplia sonrisa.
—Vigelicontórix, nieto de Vercingetórix... y cabalgué a menudo en Sugámbria, cuando había en ella más germanos y menos hijos de Drusus.
—Bueno
—afirmó
Segmund
con
una
sonrisa—
Vigelicomotellames, ese Vercingetorátix debía tener muchos nietos, a juzgar por las galas que lo veneraban...
Apenas las risas habían empezado a propagarse, cuando los ojos del galo se encendieron, empuñó un cuchillo, se lanzó con el caballo hacia delante y derribó a Segmund. Se quedó encima de aquél, y apoyó la punta de la hoja de acero en la nuez de su cuello.
Un ligero empellón del galo, y el hijo de Segest moriría ensartado como un incauto sapo.
La voz del galo se arrastró como el siseo de una víbora, y sus ojos emitían el destello del odio:
—Nadie se mofa de Vitórix, ni de su abuelo Vercingetórix.
Las hojas de algunas espadas, incluida la de Armin, y las cabezas de las frámeas apuntaban al abdomen y la espalda del galo.
—No me importa morir —afirmó— si tengo una buena causa...
—Escucha, galo —dijo de pronto Armin, inclinándose, en un tono conciliador, y esbozó la sonrisa estúpida de sus mejores bromas—. Hablábamos de matar romanos y de las proezas de Vercingetórix... no te hace falta degollar a mi amigo.
Los ojos del germano se habían nublado sintiendo el acero rasgando su piel. El galo, Vitórix, continuaba clavando en el germano sus ojos enloquecidos con tal avidez, que el miedo a las espadas se disipó y las puntas que lo amenazaban fueron clavándose en sus costados.
—Vamos, galo, Vitórix, en mi patria había un druida, llamado Cerunno, que me contó la gesta de Vercingetórix. ¡Amo a Vercingetórix! ¡Era un héroe grande! —dijo Arminius, volviendo a sonreír, y se sintió tan estúpido como un borracho en un funeral. A su alrededor los rostros furiosos se tensaban. Las puntas estaban a punto de ensartar, degollar y sajar.
—¡Ya basta, idiotas! —exclamó de pronto Armin. —Apartad las espadas, este hombre se siente ofendido y nos lo ha demostrado, pero ya ha dejado claro que no quiere matar a nuestro compañero.
No somos los mejores amigos de Roma, por Tutatis...
El galo clavó sus ojos acuosos en Armin con extraño afán al oír el nombre del dios galo de la guerra, y escudriñó el rostro del joven, que volvió a sonreír con astucia y socarronería.
—Vamos, Vitórix, ya basta. Mi amigo no volverá a gastar bromas sobre Vercingetórix, lo sé. Y en cuanto a ti, continuaremos viaje juntos hasta Colonia.
El ansioso galo empezó a reírse sin apartar la hoja del cuello de Segmund. De pronto interrumpió su amenaza y retiró el cuchillo, y actuó como si nada hubiese pasado.
—Aún falta un poco hasta llegar a Colonia.
Armin empujó los brazos de sus compañeros, pidiéndoles que apartasen sus armas.
—¿Cómo cuánto? —inquirió, procurando que la conversación no decayese.
—Al caer la noche estaréis a sus puertas. No encontraréis nada particular. Lobos y bandidos acostumbran asaltar el camino. Pero nos dejarán pasar. ¡Qué casualidad! Yo también voy a Colonia.
El galo azuzó a su caballo y emergió de las sombras. Entró en el camino y dejó que el jamelgo retozase alegremente. Los germanos parecían esperar una señal de Segmund para apresarlo.
Los ojos de Armin captaron la intención; el hijo de Segest se sentía demasiado ofendido. En ese momento, Armin avanzó, se colocó a la par del galo y puso su mano sobre su hombro en señal de confianza. Deseaba salvarle la vida, y era una de esas cosas que hacía sin saber demasiado bien por qué.
—Escúchame, Vitórix, deseo saberlo todo sobre los dioses galos, así que empieza a hablar mientras nuestros caballos nos llevan a nuestro destino...
Ambos encabezaron la comitiva. Segmund pareció relajarse, y el resto se apartó confundido. De cualquier manera, Armin se había salido con la suya.
Poco tiempo después, el galo se sumergía en un mundo nuevo del que Armin sólo había oído fragmentos dispersos en los labios de Cerunno.
—El árbol sagrado de los galos no es el fresno, sino la encina.
A su sombra los sagrados sacerdotes hacen sus sacrificios.
—Oí hablar de los Bosques de Arduenna —añadió Armin.
—¡Ah, el Arduenna, la selva de Tutatis! No hay extensión más grande de árboles en todas las Galias que la que cubre las colinas impenetrables del Arduenna. Se habla mucho de la escuela de los druidas que a sus sombras dedican las horas a sus ritos. Los romanos no han entrado en esas selvas. Forman una zona inconquistada en el sur de la Galia Bélgica.
—Cerunno, el hechicero de los lobos queruscos, era un druida de Ivernia.
El galo le lanzó una mirada incrédula, y empezó a reírse de manera tan ruidosa, que volvió a atraer la atención de todo el grupo.
Después pronunció una frase frunciendo el ceño y atusándose el bigote de una manera que a Armin ya le resultaba inconfundible:
—¿Los lobos queruscos?
—Sí... —Armin dudó. —Bien, estuve un tiempo en las aldeas de Querusquia, y conocí a los lobos queruscos. Soy un lobo querusco.
El galo miró a Armin con renovada admiración.
—Los queruscos. Feroces guerreros, enemigos de Roma...
Pero de noche se transforman en lobos y pueden morder a sus compañeros —dijo como en un susurro arrastrado. —Yo oí hablar mucho en los fuegos nocturnos, alrededor de los cuales se reunían los legionarios y los auxiliares, acerca de un querusco llamado Segimerus Cabeza—de—Lobo.
Armin sintió una extraña emoción en el estómago.
—Yo también, y llegué a conocerlo —le confesó Armin, clavando la mirada en las sombras arbóreas que los envolvían.
—¡Habla a este hijo de Gergovia sobre el vencedor de Sentio Saturnio, por Tutatis y por Belenos! Lo conociste, a Segimer Cabeza—de—Lobo... Se decía que era el doble de grande que tú y yo juntos, que era un gigante descendiente de los teutones. Los rumores juraban que en aquella batalla su espada, tan larga como su cuerpo, había enviado al otro mundo a más de mil romanos... Sus
ojos arrojaban una luz roja, y su cabeza se convertía en una cabeza de lobo salvaje que aullaba. Los relatos de aquella batalla en las fuentes del Amisia causaron el terror de las legiones.
—Bien... —dijo Armin embarazosamente. —Lo cierto es que no era tan grande como dices.
Vitórix arqueó las cejas, ofendido.
—Era bastante grande... pero no tanto como... Vercingetórix
—Armin notaba que tenía ciertos problemas para reconciliar el recuerdo realista que guardaba de su padre con aquello que la imaginación de los hombres era capaz de crear. Se daba cuenta de que los guerreros adquirían proporciones descomunales cuando ganaban una batalla, o se volvían insignificantes y caían en el olvido cuando fracasaban. —¡Lo cierto es que era bastante grande, es cierto, ahora que lo recuerdo!
Vitórix respiró aliviado.
—Segimer era un gran jefe, herzog del clan de los lobos negros, empuñaba a Zankrist, la espada ceremonial de Wulfmund, el arma del fundador de los clanes de los lobos. Jamás he visto un acero como ese, un arma tan flexible como dura. Pero Segimer ante todo conocía las cualidades de todos sus hombres, y era capaz de hacer uso de las grandes unidades para defenderse de Roma. Su Cabeza—de—Lobo pensaba con claridad.
—¡Como Vercingetórix! ¡Por Belenos! —exclamó el galo. —
No ha habido grandes jefes que no hayan vencido a Roma sin usar la cabeza. Porque los romanos calculan todo cuanto hacen. En realidad —el galo adquirió el tono confidencial de un susurro —en realidad he venido para espiar a los romanos. Quiero aprenderlo todo de ellos antes de promover un gran levantamiento en Gergovia. ¡O en Germania! En realidad los descendientes de Vercingetórix se han acomodado a Roma. Por eso siento desprecio por mis parientes, me aburren, los considero imbéciles, prefiero recorrer el mundo en busca de aventuras.
Armin sonrió. La perspectiva le parecía muy alentadora, recorrer el mundo en busca de aventuras, aprender de los romanos para poder defenderse de ellos, y después marchar con Thusnelda hacia el lejano norte, en compañía de los sajones.
—Quién sabe, Vitórix, a lo mejor te sientes mejor en Germania —añadió Armin.
—Cierto, ¡quién sabe...! —suspiró el galo.
Poco tiempo después el bosque finalizaba. El camino volvía a recorrer una orilla verde al pie de las colinas, que continuaban asomándose por encima de ellos, cubiertas de árboles. El sol ya se había ocultado en el oeste, y la niebla palidecía el paisaje. La calzada se hizo más sólida. De hecho, vieron chozas y campamentos de trabajadores y esclavos que se dedicaban a los trabajos de pavimentación. Armin supuso que no pasaría demasiado tiempo antes de que aquel tramo que habían recorrido estuviese debidamente ensanchado y recubierto con la masa de mortero y grandes losas que caracterizaba las calzadas.
Mientras la niebla crecía, avanzaron hasta internarse en lo que parecía ser un gran llano. Las lomas se apartaban y cedían en busca del sur y del oeste, desvaneciéndose en la repentina bruma. El aire se volvía gris. La hierba era espesa. Veían aldeas dispersas, algunos establos de gran tamaño. Los campesinos tréveros prosperaban en aquellas tierras, que siempre gozaban de la omnipotente protección de los acantonamientos de legiones más grandes y numerosos de la frontera del Rhenus. Algunas antorchas comenzaban a parpadear en la niebla. Vieron que sobre las aguas del río se desplazaban algunas naves de guerra. No eran de gran tamaño, pero sus remeros lograban que se movieran sorprendentemente rápido. Armin tenía la sensación de que entraban en otro mundo, de que el inmenso poder de Roma cobraba forma alrededor y se los tragaría como si fuesen insignificantes hormigas.
La noche llegaba reptando bajo la niebla. Un resplandor áureo persistía misteriosamente en el cielo. Debajo, la espesa bruma se extendía como un manto evanescente, en cuyo interior titilaban
cientos de puntos de luz, a cual más débil. Era Colonia, la gran ciudad de Colonia Agripina.
Cuando llegaron a las puertas de una enorme empalizada, varios soldados les ordenaron detenerse. Pidieron sus salvoconductos. Segmund llevaba el documento de Veleius Paterculus, con su sello. Les anunciaron que hasta la mañana no podrían entrar en la ciudad, y les pidieron que acampasen bajo la empalizada. Armin no podía imaginar un recibimiento más hostil.
Llegaban para prestar sus armas y les pedían que durmiesen a la intemperie, lo más cerca posible de sus arqueros. Por ello decidieron alejarse en la niebla hasta una distancia prudente y allí se echaron en círculo alrededor de un fuego en el que tostaron sus vituallas.
Armin se preguntaba qué extrañas virtudes poseían los romanos para lograr hacer todas aquellas cosas, aparte de conseguir que otros hiciesen el trabajo duro por ellos, lo que no le parecía ningún prodigio teniendo esclavos. Los queruscos nunca habían hecho esclavos. Otros germanos sí que lo hacían, pero sus relaciones de pertenencia y sus lazos con la familia eran diferentes a aquellos esclavos del estado romano, propiedad de un emperador al que le importaba muy poco qué edad tenían y cuántos morían al día extenuados por los esfuerzos.
Recordó que Segest había adoptado la costumbre de comprar esclavos en Colonia. Algunos de ellos trabajaban en sus campos y en sus minas. El recuerdo de Segest le trajo inmediatamente a Thusnelda, y pensando en ella cayó en un sueño inquieto.
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