Liberator Germaniae
Capítulo XXVIII
8 d.C. Galia Comata
Despertó con el sonido del viento. El hombre negro que había visto en escasos momentos de lucidez ya no estaba allí. Escuchó, en cambio, a unos galos. Las heridas causadas por el oso estaban más cerradas, no así la del tajo del gladiador, que era visitada por las moscas. Uno de los galos llevaba atada a la muñeca una bolsa de piel, llena de la grasa con la que el hombre negro untaba las heridas. Lo echaba de menos, había cuidado de él durante todo el camino, y pensaba que poseía un gran espíritu. Casi por instinto intentó incorporarse, pero la cabeza le dolía como si la hubiesen golpeado con un martillo. Se daba cuenta de que debía untarse la herida de nuevo. Un torbellino de moscas se levantó, zumbando.
Los comerciantes sirios que viajaban hacia el norte lo habían entregado a los galos. Lo llevan tumbado entre tinajas y ánforas.
Escuchó que el hombre oscuro, un africano, ya se había marchado, y les había pagado de parte de un rico romano a cambio de que lo llevasen hacia el norte.
Armin comió carne de nuevo, bebió y volvió a dormir profundamente.
Su rostro pálido, de anchos carrillos, de niño bien alimentado, enmarcado por una enredadera de greñosos y
castaños cabellos húmedos, se acercó al ojo de un joven ciervo. Allí, en la película cristalina, se vio a sí mismo, reflejado. Su propio rostro, deformado por la esfera del ojo muerto, le resultó monstruoso, y se asustó. Junto a él descendió otro rostro, lentamente. Un rostro terrible, alargado. Una aparición. Una mirada hosca que lo escrutaba penetrantemente. Los ojos se agrandaron como bultos, y de la cabeza, de la que colgaba una barba enmarañada de hojas y raíces, vio cómo surgía una cornamenta de ciervo.
Era el espíritu del ciervo, era un monstruo que lo miraba fijamente y se acercaba a él, el dios de los bosques que volvía para vengar a sus criaturas. En ese momento se volvióy tropezó con las piernas pesadas de su padre.
Junto al niño se inclinaba, agachado, el adivino. Otra vez era Cerunno. Su rostro, todavía muy cerca del suyo, ya no estaba deformado por la esfera del ojo muerto del ciervo, y se volviómás duro y terrible. Continuó observando al niño con paciente insistencia. Sus barbas se movieron y de su boca desdentada y vieja comenzaron a salir palabras.
—¿Qué mirabas?
—El ojo —dijo el niño, con la mirada fija en la oscura esfera, albergando así la esperanza de desembarazarse de la terrible mirada del adivino.
—El ojo no debes mirar. Eso sólo lo mira Cerunno. El ojo de los muertos mira hacia atrás y hacia delante. Nunca aquí y ahora. Lo que ha pasado y lo que pasará. El ojo de los muertos sólo debe ser consultado por el hechicero, por el adivino, por Cerunno el Sabio.
Mojó su pulgar en un tarro espeso, y musitando unas palabras extrañas en la lengua antigua, pintó la ojera derecha del niño con aquel líquido maloliente. Después se volvió a los carros cargados de animales y comenzó a cantar y a moverse de un lado a otro, balanceando su cornamenta
como un venado, mientras asperjaba gotas de aquel líquido sobre los animales.
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