Liberator Germaniae
Capítulo XXI
9 d.C. Teutoburgo
Los tambores de la voluntad resonaban en su interior, imprimiendo un ritmo frenético a cada instante del día. Armin parecía animado por una energía inexorable.
Ingotar, Grumber, Wulfrund y Wulfsung recorrían en compañía de nutridas partidas las trochas de Teutoburgo, sus densas selvas, sus gargantas rocosas. La preparación de la batalla no debía dejar ningún detalle incierto, pues desconocían la ruta exacta que las legiones podrían seguir, independientemente de la traición de sus guías, que parecía casi garantizada. Aún así, sus mandos podían hacer lo que quisiesen, y eso dificultaba la situación. Armin sabía que cuando los contingentes germanos se concentrasen en Externstein, sus órdenes debían ser precisas. Ya no habría tiempo para pensar o sopesar decisiones. Todo debía estar claro, porque serían muchos miles de jinetes y sobre todo cientos de hordas procedentes de docenas y docenas de clanes. Conocía el furor de los germanos, y sabía que cuando se encendían los rituales de la guerra ya no podría detener el oleaje de su belígera vehemencia.
Un día encontraron un claro en las colinas. Las lomas de la selva descendían y dejaban despejada una ruta entre desfiladeros rocosos, que desembocaba en una tierra pantanosa. No conocía el
nombre que los brúcteros le daban, pero se le antojó una región magnífica, un rincón entregado por los dioses al más ambicioso de sus sueños. Si conseguían atraer a las legiones por esa ruta, las colinas estarían atestadas de germanos. La hierba era alta y las flores luminosas, pero, reconociendo sus arroyos, Armin se daba cuenta de que las aguas se encharcaban, y había ciénagas engañosas de las que un ningún caballo sería capaz de salir con vida.
Formaban un laberinto en el que, recordando a Teseo, Armin trataba de encontrar el hilo que conducía hasta la victoria.
Marcaron las rutas y despejaron nuevos senderos para los caballos pesados, marcados con grandes rocas, para que los jefes se abriesen paso hasta los emplazamientos escogidos. Armin ubicó las líneas de concentración en las cimas de los montes, dejando que una, la más alta, fuese talada y despejada para poder divisar los valles de Teutoburgo hacia el este de las sierras de Osnengi, por donde las legiones debían aproximarse. De cualquier modo, si el plan no funcionaba y las legiones avanzaban por el sur, la fortificación de la salvaje floresta de Teutoburgo continuaba siendo de importancia vital para el desplazamiento de la gran armada confederada, así como para la retirada y las emboscadas.
Mandó talar miles de troncos de abedul en los alrededores, y ordenó la fabricación masiva de largas y ligeras estacas, pues planeaba que muchos de los combates se librasen a la sombra de los bosques. Dijo cuántas debía haber y dónde debían esconderse. A medida que avanzaba el verano, el campamento de los brúcteros y de los queruscos iba creciendo junto al Externstein, pues cada vez eran más manos las requeridas en la preparación de la batalla: habilitaban trampas para osos, cavaban fosos en los puntos por los que podrían huir a reunirse los enemigos, una vez sorprendidos por el asalto. Armin empezaba reconstruir el ataque mirando el paisaje desde todos los puntos de vista conocidos, a diseñar cada movimiento de los diversos grupos con los que sabía que contaría.
Supervisaba la fabricación de toda clase de armas, y dejaba que se acumulasen en las cavernas del Extemstein, a la espera de entregarlas a las hordas. Más y más hombres se unían al impulso
del querusco, que descansaba unas pocas horas al día antes de volver, con ferviente insistencia, a una actividad insaciable.
Espadas, hachas, martillos, flechas eran forjadas sin pausa.
Adiestraba a la caballería querusca para obtener mayor control de las grandes unidades montadas, y entrenaba a los arqueros durante las gigantescas batidas de caza, gracias a las cuales trataba de evitar que los romanos se encontrasen con un terreno fértil alrededor: no debía quedar ni una sola presa viva, si no había sido ahuyentada, para que los enemigos no contasen con garantía alguna de poder alimentarse con facilidad en el caso de que perdiesen su retaguardia y los carros de impedimenta, lo que suponía uno de los objetivos fundamentales de las primeras fases del ataque. Así, ahuyentando a los animales salvajes y convirtiendo el Bosque de los Teutones en una trampa mortal, las jornadas pasaban rápidamente, el sol seguía su curso imperturbable, y el día más importante de la historia de Germania se avecinaba incierta pero inexorablemente.
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