Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 74 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XVI

8 d.C. Tarsálica

Las luces de la ciudad se disolvían en la lluvia. Un camino pedregoso y encharcado lo condujo hasta las afueras. Había un puerto. El mar hervía. Las olas rompían contra unos muros de roca natural que se sumergían en las sombras, asesinados por los abismos submarinos. Un vaivén permanente amenazaba las naves estacionadas en el interior de la rada. Armin descubrió luces que iban y venían de la ciudad y que se sumergían en el vapor y la incertidumbre de la lluvia. No lo pensó dos veces, y fue en busca de los barcos.

Después de avanzar a duras penas hasta la entrada del muelle, vio cáscaras que flotaban en las inquietas aguas. Los barcos de los romanos eran naves extrañas, al menos los únicos que conocía y que había visto navegar por el Rhenus. Eran naves de guerra, acorazadas, provistas de lanzaderas y con docenas de remos. Lo que allí se balanceaba en el agua era una multitud de endebles cascaras de huevo. El germano había imaginado otra clase de barcos. Una de ellas era mucho más grande, y una silueta parecía cruzar por un puente a su interior. Había alguna clase de luz encendida en la cubierta. Fue hacia allí y descubrió que era más grande de lo que había imaginado, una nave panzuda con un ojo pintado en la proa El agua azotaba su cubierta. Un viejo daba órdenes a unos críos que debían ser sus ayudantes.

Armin recurrió al latín.

—¿A dónde vais?

Por toda respuesta el viejo se echó a reír, mostrando sus hileras de dientes podridos.

—¡A las Islas Afortunadas! —gritó un muchacho.

Armin no recordaba aquellas islas, pero lo cierto es que él no sabía nada de ese mundo hacia el que huía. Poco importaba dónde estuviesen, si le daban la oportunidad de salvarse.

—¿Hay romanos en las islas afortunadas?

—Hay romanos en todas partes —respondió el viejo. —Pero en esas islas hay menos romanos.

—Quiero ir —dijo Armin. —Quiero ir con vosotros.

—Puedo venderte mi barco —dijo el viejo. —Estos son los marineros. Que ellos te lleven.

Armin miró a los dos muchachos. No sabía nada de aguas ni de mares, pero le parecía que le estaban engañando.

—¿Estás hablando en serio, extranjero? —le preguntó uno.

—Nadie saldrá hoy a navegar a no ser que esté loco —repuso el otro, tirando de un cesto lleno de peces que todavía coleaban.

—No me importa —repuso Armin, después de lanzar una hosca mirada al rugiente mar.

—¡Si que te importa! Además, no has dicho si puedes pagar tu viaje hasta las islas.

Armin extrajo una bolsa que llevaba atada a la cintura y de ella sacó una piedra. Se la alcanzó al viejo. Éste se la metió en la boca y la mordió haciendo una horrible mueca. Después escrutó la muesca labrada por sus muelas. Pareció satisfecho.

—Está bien, pero no partiremos hasta el amanecer.

—Espero que el precio incluya algo de comida —aseveró Armin, saltando a cubierta. —Tú, joven, ¿cómo te llamas?