Liberator Germaniae
Capítulo VI
8 d.C. Siga
Armin esperó en el lugar indicado. Ocultó el caballo, y dejó que pasase el tiempo. Mientras le asaltaban las dudas, recordaba las palabras de Cerunno, y se preguntaba dónde podía estar el adivino.
Su presencia era más necesaria que nunca; aunque no estuviese presente él estaba dispuesto a llegar hasta el final.
Por fin el momento se acercaba. Una silueta se aproximó y surgió de los árboles. Armin clavó la espada en la nieve y resistió el deseo de lanzarse en su busca. Había pasado por demasiadas situaciones adversas como para no tener en cuenta el código básico de la prudencia. Pero su corazón latía desbocado. El caballo se detuvo no muy lejos. Y si bien su corazón seguía latiendo, su pensamiento ya empezaba a marchar en sentido contrario.
Al fin escuchó la voz del jinete.
—Armin hijo de Segimer —dijo una voz masculina que el querusco reconoció al instante.
Armin envolvió con sus dedos ateridos la empuñadura de la espada. De las sombras surgieron, junto al jinete, diez siluetas más, todas ellas armadas.
—No hay romanos entre mis hombres —afirmó el portavoz.
Avanzó y se retiró la capucha. El rostro pétreo y barbado apareció ante Armin.
—Segmund... —susurró el querusco.
—Segmund hijo de Segest, y he venido a advertirte. Te traigo un mensaje de Thusnelda. Para ella estás muerto. Hace mucho tiempo que desapareciste, y el nuevo Armin no es conocido en estas tierras. Thusnelda será la esposa de Paterculus, a quien tú traicionaste cuando luchábamos en las legiones. Su padre ha hecho lo más conveniente para ella. ¿Qué puedes ofrecerle tú? Sólo problemas. Debes olvidar, Arminius...
—¡No me llames Arminius! —gritó fuera de sí, arrancando la espada de la nieve y volviendo a clavarla. La ira empezaba a cegarlo, y trataba de pensar y ordenar las consecuencias. —Maldito sea Segest y maldito seas tú, Segmund, repugnante serpiente...
Las siluetas armadas avanzaron hacia Armin. En ese momento y todo alrededor se escucharon pasos y el crujido de la nieve: la partida de Armin surgió rodeándolos, y el claro de luna centelleó en las hojas de acero. El caballo de Segmund pateó, nervioso.
—Maldito bastardo —continuó Armin. —Cobarde... y traidor.
—Eres un proscrito de Roma, y tu pueblo ya no es el que era.
Roma va a dominar hasta el norte.
—Te pido a Thusnelda por última vez.
—No. Aquí gobierna la palabra de Segest y sus hijos deben hacerla cumplir.
—He venido a vivir en paz en el norte, crear una familia, tener hijos —dijo Armin. —Dejad que nos marchemos en paz, Segmund.
—Ella no irá.
—¡Ella no quiere a ningún otro y tú lo sabes! Tú me la mostraste hace mucho tiempo... cuando todavía no eras tan amigo de los germanos.
—¿Y tú? Viniste aquí como un lobato abandonado, y también quisiste crecer entre los romanos... Mas... aquí te tenemos. Del fuerte guerrero sólo veo un trapo vencido. Que no consiguieses crecer en Roma no significa que ahora debas impedírselo a los
demás. Déjanos en paz a los otros, vete lejos, donde nadie te conozca, y allí dedícate a cazar jabalíes. Y búscate otra mujer.
—Quizá decida crecer aquí ahora.
—¿Cómo? ¿Con esa pandilla de malolientes que son los queruscos? Nadie te hará caso, capitaneaste la caballería auxiliar de Roma contra los longobardos en el norte, te manchaste con la sangre de los germanos, trabajaste para Roma...
Armin había logrado contenerse y esperar. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era marcharse y trazar otro plan para ayudar a escapar a Thusnelda, pero, no supo cómo ocurrió tan rápido, arrancó la espada y corrió hacia Segmund. Las sombras se movilizaron rápidamente, y a los rugidos de cólera le acompañaron relampagueos y chasquidos y gemidos. Uno de los defensores se interpuso al paso de Armin, pero el mandoble fue demasiado fuerte, cayó de costado y Armin continuó hacia su objetivo. El caballo relinchó y se encabritó. Pero el brutal tajo contra el costado debió herir al animal, que retrocedió y derribó a su jinete. Segmund apenas tuvo tiempo para contener los golpes del querusco, pero era un hombre corpulento y resistió los golpes. Otro enemigo trató de alcanzar a Armin; la larga hoja fue más hábil, zumbó cortando el aire, un puñetazo bloqueó al antagonista, y esta vez el golpe alcanzó su hombro. Armin se protegió de un traicionero mandoble de halcón de Segmund, y así, al chocar los aceros, vio sus ojos, y le propinó una patada entre las piernas. Inmovilizado, Segmund recibió un golpe en la cabeza con el pomo de la empuñadura, y cayó gimiendo. Continuó un combate que finalizó con la victoria de los lobos queruscos, pero los cuernos empezaron a sonar, y en poco tiempo estarían rodeados.
Armin sopesó la situación. Las tropas romanas respondían a la llamada. Se enfrentarían a varios cientos, cohortes enteras. No podían vencer. Pero tenía al hijo de Segest.
Wulfsung iba a degollar a uno de los vencidos, cuando Armin se interpuso.
—¡No! Espera. Va a enviar un mensaje a Segest.
Agarró la cabeza y tiró de los cabellos ensangrentados, y clavó sus ojos en el aterrorizado muñeco.
—¡Escucha! Dile a Segest que Wulfmund ha regresado. Dile que si emprende una cacería contra nosotros encontrará a su hijo despedazado. Dile que mienta y que se detenga. Y dile que en la Colina de los Teutones, junto a las grandes piedras, Thusnelda deberá aparecer sola, a caballo, al amanecer, con las pertenencias que decida llevar. Sólo en tal caso recuperará Segest a su hijo, que le enviaré cuando haya abandonado las colinas de Siga, lejos de aquí, para evitar traidoras persecuciones. Si Thusnelda quiere quedarse, entonces que suba igualmente sola, que me lo diga, y se hará lo que ella quiera. ¡Lo que ella quiera, y no lo que su maldito padre quiera! Ahora márchate antes de que me arrepienta y te corte la cabeza.
El mensajero se alejó trastabillando en la nieve como quien huye del mayor de los horrores. Tal era la luz que se reflejaba en los feroces, salvajes ojos de Armin, cuando la ira desbordaba por los cuencos de su mente y fluía por todo su ser como un fuego en los rastrojos.
Retrocedieron con Segmund maniatado y treparon de nuevo las colinas. El clamor de las trompas se detuvo. La agitación no encontró mayores consecuencias. Sus colaboradores estaban inquietos, montaron guardia toda la noche, mas Armin conocía a Segest. Era el mejor y más sabio de los cobardes, y además un repugnante e interesado bastardo: en el momento en que peligrase la vida de su hijo, Thusnelda ya no valía nada. Aceptaría las condiciones sin discutir una palabra.
La mañana emergió del este. Bajo unos velos niveos tendidos hasta el horizonte, el ojo del sol parpadeó como una gota de fuego que amenazaba con fundir el blanco del paisaje. Armin envió a Wulfsung y a Brumber a la cima de la Colina de los Teutones, que se hallaba por debajo del nivel de las grandes colinas, arrugadas en la orilla derecha del Rhenus.
Armin vio cómo subía una hilera de cuatro caballos.
Aparecían y desaparecían entre los árboles. Su corazón se agitaba, y le costaba contener sus nervios. Retrocedió y volvió después para ver que Brumber y Wulfsung, dos manchas pardas contra el blanco, recibían la hilera y la escoltaban ascendiendo. Miró con ansiedad el entorno. No había rastro de movimientos. Sus rastreadores oteaban las faldas de los montes, los campos. No había novedades en el pequeño campamento romano, a lo lejos, junto al Rhenus. Armin sonrió y expulsó una bocanada de vaho. Miró a Segmund severamente, y éste clavó sus ojos en la nieve.
Al fin escucharon el vozarrón de Wulfsung. Armin corrió hacia la ladera. De pronto surgió la imagen encapuchada de Thusnelda, y junto a ella el Sol Invictus, que se elevaba pesadamente, y su luz enrojecía las mejillas pálidas, el rostro grave, los ojos mágicos de la valquiria de Armin. Ella descendió y Armin la contempló largamente. Apareció una sonrisa en el rostro de la joven, y Armin lo comprendió todo. Por un momento sintió que el sol todopoderoso le había traído a su mujer de vuelta, que todas las promesas hechas en el mar se cumplirían si él era fiel a sí mismo. Y
allí estaban las pruebas. Se abrazaron durante mucho tiempo.
Cuando hubieron repartido los caballos que portaban las pertenencias de Thusnelda, y todos estuvieron listos para la partida, Armin dio la orden de avance. No se sentirían seguros hasta que no abandonasen el radio de acción de las rutas fortificadas de Siga. Si Segest decidía traicionar su palabra, sólo tenían que hacer llegar mensajeros por la calzada del Siga hasta las guarniciones. Pero aun en ese caso cada vez era más difícil. Los romanos no aceptarían perderse en los parajes nevados, en busca de una horda de queruscos de número indefinido.
El tiempo pasó y hablaron mucho, pero era evidente que Thusnelda no se sentiría a gusto mientras su hermano estuviese allí atrás, maniatado como un animal. Quería que regresase y que todo finalizase de una vez.
—¿Quién me traicionó anoche? ¿Alfmund?
—¡No! —replicó ella vehementemente. —Alfmund sólo me lo dijo a mí, siempre ha sido un buen amigo. Fui yo quien te traicionó.
Armin no la comprendía.
—Quería marcharme y recoger algunas cosas, y confié... en él.
—Thusnelda señaló al hermano cabizbajo.
Armin sintió una mezcla de asco y desprecio por el viejo amigo.
—Le dije lo que haría, y dijo aceptar. Después aparecieron varios de sus hombres y me retuvieron sin que pudiese salir. Él se fue en tu busca. Pensé que te iban a matar, porque Alfmund me dijo que irías solo...
—Lo hice por si alguien me traicionaba. No estaba dispuesto a presentarme sin mi guardia...
—Después mi padre se enfureció al enterarse de que retenías a su hijo, dijo cosas horribles acerca de ti y de tu padre y de tu madre, se maldijo a sí mismo y me maldijo a mí muchas veces, pero yo reuní mis cosas. La gente lloraba en silencio por mi partida, y al fin me ayudaron con los caballos y me marché. Mi padre hizo todo lo posible para convencerme de que fuese y te dijese que deseaba quedarme... Paterculus es un buen hombre, Armin, pero yo no lo quería, y él lo sabía. Mi padre dijo que me casaría con un romano de Colonia si no aceptaba a Paterculus, y al final...
—Lo entiendo —dijo Armin.
—Ahora Paterculus se sentirá confundido y traicionado por ti.
—Lo sé —dijo Armin con determinación. —Pero eso es algo que de debe importarnos muy poco. Los germanos deben luchar pos su libertad. Los romanos son los que han venido y se han inmiscuido en nuestra tierra y en nuestra vida. Si alguien ha de sufrir las consecuencias de todo este dolor, pues que sean ellos y quienes se unen a ellos. Va siendo hora de que todo cambie de lugar.
Thusnelda miró a Armin sorprendida, y le sonrió. Armin ya no era un joven, y hablaba como un hombre. Tomó su mano y se la apretó, y después se desbordó en silencio y pasó su mano por la mejilla del querusco. Luego le dio un leve puñetazo en el hombro, como en los viejos tiempos, y Armin fingió que iba a caerse del caballo, y se rieron como cuando eran niños.
Pasaron las horas de marcha y atravesaron los territorios de los sugámbrios por rutas agrestes y sendas de cazadores que en invierno resultaban casi intransitables. Por la noche atravesaron el cauce helado del Rura y treparon entre los abetales de las lomas.
Durmieron inquietos envueltos en los mantos de oso, y por la mañana se encaminaron hacia el Visurgis. Sólo entonces se sintieron seguros y vieron llegada la hora de abandonar a Segmund.
El aire zumbaba en las copas de los árboles, derribando montones de nieve. Thusnelda clavó una mirada fría y verdosa en su hermano, que le respondió con despecho.
—Eres hermano mío, mas hoy dejamos de serlo. Aquí y ahora renuncio a cualquier vínculo con mis parientes de Siga, y os olvido.
Si pudiese sacarme la sangre que comparto con vosotros y reemplazarla por la de mi esposo, así lo haría. Haz saber a mi padre que me marcho con Armin por voluntad propia, y que no debió nunca tratar de torcer mi voluntad ni la de mi esposo. Dile a Paterculus que le estoy agradecida, pero que no lo amo. Y olvidaos de que existo. No soy propiedad de ningún hombre salvo de aquel al que yo escoja, y en tal caso él también será mío, según las reglas de los germanos, y no de los romanos. Márchate ahora y no vuelvas a ensuciar mi nombre pronunciándolo.
Thusnelda espoleó el caballo y dio media vuelta. La partida se alejó y todos desaparecieron. Armin se quedaría para permitir que tomasen ventaja antes de liberar al traidor. Su mirada se quedó clavada en el hijo de Segest. Las palabras de Thusnelda reposaban en su alma como un bálsamo que mitigaba heridas abiertas durante años.
El tiempo pasó.
Armin empuñó la espada e inclinó rudamente a Segmund, como si fuese a decapitarlo. Rasgó las cuerdas, y éste separó las manos y se las restregó. Las sentía heladas. Movía los dedos tratando de recuperar la movilidad.
Armin esperó un tiempo, y entonces extrajo otra espada y la clavó en la nieve, ante Segmund. Éste creyó entender.
—Puedes montar tu caballo y retroceder, o bien luchar.
Aunque no creo que te atrevas a eso. He disfrutado con las últimas palabras de tu hermana. Eres un traidor y un cobarde.
Armin miraba altivamente a Segmund, y dejaba que las palabras actuasen en él como un veneno.
—Y además no olvides llevar las palabras a tu padre, ese viejo desdentado y podrido que nació con una mentula romana metida en el culus...
Sonrió con descaro y abrió desmesuradamente los ojos.
Segmund sintió que la sangre fluía por sus manos de nuevo y empuñó su espada. Lanzó una mirada de odio a Armin, y gritó furiosamente lanzándose hacia delante. Justamente lo que el querusco esperaba: se apartó y enfrentó el acero, giró con maestría los hombros y golpeó a puño cerrado la mandíbula de Segmund, que rugía como un perro rabioso. Otra vez logró Armin apartarse y enfrentar el golpe, mas esta vez Segmund resbaló y cayó de bruces.
Rápidamente, en un momento para la eternidad, la espada del querusco descendió con un golpe mortífero sobre el hijo de su odiado enemigo.
El filo pasó por delante de su cabeza y Armin se inclinó para acompañar el golpe.
Se escuchó un chasquido.
La hoja se hundió en la nieve.
El rostro de Segmund se contrajo como un trapo arrugado, y el grito ahogado, convertido en un jadeo, mientras le lloraban los ojos,
se perdió en el frígido rugido del viento. Se recogió el brazo sangrante y lo envolvió en su capa de piel. Veía la viva rojez manchando la nieve, la espada caída... y su propia mano, cortada, que todavía se aferraba a la empuñadura.
Armin sintió una extraña lástima en las profundidades de su alma. Segmund lloraba como un niño, se consumía de dolor, humillado. El hijo de un jefe que no podría empuñar la espada... No había mayor vergüenza en el mundo. Sembraba un odio imperecedero en aquel hombre. Le haría un favor cortándole la cabeza, pues dejándolo vivo sólo lo condenaba a sufrir día tras día...
Entonces emergieron los años pasados, cuando fueron amigos, cuando confiaron el uno en el otro. Y Armin recordó todo lo que Segmund había hecho, secundando las ideas de su padre.
Posiblemente sólo había sido un instrumento de aquél, pero había accedido a serlo voluntariamente. Temían el matrimonio de Thusnelda con Armin por miedo a que éste les reclamase herencias.
Miserables. Entonces toda compasión se borró de su mente, y deseó que sufriese como él había sufrido a causa de las insidias de su familia.
Escogió sus últimas palabras, que pronunció con fuerza y orgullo:
—Dado que eres romano, eres juzgado según la ley romana.
Al ladrón y al traidor se le corta una mano, Segmund, y ese es tu castigo.
Después montó su caballo y se alejó, sin mirar atrás. Lo último que escuchó fue un desgarrador grito de furia que el zumbido del viento en las ramas se encargó de mitigar y arrastrar muy lejos.
Cuando llegaron a Wulfmunda, Segmir ofreció a Armin la morada de sus antepasados, que él habitaba desde que desaparecieran, y allí se establecieron, como en los tiempos en los que Armin era un niño.
Las ciénagas estaban heladas y sus árboles eran fantasmagóricas tramas desnudas. Las praderas y los tejados se sucedían asimétricamente cubiertos por un espeso manto blanco.
Pero las cuernas de caza resonaban de nuevo en las paredes del valle, los lobos aullaban, y la hoguera ardía con fuerza en el hogar.
Thusnelda y Armin se abrazaban junto al fuego, y el querusco pensaba en voz alta, mientras los ojos de ella veían sus sueños, seguían cada intención, cada idea, y así ella estuvo enterada de la venganza que planeaba contra Roma.
Poco tiempo después, el consejo de las ancianas, con la vetusta Thusna a su cabeza, decidió incluir a Thusnelda en la comunidad de Wulfmunda, para lo cual se inició un ritual en la sala del Thing.
Ortwin preparó el fuego y especió la carne, participaron los herreros, y Thusnelda apareció al fin vestida para la ocasión. Su cabello de oro colgaba liso como la seda, con dos estrechas y largas trenzas a los lados. Lucía dos pendientes de oro, con complicadas filigranas, que Gristmund había forjado para la ocasión, y un torque con incrustaciones de ámbar, que trazaba un círculo resplandeciente por encima de su pecho. El traje tejido por las madres había sido teñido con la sangre azul de las bayas, para recubrirlo con el color de Nerthus, la Madre Tierra, y mostraba los brazos desnudos, en los que se enroscaban hermosas ajorcas, pulseras y anillas de oro rojo.
No sólo a Armin le parecía que había pocas mujeres tan hermosas como ella sobre la Tierra.
Tras la ceremonia, Thusna la consideró su hija, y las Iuras tocaron. Después llegó la hora de inaugurar el banquete. Thusnelda se acercó con una bandeja colmada, y recorrió la sala hasta donde se hallaban los hombres, que la miraron orgullosamente. Los ojos de Thusnelda sólo se fijaban en los de Armin, y sonreían, alegres y poderosos. Entonces se acercó con la bandeja hasta él, y le entregó su comida, y escanció medhu en su cuerno hasta que éste desbordó y goteó sobre el hombre, como era la costumbre. Estallaron las risas y las palmas, y hubo alegría, carne y bebida hasta saciarse.
Armin se embriagaba con sólo verla entre las mujeres, tan esbelta y enérgica, tan hermosa, mientras él bebía y hablaba, sin escuchar nada de lo que le decían, y de vez en cuando descubría que ella lo miraba del mismo modo y que le sonreía con ojos viperinos de mujer que nunca antes había visto.
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