Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 37 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo VIII

4 d.C. Siga

El verde de las profundidades se extendía como un pozo sin fondo. Armin se sumergió en las aguas del Rhenus y, dejándose arrastrar por la corriente, trató de alcanzar el lecho del río, que en aquella parte de la orilla era muy hondo debido a que las grandes rocas de una escollera se sumergían a pico en el cauce, causando un gran desnivel. El sol del verano ardía arriba como una antorcha de oro envuelta por bacantes de glaucos destellos. Por fin asió un matojo de plantas y vio, borrosamente, los grandes troncos abandonados en medio de los torrentes, las algas que pendían como estandartes desgarrados, las piedras musgosas, los quebradizos bancos de peces, y mientras el aire se enrarecía en sus pulmones y se aproximaba a la superficie, imaginó que aquella luz verde eran los ojos de Thusnelda, y que cuando nadaba en el Rhenus se hundía en la ignota profundidad de su mirada.

Cuando rompió la superficie del agua y aspiró aire, contempló el cielo azul, unas nubes dispersas, y vio que ella corría por la orilla, persiguiéndolo mientras la corriente lo arrastraba para llevárselo consigo. Armin nadó hacia la orilla y salió trepando por las rocas, sin soltar el matojo de plantas.

—¡Ya pensaba que te habías ahogado!

—Aquí están, Thusnelda —dijo, tendiéndole las plantas acuáticas.

Las otras mujeres esperaban río arriba. Las ancianas pedían a los jóvenes, en verano, que buceasen en el cauce del río en busca de ciertas plantas que requerían para sus bebedizos y remedios curanderos. Algunas algas del fondo eran especialmente apreciadas.

Se ponían a secar en un rincón que las madres de la aldea tenían en la sala del Thing, y tiempo después se molían hojas y hebras hasta reducirlas a un polvo que servía a sus mágicos fines.

Armin se secaba al sol, y Thusnelda lo observaba risueña. Éste se calzó las botas, la tomó de la mano y la arrastró hasta la orilla.

Una vez allí, sin que ella opusiese resistencia alguna, Armin la besó encerrándola entre sus poderosos brazos, y fueron uno en la mañana de Germania, en los tiempos en los que Armin el Querusco fue un hombre libre.

No muy lejos, en las colinas, el viento acariciaba los cabellos de Segest que, montado a la grupa de un caballo blanco, había salido a contemplar sus campos. Miró la pareja con serio semblante. La barba amarilla, ligeramente torcida por el soplo del aire, fue mesada por los dedos, en los que brillaban pesados anillos de oro, y allí se quedó, mirando el beso de su hija, pensativo y ajeno al mundo. Vio cómo la pareja se alejaba hacia el grupo de muchachas; allí estaban presentes dos de sus hijos, y se dio cuenta de que éstos eran conscientes de cuanto su hija sentía por Armin.

—¿Qué hacer con el hijo querido que es el marido indeseado?

Segest se volvió con su caballo, y galopó hacia Siga.

Por la tarde las nubes se acumularon formando una masa oscura y densa, y los campos de Siga se volvieron grises. La lluvia susurraba en la hierba, y Armin caminaba indiferente hacia la fragua de los herreros.

Una vez allí, la luz de llamas de su interior lo iluminó. El ardor de una gran hoguera reverberaba en las vigas ennegrecidas

que partían de las parhileras del tejado. Las chipas ascendían creando un ardiente torbellino que se trocaba en sombras humeantes antes de desaparecer por la ancha abertura del centro, protegida de la lluvia gracias a un sobretecho alrededor del cual el humo podía escapar por las ranuras laterales.

En Armin se había afianzado la idea, en gran medida contra su verdadera voluntad, de que tendría que partir hacia Colonia con los hermanos de Thusnelda. Mientras viviese en los territorios de Segest, la prueba de amistad con Roma parecía ineludible, pues no habría libertad contra Roma, sino un buen intercambio con ella, y que esa era la mejor forma de estar a buenas con los romanos desde la casta dominante de los jefes germanos. Los romanos sólo parecían querer expandir sus relaciones comerciales. Pero, ¿y los esclavos? ¿Y las violaciones? ¿Y el expolio de las legiones en las aldeas perdidas de Germania Interior? Eso no debía ya importar al fronterizo Segest, que viajaba de cuando en cuando hasta la lejana oppidum gala de Lutecia y volvía con carros cargados de nuevos lujos romanos, vinos excelentes, cerámicas traídas desde Apulia, telas de Serica. Todo eso no interesaba a Armin, pero las circunstancias se imponían como la argolla al cuello del reo. Si lograba escapar al ejército romano y conquistar ciertos honores en poco tiempo, podría volver y obtener legítimamente la mano de Thusnelda, o simplemente marcharse con ella al norte, hacia Wulfmunda, donde nadie los perseguiría, y en última instancia podrían partir en busca del refugio del kuninc de los sajones. Sabía que Guntram estaba vivo, que era un rey en el lejano norte, y conservaba el anillo de la amistad, con la gran piedra roja engastada, que le abriría las puertas de sus fronteras y le permitiría el paso hacia Scandia si era necesario, en busca de la misteriosa isla de Thule, donde al fin encontraría el lugar en el que establecerse con Thusnelda.

Los fuelles eran sacudidos enérgicamente. El aire ardía alrededor de la fragua. Los martillos resonaban. Las cabezas de hierro golpeaban y las chispas saltaban. Varios hombres pesados cubiertos con parachispas de cuero forjaban largas hojas de espadas

y umbos de metal que reforzarían el centro de los nuevos escudos de combate. Los herreros preparaban algunas de las armas que portarían aquellos que se marchaban a Colonia. Y Armin había venido para forjarse una nueva espada. Hacía tiempo que la suya estaba algo mellada. No era de gran calidad, pero para los ejercicios bastaba. Recordaba el relampagueo de Zankrist, la legendaria espada de Wulfmund, fundador del clan de los lobos negros... Qué lejos estaba aquella legendaria gloria de él. Todo parecía envuelto por una neblina mística, y el recuerdo del arma de su padre y de su abuelo le produjo un extraño acceso de melancolía. Ahora él se forjaba una espada nueva y joven, para ir a luchar mano a mano con los enemigos de sus ancestros. Supuso que después de todo ya no era quien fuera, y que la nueva vida continuaba y lo arrastraba hacia la felicidad que había soñado tiempo atrás. Volvió a persuadirse de que el camino que había escogido estaba por encima de la voluntad de sus ancestros y de Cerunno, y que había demostrado que podía escoger su camino, reconociendo lo que realmente quería, y él quería a Thusnelda, y estar lejos de los horrores que había vivido en la infancia. Lejos del pudridero que era la vida cuando desaparecía la flor de los pantanos que ella le entregara en el entierro de su padre, y que él siempre llevaba consigo, envuelta en un paño de tosca tela.

Invocó a Wulfmund, escogió el metal y las limaduras de hierro, y Alfmund le ayudó a preparar el crisol. El molde de una hoja extraordinariamente larga para su altura fue dispuesto y cerrado. Alfmund vigiló el ardiente soplo del fuego, mientras los ayudantes sacudían los fuelles. El abrasador líquido fue vertido en el largo molde, y el agua de una herrada se elevó en penachos fantasmales cuando éste fue sumergido en la misma. Acto seguido Armin extrajo la pieza. Allmund le procuró los baños de carbón, buscando el secreto temple que convertiría la hoja en un acero duro y a la vez elástico. El martillo de Armin resonaba con furia. La hoja se volvía lisa y dos aguas caían desde su centro hacia los filos. No supo cuántas horas pasaron, mientras la noche caía. La mayoría abandonó la fragua, dejando algunas piezas repujadas para el día

siguiente, pero los brazos de Armin se tensaban una y otra vez y el martillo resonaba en la oscuridad de la noche. Alfmund le ayudaba mientras preparaba la hoja de un puñal y varias puntas de gæso. Las llamas decrecieron, y el gran brasero de la fragua fue la única fuente de luz, iluminando sus cuerpos desde abajo. Al fin la resplandeciente hoja fue afianzada en la empuñadura, donde se engastó la pieza transversal, y los hilos de acero se trenzaron alrededor, y encima de ellos las tiras de piel de ciervo envolvieron la empuñadura en cuyo extremo brillaba un ojo de ámbar. Armin recordó los ojos del hombre—lobo, y pensó que no podía menos que recordar su origen en el arma que protegería su vida.

Al fin, bañado por el sudor, que le caía por la frente y por la espalda con negros arroyuelos, su cuerpo se tensó y alzó el arma, empuñándola a dos manos.

—¡La espada de Roma! —gritó lleno de entusiasmo. La hoja resplandecía al menor movimiento.

Al día siguiente no dejó de llover desde el momento en que se suponía el sol debía emerger del horizonte. Después de unas horas en las que la llovizna se convirtió en un persistente aguacero, los fucilazos blanquecinos iluminaron el paisaje fugazmente, y el paso de los truenos recordó a Armin las historias de gigantes que Cerunno solía contarle en los días lluviosos.

Armin sabía que Segest estaba de viaje, de modo que montó a la grupa de Sleipner y cabalgó bajo la lluvia hasta las casas que rodeaban el palacete. Allí el golpe de una piedra en la ventana avisó a Thusnelda, que se despidió de su hermano y de unas amigas, quienes no tardaron en recriminarla por hacer aquella locura. Pero ella, ayudándose del brazo de Armin, montó tras él y ambos se rieron, mientras Sleipner los conducía hacia ninguna parte. Al cabo de un rato llegaron a los bosques que crecían al pie de las lomas.

Allí Armin siguió un sendero, hasta que se detuvo junto a unas rocas antiguas. Formaban un dolmen, y ambos se sentaron debajo.

No había pasado mucho tiempo entre risas y absurdas diversiones

de enamorados, cuando la lluvia dejó de repiquetear en la techumbre del bosque. Volvieron a montar sobre Sleipner y galoparon hacia la cima de las colinas.

Una vez fuera de los bosques, Sleipner avanzó con fuerza hacia delante, y crestearon las cimas que se asomaban sobre el Rhenus hasta alcanzar la más alta de la región, a la derecha de la desembocadura del río Siga. Desde allí podían ver la larga y ancha serpiente del Río Grande, que se retorcía entre espumas y rizos grises en busca del oeste. El sol, brumoso y dorado, se asomó por debajo del techo de nubes. Cuando la luz empezaba a iluminarlos, Armin y Thusnelda jugaron a imaginar que nada de lo que había pasado en las últimas semanas había sido cierto, que su padre nunca volvería, y que aquel atardecer de libertad duraría toda la vida.

—He forjado una nueva espada.

—¿Y cómo se llama?

—Thusnelda.

La joven se rió con ganas y golpeó cariñosamente el hombro de Armin.

—Tonto... ¿y para qué la quieres?

—¿A la espada o a Thusnelda?

—¿No son lo mismo ambas cosas?

—Pues...

—¡Sí!

—Las quiero para sobrevivir a Roma.

Los ojos de Thusnelda se entornaron y miraron el horizonte.

Su semblante dejó de sonreír al instante y pareció ausentarse de pronto.

—O voy a Colonia o nos marchamos al norte, lo que tú elijas

—sentenció Armin, contrariado.

Thusnelda se volvió enojada.

—¿Y por qué tengo que elegir yo? Siempre me dejas a mí las elecciones más difíciles.

—Eso no es verdad. Si por mí fuese... —Armin se interrumpió.

—Bueno, habla, si por ti fuese, ¿qué?

—Si por mí fuese hace semanas que nos habríamos marchado, habríamos desaparecido en el norte.

—Sabes que no es tan sencillo, mi padre movería cielo y tierra y hasta Wulfmunda hay muchas millas de camino. Sabes que movilizaría a los romanos...

—Entonces no sé para qué me preguntas. Quieres que hagamos lo que tú quieres, pero no quieres darte cuenta de que es lo que tú quieres, porque no quieres cargar con toda la responsabilidad. Temes que me pase algo en el ejército, puede que no vuelva, y entonces preferirás pensar que fue una decisión de los dos. Y lo es, pero la opción de elegir es tuya.

Thusnelda se acurrucó bajo el brazo de Armin. Sabía que eso neutralizaba su enfado, y siempre que éste se alteraba sólo tenía que abrazarse a su cuerpo para hacerle sentir aquello, y entonces todo cambiaba.

—Sólo quiero lo mejor para todos.

—Yo soy más egoísta: sólo quiero lo mejor para nosotros.

—Pero no te das cuenta con toda tu buena voluntad de que si buscamos únicamente nuestra felicidad fracasaremos, porque en el camino causaremos daño a mis hermanos y a mi padre, y entonces tendremos problemas, y a fin de cuentas nosotros seremos los infelices.

—Por eso he pensado que lo mejor es que la decisión la tomes tú.

—Yo quiero que nos casemos aquí, en Siga, y que todo salga bien, y que mis hermanos gobiernen lo que mi padre ha obtenido, y

que nos dejen ser felices junto a ellos. Que sepan que no quieres nada de lo que les pertenece...

—En eso te equivocas —la interrumpió Armin. —Quiero algo que les pertenece y que valoran mucho. Su hermana y su hija.

—Y yo quiero que se olviden de mí, quiero que vean a nuestro hijo, y que entonces todos se olviden de Thusnelda. Quiero que Armin viva conmigo en una casa al pie de la colina, y que trabaje en la fragua y vaya de caza, y que los romanos pasen de largo, y que todos se olviden de nosotros.

—Eso sería lo mejor que nos podría pasar. Que todos se olviden de nosotros. Pero últimamente tu padre se acuerda demasiado. Veo cómo te exhibe ante los extranjeros, veo que quiere darte a conocer y de ninguna manera dejar que se olviden de que tiene una hermosa hija. Tengo la sensación de que quiere casarte con un romano. Temo más lo que pueda suceder en mi ausencia, que cuanto las campañas de los romanos puedan depararme en los campos de batalla.

—No creo que mi padre vaya a hacer algo así.

—Empiezo a sentir que no es justo en el trato. Si me promete a su hija a cambio de mi lealtad demostrada con Roma, ¿por qué te exhibe de esa manera?

Armin no continuó hablando, pero sus sospechas pronto se verían confirmadas.

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