Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 56 de 122

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Liberator Germaniae

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último hijo de Julia que podría haber presentado problemas a la sucesión imperial. En aquella ocasión, la artimaña de Livia, pues no era otra persona la que podía estar detrás de la trampa, había sido útil incluso para el emperador, que siempre detestó tanto a Póstumo, por su excesiva violencia, como a Claudio, por todo lo contrario. Mas Claudio no daba problemas y parecía sumido en su insignificancia, y eso le salvó la vida, mientras que Germánico acaparaba la atención.

Germánico, no obstante, callaba pero no olvidaba.

Después de que Julila, la hija de Julia, fuera falsamente acusada de adúltera por su propio marido, cuando las pruebas no parecían demasiado consistentes, el escándalo salpicó a varios senadores de inclinaciones republicanas. Como en el caso de Julia, varios de ellos fueron desterrados, y otros se suicidaron para dejar que su inocencia pesase sobre las espaldas de Augusto, a quien los ajusticiamientos del Senado jamás le resultaron penosos. En no pocas ocasiones había recurrido a las leyes para limpiar el Senado de miembros que lo convertían en una herramienta poco manipulable, y los escándalos, cuando menos, se revelaron muy útiles en medio de la estricta normativa moral de la præfectura morum.

La rivalidad entre Germánico y su tío Tiberio aumentaba. En las pocas visitas que Tiberio realizaba desde los frentes, Germánico se mostraba hostil y reclamaba cada vez con más insistencia las armas. Augusto reconocía las capacidades de su nieto, pero el hijo mayor de Drusus debía esperar algunos años; el emperador no estaba dispuesto a que, joven y sin experiencia, perdiese la preciosa vida como lo hiciera Cayo Julio en Armenia.

Tiberio se preparaba para sofocar el levantamiento de Panonia, pero la hora de Germánico se acercaba.

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Sibilas agoreras vaticinaban toda clase de catástrofes a lo largo del Imperio, y se decía que una serpiente gigante había aparecido en medio de Alejandría, emitiendo un silbido infernal, mas Augusto no pudo resistirse a la insistencia de Germánico, que fue enviado al extrarradio de los combates de Panonia, para que adquiriese sus primeras experiencias militares.

Augusto se sirvió de algunos de los mejores y más veteranos centuriones, y envió una guardia personal de bátavos que debía velar por Germánico día y noche. Quería que se adiestrase en el cálculo de las grandes unidades, y ante todo que estudiase el ejército, pero que no se implicase en los combates, y prohibió a su nieto, obligándolo a proferir los más increíbles juramentos, que en ningún momento se aventuraría en busca de los frentes. Germánico practicó con sus guardias, estudió lo que le pidieron y vistió la coraza de plata repujada que perteneciera a su padre, y antes al mismísimo Julio César, y en la que parecía la cabeza de la hermana mayor de las gorgonas, Medusa, con sus ojos vacuos, cavidades lucífugas, recubiertas de esmalte negro, que trataban de convertir en piedra al que miraba en sus abismos. Era una metáfora adecuada para el ambicioso guerrero que la vestía, pues el horror de Medusa debía paralizar a los rivales que a su portador se enfrentasen. Otra vez el yelmo con las hazañas de Perseo brilló coronando al hijo de Drusus, y muchos lo miraban como si fuese el retorno a la vida de su padre, tal era el parecido que lo caracterizaba.

Antonia había pedido a Germánico que no vistiese las mismas armas que Drusus, temerosa de cuanto le había acontecido a aquél.

Pero Germánico le respondió con firmeza:

—Madre, ha llegado el tiempo en el que las decisiones de Germánico serán sólo de Germánico. Y ha decidido vestir las armas de su padre. No creas en maldiciones ni en presagios bárbaros: si mi padre hubiese muerto de cualquier otro modo, no las llevaría puestas. Pero mi padre murió con ellas. Porque su obra quedó inacabada. Por eso Germánico las vestirá ahora y no se las retirará hasta que haya logrado el triunfo que su padre dejó en manos de otros más indignos. Y sólo cuando haya completado ese designio

abandonaré la cabeza de la Gorgona como símbolo en el campo de batalla, para vestir el sol de la victoria en una coraza de bronce.

—Hijo, yo te ceñiré esa coraza solar el día en que te vea convertido en un emperador —le respondió su madre llena de orgullo. Claudio le entregó a su hermano los informes que, devotamente, había preparado sobre el frente; y el sueño de los hijos de Drusus empezaba a hacerse realidad.

Germánico parecía al fin determinado a ganarse la confianza de su abuelo y la del pueblo de Roma, y renunció, muy a su pesar, a huir en busca de los frentes en los que demostrar su valía y el furor de su brazo. Se dio cuenta de que ante Augusto la paciencia y el saber esperar eran cualidades casi tan importantes como el ímpetu bélico, y aguardó con la perseverancia de un halcón que permanece inmóvil en las corrientes de aire que le son propicias, mientras las legiones avanzaban por todo Panonia, Macedonia e Iliria, devastando los ejércitos insurgentes, cercando sitios y asedios, castigando al pueblo rebelde.

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