Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 10 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 9

9

Cuando va a salir de nuevo por la cristalera abierta del salón, lo que encuentra ante sus ojos le hace recordar el motivo por el que se enamoró de ese lugar. No solo es el paisaje, con el cielo en tonos salmón premonitorios del espectacular atardecer que acaecerá, sino distintos detalles, como que en la piscina hay un pato con la cabeza en tonos azules y verdes, con un aro blanco en el cuello y el pecho marrón y gris, que se desliza por el agua con la elegancia de un cisne. Julia ha estado en resorts tropicales y selvas amazónicas, también ha nadado con tiburones y ha realizado todo tipo de actividades que solo la gente con pasta se puede permitir. Ha podido hacerlas gracias a su trabajo. Y, sin embargo, ahora se encuentra ahí, totalmente impresionada como si nunca hubiese visto un pato. Porque una cosa es viajar por el mundo y verlos en su hábitat natural y otra que haya uno nadando en tu propia casa. Verlos ahí cobra otro valor.

Tira del pomo para correr la puerta hasta que la superpone sobre la hoja anterior. Uno de los detalles de los que están más orgullosos es que las tres hojas de cristal se pueden esconder detrás de una de las paredes gracias a un carril que las va superponiendo hasta integrarlas dentro del muro, dejando todo el salón abierto al exterior. Saca el móvil y pone una sesión chill en el hilo musical que se escucha por distintas zonas de la casa y del exterior, según se seleccione, gracias a la domótica. Al escuchar la música, el pato echa a volar. A Julia le hubiera gustado sacarle una foto para mandársela a Rubén, pero no va a ser nada comparado con la que se hará en unos minutos. Deja la toalla en el césped artificial al lado del jacuzzi e introduce

la punta del pie derecho en él. Está ardiendo, se muere del gusto. Le encanta el agua casi quemando. Se mete despacio, sin hundirse del todo, para que no se le moje el móvil. El calor intenso provoca un efecto relajante instantáneo. Coloca el teléfono en uno de los laterales y cruza los brazos en el bordillo para apoyar la barbilla a la altura de las muñecas y hacer una instantánea mental del momento. Supone que con el tiempo acabará por acostumbrarse, pero, ahora mismo, el paisaje que tiene delante, cada vez más anaranjado, propio de un cuadro de Van Gogh, la tiene con la boca abierta. La luz está preciosa, coge el móvil para inmortalizar la estampa en una fotografía panorámica. Después le da la vuelta y confirma que los tonos naranjas sobre su rostro resultan mejor que cualquier filtro. Ha llegado el momento. Apoya el teléfono en uno de los lados del jacuzzi y se desabrocha la parte de arriba del biquini. Antes de quitársela se asegura de que nadie pueda verle los pechos al estar suficientemente metida en el agua. Mira hacia el monte y a simple vista no ve a nadie. No hay rastro de Laura, la vecina, que tiene todas las contraventanas que dan a esa parte cerradas, y en la casa de sus conocidos, pese a que todas las ventanas y ventanales tienen los cristales tintados, sabe con certeza que no hay nadie. Aun así, vuelve a mirar hacia todos lados y, como una niña traviesa, se quita la parte de abajo.

El calor ahora resulta mucho más gustoso. La desnudez la conecta con el momento, con su cuerpo y con la naturaleza. Cierra los ojos y se teletransporta a cuando nadaba como Dios la trajo al mundo en las playas nudistas que siempre buscaba en cualquiera de los destinos a los que le tocaba viajar. Era su premio. El simple hecho de poder bañarse desnuda era el mejor regalo. La mayor desconexión.

El recuerdo de distintas ráfagas de alguno de los encuentros que habían surgido de manera espontánea y casi salvaje en alguna de esas calas la han puesto cachonda. Vuelve hacia donde está la toalla y se seca para agarrar de

nuevo el móvil. Se apunta a sí misma, la iluminación es aún mejor. Los pezones se reflejan erectos y rosados, más de lo normal por la luz. Su cuerpo parece de porcelana del mismo tono. Inclina el dispositivo hasta que el ángulo permite mostrar su desnudez. El agua y el rasurado completo hacen que su vulva se vea más grande de lo que es. Sabe que, en cuanto la vea, Rubén va a soñar con meter su lengua en ella. Ese pensamiento no ayuda a apagar el calentón que tiene.

La imagen es perfecta: ella en la mejor de sus versiones con la casa de fondo. La idea de que él no pueda elegir con cuál de ellas dos se queda la pone aún más. Julia no lo tendría tan claro, pero a él lo conoce de sobra y con certeza sabe que no dudaría ni un momento. Prendería fuego a la vivienda antes de perder a «su chica», como la llama él, pese a llevar más de una década casados. Envía la foto y, aunque quiere que le conteste ya, sabe que si no tiene respuesta en un margen breve de tiempo es porque está trabajando. En cualquier caso, Julia ya ha cumplido su cometido. Está segura y ahora también quiere su recompensa.

Comprueba que el volumen del móvil está al máximo para escuchar las notificaciones. Ojalá le haga directamente una videollamada con el rabo fuera, como tantas veces, y es que los dos se han hecho expertos en todo tipo de juegos para sobrevivir a la distancia. Al principio les resultaba frío, pero después los había ayudado a crear un nuevo código que después adaptaban cada vez que conseguían verse en persona. Mientras espera, sigue viendo el paisaje. Juega con sus muslos, rozando uno contra otro. Se frota los labios cada vez con mayor intensidad. Tiene todo el cuerpo dentro del agua, nadie puede verla. Aun así no conecta la luz del interior del jacuzzi ni ninguna del exterior. Solo enciende desde el móvil la de los focos que hay colocados en algunos peldaños de la escalera de acceso que dan una luz ambiente bastante tenue, perfecta para su propósito: que desde fuera

sepan que hay alguien en la casa, pero que no puedan verla en detalle y mucho menos saber dónde se encuentra en ese momento ni lo que está haciendo.

El mensaje con la foto sigue sin el doble check que indique que Rubén la ha visto. Deja el teléfono y empieza a recorrer su cuerpo con las manos muy suavemente. Mira hacia la leve franja de sol que está a punto de desaparecer mientras se masajea los muslos, los gemelos y después la planta de los pies.

Esa relajación es la que más la incendia; estando así, podrían hacerle lo que quisieran. ¡Qué gusto! De pronto se acuerda del chico que la miraba desde el monte y la idea de que pueda seguir frente a ella, quizá más escondido entre los árboles, sin riesgo a ser descubierto con la luz cada vez más escasa, vuelve a dejarla sin respiración. Aún puede percibir la intensidad de su mirada. Se seca la mano levemente y agarra el teléfono para comprobar si su marido le ha escrito. La pantalla está sin luz y, al ponerla en vertical frente a ella, lo que ve reflejado casi le hace lanzar el móvil al fondo del agua.

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