Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 70 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 26

26

El hombre se acerca aún más a Julia, que se ha quedado completamente petrificada al ver que lleva una sudadera con la capucha puesta. Cuando está a apenas unos metros, puede comprobar que sus temores son ciertos: no es su marido el que trae en brazos a Estrella, sino Aníbal, el parricida, que sonríe cómplice y le vuelve a mostrar a la bebé como si fuera una ofrenda.

Lo primero que se pregunta Julia al ver la macabra escena es cómo ha conseguido escaparse del centro cuando sabe que de noche no le permiten estar en el jardín. Teme que el parricida se haya enterado de sus ganas de ser madre y para seducirla haya matado para conseguirle un bebé.

El chico sigue sonriéndole como un lunático. Julia da un paso hacia atrás y se choca con algo, se gira levemente y reconoce la vegetación que oculta el pozo del que le habló Laura. Está muy confusa. Se pregunta si es casualidad que Aníbal esté en ese lugar, quizá iba a acosarla a su casa y la ha visto. Si es así, ojalá en unos segundos aparezca su marido y se encuentren todos. Pero ¿y si no lo es y es Rubén quien lo manda? Aunque le resulta imposible entender qué relación podría haber entre ellos, cómo se habría puesto en contacto con él, o por qué diablos lleva a Estrella en brazos. Por otro lado, da gracias de que lleve a la hija de Javier y Vanesa y no un mechero o una antorcha, como las anteriores noches. Una nueva cuestión la asalta justo cuando él da el último paso antes de pararse frente a ella a una distancia prudencial.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a traerte un regalito —le dice mostrándosela.

—Esa niña no es tuya…

—Claro que no, es tuya.

Julia no sabe qué hacer y mira por si aparece su marido.

—No va a venir. Creo que tú también tienes algo para mí…

Julia no sabe cómo interpretar esa afirmación: ¿entonces es Rubén quien lo manda?

—¿Dónde está mi marido?

—Me ha pedido que viniera a por el recado que te había mandado y que a cambio te diera esto —dice levantando a la bebé, que rompe a llorar—. Ha pensado que quizá te haga más ilusión —continúa sin perder la calma.

Julia está desbordada. El llanto de la bebé no ayuda. Aunque espera que Laura lo escuche y llame a la garita de seguridad.

—¿Dónde está? No te voy a dar la carpeta hasta que venga él. Puedes decírselo: si quiere esto —levanta la carpeta—, que dé la cara y venga él…

o ellos. —No quería perder la oportunidad de hacerle ver que sabía lo de Vanesa.

Él se ríe.

—No tienes ni idea. Tu marido es muy listo, sabe cuidarse bien. Dámela y tendrás lo que tanto buscas. —El chico vuelve a hacer mención de la bebé.

Julia no puede pensar, está bloqueada. Tiene miedo y ya no es capaz de tomar ninguna decisión por vital que sea.

—¿No? —pregunta Aníbal haciendo una carantoña a la criatura.

Julia lo mira fijamente, quiere demostrarle que no le tiene miedo y que no se va a dejar intimidar por él, pese a estar realmente aterrada. Entonces, el chico sonríe de nuevo y deja en el suelo a la bebé, que llora sin parar y mueve los brazos y las piernas. No es una noche excesivamente fría, pero a

Julia le parece que no va lo bastante abrigada y teme que le pueda dar una hipotermia.

—¿La vas a dejar ahí?

La niña llora sin parar.

—No te conviene que alguien nos oiga y se entere de todo, ¿no crees?

Mira cómo te necesita, lo bien que te va a quedar en los brazos…

Julia mira hacia la casa de Laura, que no parece escuchar nada, y piensa que es muy probable que no oiga el llanto desde dentro porque podría tener la televisión encendida o estar en alguna habitación que diese al otro lado.

—Dásela a su madre, no se vaya a olvidar de ella… —dice con retintín.

Aníbal contesta algo, pero el llanto es tan fuerte que Julia no lo escucha, solo le ve mover los labios.

—Ahora tú eres su madre —suelta mientras se va alejando de la bebé—.

Aunque, como la dejes llorar más, puede que al final todos salgamos perdiendo.

A Julia no le da la cabeza para interpretar lo que le está diciendo, está pendiente de la niña en el suelo. La martiriza verla tan indefensa y duda de si debería cogerla o si se trata de algún tipo de trampa. Cuando vuelve a levantar la mirada, divisa a lo lejos a Laura con una pala en la mano.

Probablemente la que ha usado para enterrar a su perro. Al verla teme que él la descubra porque, por mucho que conozca el camino, mientras baja puede tropezar o hacer algún ruido. Entonces se da cuenta de que al llevar la capucha, Laura seguramente no haya reconocido a su nieto. Le asalta la duda de si sería capaz de persuadirlo si supiera que es él, para que los deje en paz tanto a ella como a la bebé, o si Laura acabaría como su hija: muerta a manos de alguien de su propia sangre. Intenta mantener la calma, pero la bebé no para de llorar y siente que el corazón se le va a salir disparado.

—¿Dónde está mi marido? —repite para ganar tiempo mientras su vecina

se acerca y le hace un gesto para que no diga nada.

Julia hace un leve movimiento y él corrige su posición para seguir enfrentado a ella, quedando completamente de espaldas a Laura. Es lo que quería que ocurriese. A no ser que un ruido la delate y él se gire, no podrán verse las caras. Julia solo piensa en que Laura golpee al chico, y una vez que hayan avisado a seguridad, que pase lo que tenga que pasar. En ese momento aparece otra vez la sombra de la duda de si su marido iba a largarse con la vecina y le daba el bebé como soborno para que no dijera nada de lo que habían hecho ni de lo que había dentro de esa carpeta. Le parece una locura, pero ¿es que no había casos y documentales sobre padres que se deshacían de su familia, de sus propios hijos? Madres que los abandonaban o los ahogaban para recuperar su vida anterior o empezar otra sin ataduras… No pensaba decir nada, no sería tan tonta.

—Dame la carpeta —le dice Aníbal en tono imperativo.

Julia ve cómo Laura cada vez está más cerca y eso le da fuerzas para no ceder. Mueve la cabeza y aprieta la carpeta con fuerza mientras calcula cómo coger a la niña del suelo y tenerla pronto en sus brazos.

—¡Dámela! —dice con la furia que Julia ya conoce reflejada en sus ojos.

Laura está muy cerca, Julia respira aliviada, pero, sin previo aviso, Aníbal se lanza hacia ella para agarrar la carpeta. Ella se arrima al pozo y evita que consiga su propósito, pero con el movimiento al chico se le ha caído la capucha: no hay ni rastro de las quemaduras que le vio en un lado de la cara y de la cabeza cuando lo visitó en el centro. Julia se queda perpleja, no entiende nada.

A continuación tiene lugar algo espeluznante. Mientras mira alucinada el rostro intacto del chico, ve por detrás a su salvadora, que camina más despacio para que no la oiga ahora que está más cerca, al tiempo que escucha algo por detrás de ella. Es un gemido y proviene del fondo del

pozo. El llanto de la bebé no la había dejado escucharlo antes, pero ahora lo distingue bien: es alguien que intenta pedir auxilio. Se da la vuelta deprisa y nota cómo el muchacho le arranca la carpeta de la mano, pero no intenta recuperarla porque toda su energía está ahora en averiguar si hay alguien dentro del pozo. Entonces escucha un grito detrás de ella: es Laura. Aníbal la debe de estar atacando, ¿la matará como hizo con su madre? Julia se gira, pero siente un golpe seco en la cara que la frena y hace que caiga de espaldas hasta el fondo del pozo.

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