Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 57 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 13

13

Laura entra de nuevo a la habitación, apenas han pasado unos segundos desde que salió, y al volver se encuentra con la imagen de su marido agarrando a Julia del brazo.

—Pero, cariño, ¿qué haces? No molestes a Julia, es nuestra vecina. Una joven encantadora que quería conocerte y que me va a hacer mucha compañía.

Mientras habla, Laura se ha acercado y le cuesta que suelte la mano de Julia, porque él aprieta con todas sus fuerzas. Cuando lo consigue, la joven se frota la zona, que tiene marcas rojas de los dedos. El hombre no dice nada, pero intenta hablar, parece luchar para que las palabras salgan por su boca, sin embargo apenas emite sonidos extraños, similares a los gemidos que había escuchado anteriormente. De cerca, resultan aún más espeluznantes, sobre todo porque ahora conoce de dónde procede el motivo de las advertencias.

—Vamos, es mejor que no se estrese —le dice Laura a Julia al oído.

La mujer coge del hombro a su vecina y la invita a salir del cuarto con ella. Ambas bajan las escaleras en silencio. Julia sigue con el susto en el cuerpo.

—Como ves, es cierto aquello de que las desgracias nunca vienen solas

—dice al llegar abajo.

Laura entra en la cocina y pone la comida en los cuencos del perro. Este se pega a ella y mueve la cola muy contento.

—Espera, no seas ansioso, que ya te lo pongo.

El enorme mastín obedece y le chupa los brazos. Cuando Laura termina, le acaricia el lomo.

—Es terrible lo que te voy a decir, pero realmente no te mentí cuando te dije que solo me queda mi perro. Pepe es mi mejor compañía… y tengo suerte porque está como un roble. —Laura sale de la cocina seguida de Julia—. Mi marido, sin embargo, ya no es él, apenas puede hablar. La mayor parte del tiempo no me reconoce, está así…, es muy doloroso verlo, mucho. —La mujer sale al porche y se sienta en el mismo sitio de antes, Julia la imita—. El nivel de estrés tan repentino que sufrió dicen que pudo acelerarle la enfermedad. Nos dijo el médico que, con todo lo que estaba pasando, era normal que su nivel de hormonas aumentara y dañara al hipocampo, una parte del cerebro que está relacionada con el desarrollo de enfermedades neurológicas como el alzhéimer. Normal que le ocurriera, no sabes lo que fue esto, lo que sufrimos… Cuando sucedió, todos los medios pintaron a Aníbal como un monstruo, un pirómano, un ser perturbado. Yo conozco a mi nieto y es verdad que era conflictivo, pero tan solo estaba pasando una mala racha. Sabía cuándo parar, se iba de casa antes de hacer algo de lo que se pudiera arrepentir. Nosotros estábamos convencidos, y aún lo estamos, de que esa noche, aparte de haber bebido, tenía que estar drogado. Fumaba marihuana a todas horas y por las noches, cuando salía de casa, vete tú a saber, pero de primeras nadie le quiso hacer ningún test de drogas ni de alcohol porque obviamente era parte del arma del crimen. Sé que quizá resulte muy difícil entender que después de lo que había hecho quisiéramos lo mejor para él y que tuviera una defensa justa. Su padre no se lo perdonó y volvió a Portugal, murió hace un año de cáncer. Pero para nosotros sigue siendo nuestro nieto, es lo único que nos queda y en parte nos sentíamos responsables de lo que hizo. —Julia escucha muy atenta, con gesto grave—. El crimen fue muy famoso, ocupó muchas portadas y horas

de televisión… —Hace un gesto a Julia dando a entender que seguro que ella también lo habría visto o escuchado.

—Quizá lo viera de pasada en algún momento pero no recuerdo nada, la verdad. No he estado muy pendiente de las noticias en los últimos años.

Entre los viajes, que igual me pasaba semanas enteras fuera, temas familiares y la casa no me daba la vida…

—Pues fue terrible, llevaron al extremo cualquier detalle de nuestras vidas para que pareciera que no habíamos sido capaces de ver al psicópata que habitaba en él. Lo repetían tanto que hubo un momento en que me planteé que quizá fuera así, que realmente mi nieto era alguien que buscaba hacer el mal y que, por tanto, era consciente de sus actos cuando prendió fuego a su madre, solo que nosotros no habíamos querido verlo. Estoy convencida de que no me equivocaba, pero aun así dudé. Como mucha gente que nos conocía, vecinos de toda la vida de la urbanización, que se sumaron a las calumnias y a las recriminaciones. Muchos se apuntaban a aparecer en los medios tergiversando y afilando cualquier anécdota sobre nosotros. Y con quienes teníamos una relación más estrecha sabían que fue un hecho puntual, que hasta ese día nunca había habido violencia ni malos tratos y mucho menos amenazas hacia ninguno de los miembros de la familia, lo ocultaron o simplemente se lo callaron. Fue otro palo darnos cuenta de que no podíamos contar con nadie y de que incluso los que considerábamos nuestros amigos, a la mínima de cambio se habían sumado también a la criba para terminar de hundirnos. Por aquí hay mucha envidia y esta llama a todos los males. Por eso te avisé el primer día: ojo con quién te mueves y en quién confías porque cualquier día te clavan un puñal por la espalda.

»Por suerte encontramos una buena abogada defensora que había llevado casos similares en los que la sentencia dictaminó que el acusado no estaba

en sus plenas facultades cuando cometió el crimen. Nos dejamos todo lo que teníamos, por eso no hemos podido arreglar la casa por fuera después del incendio, pero mereció la pena. Aprovechando el torrente de opiniones derramadas en los medios, forzó un juicio rápido donde no hubiera tiempo para realizar en condiciones los diagnósticos y Aníbal fuera condenado por su salud mental. Elena centró la defensa en que padecía esquizofrenia y que esa noche su realidad se vio alterada de manera importante. Los esquizofrénicos padecen alucinaciones e incluso pueden oír voces que solo escuchan ellos y que les taladran la cabeza hasta que terminan por cometer locuras. Sobre todo cuando están bajo los efectos de las drogas. Para nosotros resulta un alivio pensar que no pudo controlar lo que hacía. No era inocente, pero ayudaba pensar que no pudo evitarlo porque no estaba en su sano juicio.

»El proceso fue rápido, dentro de lo que cabe; el juez falló a nuestro favor y lo consideró un enfermo mental y no un psicópata, como se le había sentenciado desde el primer día, y ordenó su ingreso en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla y no en una prisión normal, en el módulo psiquiátrico, como sugería el fiscal. Eso hubiera sido terrible para él… y para nosotros. Digo que tuvimos suerte, porque en muchos casos los enfermos mentales tienen juicios rápidos centrados en el delito en sí, y por su celeridad impiden que se dedique tiempo suficiente a analizar y probar la enfermedad. No se pide una prueba pericial psiquiátrica porque no hay tiempo o porque, como dicha prueba cuesta dinero, el enjuiciado no siempre puede solicitarla y acaba en prisión con criminales comunes.

»Después, llevados por el optimismo de que hubiera habido justicia, intentamos por todos los medios que lo trasladaran a un centro en Madrid, pero nos dijeron que solo había una institución parecida a la de Sevilla en Fontacalent, Valencia. Yo estaba desesperada, porque con mi marido cada

vez peor, ¿cómo iba a poder visitarlo con asiduidad? Así que, después de todo lo que se nos había calumniado, mi marido y yo fuimos a los medios a pedir que abrieran uno en Madrid, sobre todo para menores. Me costó Dios y ayuda, pero tuvimos suerte y abrieron uno aquí mismo. Yo creo que el hecho de que mi marido estuviera tan mal y que yo tuviera ya una edad ayudó mucho a crear una opinión pública favorable. Aunque ahora, después de un tiempo, me doy cuenta de que, en realidad, si los médicos no ven avances y no consideran posible su reinserción, la condena será mayor que la que habría tenido si no se le hubiera considerado un enfermo. Al final podría pasarse la vida ahí metido.

La mujer termina su relato visiblemente emocionada. Julia la ha escuchado atenta, contagiada por los recuerdos que le vienen a la cabeza por su calidez y manera de explicar las cosas. Le recuerda a su madre y siente lo mucho que la echa de menos.

—Al menos puedes ir a verlo, ¿él tiene algún permiso para salir o…?

—Ojalá, de momento no puede salir.

La respuesta de Laura debería haber sido suficiente para que Julia dé carpetazo al asunto, pero está convencida de que es el mismo chico y necesita alguna prueba que lo demuestre.

—¿Cada cuánto son las visitas?

—Pues nos dan dos opciones: o dos visitas semanales de veinte minutos cada una o una de cuarenta.

—Y ¿cuándo piensas ir?

—Pues no lo sé, hija, porque está todavía peor que mi marido, no reacciona a nada. Está metido en su mundo, en una burbuja. Encima yo no conduzco y antes me bajaba andando, pero ahora me cuesta más subir.

—Y ¿cómo haces para hacer la compra?

—La pido en el súper y me la sube un repartidor a casa, empezaron

durante la pandemia y lo siguen haciendo en casos especiales. Creo que también reparten el pan. Pregunta, les queda muy bueno.

—Pues avísame cuando necesites bajar o ir a la farmacia, alguna urgencia o lo que sea.

—Muchas gracias, hace tiempo que no tengo urgencias, por suerte. Pero gracias.

—¿Quieres que te acerque yo? —Laura la mira sin entenderla—. A ver a tu nieto. No me cuesta nada. Puedo llevarte ahora, ¿te dejan entrar con alguien más?

—Sí, cuando mi marido estaba mejor, los dos bajábamos, pero ahora ya…

—¿Podría ir contigo? —Laura la mira perpleja—. Por lo que me has contado, tu nieto, siendo tan joven, tiene que ver más gente. Es que si no le va a pasar como a los indigentes, que a fuerza de que nadie se les acerque o los traten como si estuvieran mal, terminan estándolo. Me encantaría ir y charlar con él, podemos contarle que vivo al lado y, no sé…, cualquier cosa que creas que le pueda interesar y que al menos lo entretenga un rato.

Laura la mira pensativa, parece estar analizando los pros y los contras, mientras Julia cruza los dedos para que la respuesta sea positiva. Quiere comprobar por sí misma su sospecha de que no está tan ausente como aparenta y que, cuando la tenga delante, no podrá disimular el brillo de su mirada ni el deseo entre ambos.

—De acuerdo, pero te advierto que lo que te vas a encontrar es bastante peor que esto —le dice Laura mirando hacia las escaleras.

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