Dulce hogar
Capítulo 12
12
Cuando la guardia de seguridad vuelve de hacer una ronda por toda la parcela sin suerte, le pide a Julia que le cuente todo lo que ha ocurrido. Ella se esfuerza en hacerlo con la mayor precisión posible, aunque todo ha sido tan rápido que no puede darle más información. Ambas están junto a la puerta principal de la casa en la parte de arriba de la parcela. Al terminar, la chica le hace un gesto.
—Espere aquí. —Y se aleja hacia un lado para llamar por teléfono.
Julia vigila ambos lados, temerosa de que pueda volver a aparecer el hombre de negro. A los pocos minutos la vigilante regresa.
—He llamado a la Guardia Civil de la zona, vienen hacia aquí. Espero que vengan Candela y Mateo, son de lo mejorcito que hay.
—Muchas gracias.
—He visto que ya están instaladas las cámaras.
—Sí, vinieron los técnicos esta tarde.
—¿Ha revisado las grabaciones?
—No, no me ha dado tiempo.
Julia saca el móvil y se mete en la aplicación para revisar las imágenes.
La primera cámara que chequean es la que recoge el ventanal del sótano en el que vio al hombre. Rebobina hasta que lo localiza: el monitor está en el plano fijo en el que aparece la cristalera doble, el porche cubierto de césped artificial y la puerta del cuarto de instalaciones en un lateral. Por el otro lado, de pronto, entra en el plano una silueta negra que se acerca hasta pegarse al cristal. Es un hombre de constitución fuerte que lleva puesto un
verdugo que solo deja al descubierto los ojos y la boca. La distancia y calidad de la cámara con el efecto noche hacen que estos rasgos se difuminen bastante y a Julia le resulta imposible identificarlo. En la mano lleva una linterna que mueve varias veces, mientras presta atención al interior de la vivienda. A los pocos segundos una luz se enciende, la silueta del hombre queda más definida, pero las facciones continúan siendo prácticamente igual de imprecisas. El intruso sale corriendo en cuanto es descubierto.
El hecho de poder analizar lo sucedido hace que se dé cuenta de que es una realidad y no una falsa alarma, fruto de los temores que la invaden desde su llegada. El merodeador ha regresado y ella está en lo cierto. Sin embargo, algo le dice que no se dará por vencido y teme que no sea más que el principio de algo que se la escapa de las manos. Pero lo que más le atormenta es no saber el motivo por el que lo hace.
—¿En el interior de la habitación tiene alguna cámara que enfoque hacia ese ventanal? —pregunta la vigilante interrumpiendo sus pensamientos.
—Sí.
Julia busca la que permite acceder a todo el sótano y, al fondo, a la doble cristalera con salida al cuarto de instalaciones y a la parte baja de la parcela, tal y como le ha pedido. Rebobina hasta la misma hora y aparece de nuevo la silueta del hombre, mucho más lejana, moviendo varias veces la linterna mientras pega la cara para mirar hacia el interior. Esta vez las ráfagas de luz cobran un mayor protagonismo atravesando la sala y dibujándose en la pared. A los pocos segundos, en la esquina izquierda, donde está la puerta de acceso a la sala de cine, sale ella, que alarga la mano y enciende la luz de la habitación. Desde este ángulo se los ve a los dos enfrentados, cada uno prácticamente en una esquina de la habitación hasta que, enseguida, el desconocido se marcha corriendo.
—Está claro que en cuanto lo descubres, huye por el lado opuesto por el que ha llegado. ¿El exterior de ambos lados está cubierto por las cámaras?
Por si conseguimos averiguar por dónde sale, pero también por dónde ha entrado y el recorrido que ha hecho. —Julia asiente—. Es que si entra por la entrada principal, podemos lograr las de la calle y tendríamos más probabilidades de verlo con la cara al descubierto.
Julia traga saliva, la idea de descubrir quién se esconde bajo el verdugo le hace darse cuenta de nuevo de que, efectivamente, el peligro es algo real.
Revisan el resto de cámaras situadas en cada extremo de la casa y que alcanzan la mayor parte de la parcela. Solo hay unos cuantos puntos ciegos que no quedan cubiertos.
En un primer momento las cámaras reflejan cómo el hombre se escapa saltando la valla que da al campo por el lado de la casa de Laura. Otro ángulo recoge cómo minutos antes ha entrado por ese mismo sitio, lo cual es una mala noticia porque significa que muy probablemente no tendrán ninguna imagen de él sin el verdugo y, además, confirmaría la teoría de la vigilante de que tiene que ser alguien que vive por la zona y puede llegar a pie a través del bosque.
Cuando están comprobando las cámaras que dan a la calle principal, escuchan que llega un coche. Al momento alguien se apea de él y acto seguido suena el telefonillo. La vigilante camina directa hacia la puerta y abre. Son los dos agentes de la Guardia Civil y por cómo sonríe la de seguridad, Julia entiende que han tenido suerte y que son los que Aldara quería que fuesen. Julia ve cómo se saludan y la mujer, que debe sacarle un par de años, avanza hacia ella seguida por el chico, que seguramente tenga menos de treinta.
—Buenas noches, soy Candela Rodríguez, teniente de la Guardia Civil.
—Mateo, encantado, señora —se presenta el chico pasando de largo
hasta perderse por uno de los laterales de la parcela.
—Aldara —saluda la mujer a la vigilante; el chico le hace un gesto de cortesía—. Nos han llamado porque según tengo entendido ha habido un intento de robo en su casa.
—Así es. Estaba viendo una película en el sótano y de pronto he sentido unos flashes por fuera… He salido y he visto a un tipo muy grande con un verdugo, todo vestido de negro, pegado a la cristalera y enfocando con una linterna hacia el interior. He dado la luz y ha salido corriendo.
—¿Sabe hacia dónde ha ido?, ¿ha vuelto a verlo? —le pregunta girándose hacia la vigilante.
—No le ha visto más, pero tenemos las cámaras de seguridad y se refleja perfectamente lo que describe.
—¿Se le ve la cara en algún momento?
—Solo los ojos y no con demasiado detalle.
—Vamos a necesitar esas grabaciones. En cuanto vuelva mi compañero, tenemos que ir hasta el monitor principal donde se almacenan los vídeos para poder volcarlos, supongo que sabe dónde lo tiene, ¿verdad?
—Sí, por supuesto. Las han instalado esta tarde y me lo acaban de explicar todo.
—Hemos tenido suerte entonces…
—Ayer hubo otro incidente —interviene la guardia de la garita.
—Por la noche, sobre la misma hora, bajé a beber agua a la nevera y, al cerrarla, vi al mismo hombre; muy alto, fuerte, con la cara tapada y todo vestido de negro —continúa Julia.
—Vine enseguida, revisé el terreno, pero no encontré nada. No hay rastro de él en ninguna de las cámaras de la urbanización, luego pensamos que entró y salió por la parte inferior que da al campo y que por lo tanto tiene que vivir por la zona.
—¿Tiene idea de quién puede ser, alguna sospecha?
La guardia lanza una mirada a Julia.
—Tuve un episodio hace un par de días con un hombre, también bastante grande, que me dijo que trabajaba en seguridad de la urbanización y es mentira.
—Doy fe —confirma Aldara.
Aunque Julia ha explicado la que podría ser la versión oficial, en su cabeza aparecen flashes del marido de Paula y del jardinero. Pero lo que cada vez tiene más presente es que pueda ser tal vez el muchacho de la capucha; el pronto que había tenido esa misma tarde le preocupaba. ¿Estaba tan deseoso de estar con ella que se había propuesto entrar en la casa?
—Muy bien, enséñeme, por favor, dónde estaba asomado el hombre —
dice Candela interrumpiendo sus pensamientos.
Julia baja por el lateral de la casa de sus amigos, acompañada de Candela y la vigilante, que alumbra con su linterna. Cuando llegan hasta la salida del sótano donde estaba asomado el intruso, Julia enciende los focos de exterior por domótica.
—El hombre se dirige hacia ese lado y sale por la esquina, luego salta la valla hacia el monte. Se aprecia perfectamente en la grabación —añade la vigilante una vez recreado el incidente.
—¿Han visto más?
—Unos cinco minutos antes entra por ese mismo sitio y sube hacia la parte de arriba. Nos queda ver las cámaras frontales y el otro lateral —
contesta Aldara.
En ese momento las tres mujeres escuchan unos pasos por detrás, son tan rápidos que todas se giran de golpe.
—¡Quieto! —exclama Candela empuñando su arma con las dos manos.
—Tarde, Cande, tarde —responde Mateo, que da un par de pasos hacia
ellas hasta que pueden verlo.
Tiene una mirada triunfal y las manos extendidas simulando sostener un arma, que todas saben que habría disparado mucho antes que su compañera.
Julia aún se está reponiendo del susto, y si no fuera porque el agente es de estatura media, se hubiese planteado si tal vez fuese el hombre que la acechaba cada noche.
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