Dulce hogar
Capítulo 2
2
Cuando Julia abre la puerta del coche, el aire caliente le golpea la cara. El cambio climático es el responsable de que en Madrid, a primeros de octubre, tenga la misma sensación térmica que cuando llegaba de pequeña a Benidorm en pleno agosto. Antes, la humedad y el calor marcaban la diferencia, ahora casi inexistente, entre las dos ciudades. Lleva puesto un pantalón vaquero cortado a mitad del muslo, una camiseta de tirantes blanca y en los pies unas chanclas negras. Por suerte en la zona no conoce más que a una buena amiga, Pilu, con la que había estudiado y trabajado durante casi cinco años, pero que enseguida fue madre y «la retiraron» —como ella siempre bromeaba— a una casa gigante en esa misma urbanización. A esa hora seguramente estará preparando la comida, así que puede pasear sin tener que encontrársela. Pero si se cruza en su camino, le dirá la verdad sin problema: que acaba de llegar y está organizándolo todo. Aunque si por ella fuera tardaría días en llamarla, porque le gusta manejar los tiempos y que no la atosiguen. De ahí viene precisamente uno de los miedos que le provoca vivir en una urbanización a las afueras.
Lleva casi veinte años viviendo en el centro de Madrid y viajando sin parar por el mundo y, aunque ha vivido etapas en las que tuvo una vida social bastante intensa, se considera una persona muy independiente. No le gustan los grupos cerrados, las normas y las obligaciones que acarrean. Le provocan claustrofobia y, por experiencia, sabe que tarde o temprano siempre alguno de los miembros acaba mosqueado. Y es que, como ocurre con las parejas, qué complicado es estar en el mismo punto y con un grado
de compromiso similar para que todos sientan que reciben lo que dan y que no solo se acuerden de una cuando se la necesita. En este sentido le da una pereza horrible tener de vecinos a Javier y Vanesa. Menos mal que se han mudado a Colombia por el trabajo de él y que por lo menos durante una buena temporada Rubén y ella no tendrán que sufrir que les restrieguen por las narices lo perfectos que son y la familia tan bonita que forman. Bastante tiene ya con verlo constantemente en las redes de Vanesa, donde muestra su intimidad de manera exhibicionista. Lo peor de todo es que gracias a ellos han conseguido construir en el increíble terreno en el que van a vivir. Por eso le hierve la sangre al pensar en el poder que eso les da tanto al mejor amigo de su marido como a su mujer, y lo mucho que lo van a aprovechar para recordarles que están en deuda.
Ha dejado el coche a cubierto enfrente de la zona comercial. Justo al aparcar se ha topado con una barrera levantada, ha mirado hacia la garita de seguridad, que está situada a apenas unos metros, pero no ha visto a nadie, así que ha aprovechado la coyuntura. Si hubiese dejado el vehículo al sol, está segura de que al entrar de nuevo al coche su piel habría ardido en llamas.
—¡Qué calor! —le sale del alma nada más poner el primer pie en el suelo.
Allá donde mire el verde es el protagonista. Hay muchísima vegetación por todos lados, además del campo que rodea la zona. Las jardineras cuidadas y las copas de árboles inmensos asoman por detrás de las vallas de las casas. Menos mal que no tiene alergia, aunque cada vez conoce más casos de personas que la han empezado a tener, incluso mayores que ella.
Rubén llorará lo suyo porque cuando le da, se pone como un topo, pero en cuanto salga a correr y haga deporte fuera se le pasará. ¡Anda que no lo conoce bien!
Enfrente está la placita semicircular compuesta por pequeños locales: un supermercado, que extrañamente no pertenece a ninguna franquicia, una farmacia, una floristería, una clínica veterinaria, una papelería, una panadería, una tienda de chucherías, una cafetería restaurante, una pizzería y un sitio de paellas para llevar. El hecho de que contaran con casi de todo y a tiro de piedra fue uno de los motivos que les hizo pensar que era el sitio indicado y que el cambio tan grande que iban a dar se haría más llevadero.
Hoy no ha ido andando para no subir cargada con ese calor, pero es un paseo agradable que piensa convertir en habitual.
Camina hacia el paso de cebra que hay a la derecha, pero tiene que esperar a que pase un autobús de línea que ha llegado antes. Al hacerlo, descubre a una mujer unos años más joven, no debe llegar a los treinta y cinco, esperando al otro lado con un carrito doble en el que van dos preciosos bebés. A Julia se le hace un nudo en la garganta, siempre le pasa cuando se cruza con una madre con su cría. Si además tiene varias, es aún peor. Por mucho que quiera disimular que no pasa nada, no es cierto. Esa imagen la enfrenta al peor de sus miedos: ¿y si nunca llega a tener un bebé?
Bloquea ese pensamiento que la acecha de forma permanente y se esfuerza por sonreír a la mujer cuando están a la misma altura. Ella le devuelve el gesto y, en lo que dura ese intercambio cordial, Julia piensa si en realidad esa desconocida es tan feliz como aparenta. Si se siente realizada gracias a la maternidad o si quizá sus obligaciones por partida doble hacen que se sienta infeliz, frustrada por dejar de lado sus sueños, y esa maravillosa estampa no es más que una cárcel.
Mientras atraviesa la plaza y echa un vistazo al escaparate de la tienda de golosinas, vuelve a pensar en aquella madre y en la frecuencia con que hará el amor con su marido. Seguro que serán pocas, una vez a la semana como mucho. La excusa de los niños era infalible para librarse; Pilu, su
compañera de vuelo y nueva vecina, que tiene dos hijos, siempre se lo dice.
Ella se agarra a estas cuestiones cuando la sangre asoma y se confirma que vuelve a tener el periodo. Intenta pensar en este tipo de cosas, en todos los contras que la ayudan a sobrellevar la decepción. En ese momento, la puerta de la clínica veterinaria se abre y sale disparado un chihuahua enano de color clarito que corre como una liebre. Julia se gira para intentar que el perro no cruce la carretera. Al hacerlo, ve a un hombre de unos cincuenta años, muy alto y fuerte, de pelo negro y barriga prominente, mirándola.
Aunque el sol le da de frente, siente sus ojos achinados fijos en ella.
—¡Muriel! ¡Muriel, quieta! ¡No salgas a la carretera! ¡Stop, stop! —
exclama una mujer un poco mayor que ella, muy arreglada, que sale detrás de la perrita con una correa en la mano.
Julia se vuelve de nuevo y se fija en cómo la mujer avanza hacia su mascota y la ata.
—Buena chica. Es que odia el veterinario, no hay manera —le explica amablemente.
Julia le sonríe, parece una mujer agradable, pero se le congela el gesto al observar que el hombre ha dado un par de pasos más hacia ella y la mira sin ningún disimulo, mientras da una larga calada a un cigarrillo. La señora echa a andar con la perra en ese instante.
—Qué querrá el baboso este —masculla Julia.
Decide no pensarlo más, darse la vuelta y dirigirse al supermercado.
Justo antes de entrar por la puerta confirma que, efectivamente, muy a su pesar, el desconocido sigue observándola. Sin embargo, al darse cuenta de que le ha descubierto, da una última calada a su cigarro y lo tira al suelo.
Después empieza a andar hasta salir de su campo de visión.
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