Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 87 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 5

5

Siempre que se despertaba, ya fuera de una siesta o por las mañanas, se echaba las manos a la cara y se frotaba los ojos. Era un hábito que Rubén repetía de manera inconsciente, como si eso le fuera a espabilar. Sin embargo, cuando abrió los ojos esta vez, algo le impidió estirarse. Había sido tal el impulso con el que lo había intentado, que sintió que se había quemado las muñecas con la cuerda que tenía anudada y que no le dejaba moverse. Lo intentó de nuevo, pero le fue imposible soltarse. Bajó la cabeza y descubrió que tenía otro nudo anudado a los tobillos y que estaba amarrado a la silla. No reconocía el lugar, seguía muy confundido.

La primera impresión no podía ser más horrible, el espacio era muy siniestro: una habitación de pequeñas proporciones con las paredes grises y llenas de humedades. Es más, parecía un zulo propio de los peores tiempos de la Guardia Civil. El suelo era de baldosas blancas con motitas de colores, que no recordaba cómo se llamaba, pero que se usaban mucho en los años setenta y se habían vuelto a poner de moda. Aunque estas no eran nuevas; además muchas estaban partidas y en algunos sitios directamente faltaban y solo había quedado el hueco. Frente a él no había nada, miró hacia arriba y solo vio una bombilla que colgaba de un cable y que era la única iluminación de la estancia. Después desvió los ojos hacia un lado y solo encontró una pequeña montaña de leña llena de telarañas. Y

en el otro lado descubrió que tampoco había ninguna ventana.

El espacio tenía un poco de profundidad y el fondo permanecía en penumbra. Solo diferenciaba una nube de humo que le impedía vislumbrar

lo que había detrás de ella. Rubén utilizó todas sus fuerzas para intentar soltarse, pero no sirvió de nada. Cuando iba a apartar la mirada para seguir reconociendo el lugar, algo captó su atención. Detrás de la nube empezó a distinguir un bulto borroso que al hacerse más nítido identificó como un hombre. El corazón le latió a toda velocidad. Frente a él estaba un desconocido muy alto dando una profunda calada al cigarro que tenía en la mano. Ahora sabía de dónde venía toda esa humareda. Antes de que diera la siguiente calada supo quién era, lo había reconocido: se trataba del marido de aquella mujer, la muerta.

Apenas había aparecido en los medios de comunicación que se centraron únicamente en el chico y en los padres de la fallecida. Sobre todo la abuela fue la que actuó como portavoz y dio entrevistas durante los juicios proclamando la inocencia de su nieto y la petición de justicia para que no ingresara en prisión, sino en un centro en el que fuera curado. Poca gente conocía su cara, pero Javier y él sí. Ambos habían sido visitados por él en su propia casa. Reconocía la intensidad de su mirada, la misma con la que lo miró el día en que se presentó de repente en su parcela mientras él hacía una visita de obra.

El hombre caminó hacia él y le dio una nueva calada al cigarro. De cerca le pareció incluso más alto de lo que recordaba. Tiago le echó el humo en la cara. Rubén cerró los ojos como acto reflejo, pero tuvo que pestañear varias veces por el picor.

— Sabes por qué estás aquí, ¿verdad? —preguntó Tiago inclinando la cara para mirarlo directamente.

Rubén quiso responder, pero sus palabras resultaban ininteligibles. Así que negó con la cabeza enérgicamente. Tiago estiró el brazo hacia él y él echó la cara hacia atrás intentando esquivar un golpe que en realidad no pensaban darle. Su captor solo quería quitarle el esparadrapo de un tirón

y, cuando lo hizo, se le saltaron las lágrimas y pensó que casi hubiera preferido el puñetazo.

— Repito, ¿sabes el motivo por el que estás aquí?

Rubén se pensó la respuesta, estaba muy asustado y empezó a negar con la cabeza de manera exagerada. No podía parar de temblar.

— En el bolsillo del pantalón tengo mi cartera, ahí están las tarjetas, te diré el pin…

— No me tomes por idiota. Mi suegra siempre dice que los que se pasan de listos son los más tontos porque se creen superiores, y llega un momento en que están tan subidos que no son conscientes del ridículo que hacen porque todo el mundo percibe la mierda que son, menos ellos mismos. —

Rubén tragó saliva—. Ella y mi hijo querían estar aquí, pero bastante tienen ya con todo lo que han visto… Como ves, te tengo calado, a ti y a tu amiguito.

Rubén se hizo el tonto mostrándose confundido, como si no supiera de quién estaba hablando.

— Yo no he hecho nada.

— Eso no es lo que me han contado. Esa noche estabas ahí.

— Yo no la quemé, ¡lo juro! He traído todo, en la carpeta veréis que él pagó a Jacobo para que alguien lo hiciera —dice buscándola con la mirada.

— ¿Quién?

— El mismo Jacobo San Juan, la mano derecha de Javier. Un lameculos que hace todo lo que él le manda.

— Como tú, vamos…

— Él fue quien lo hizo. Yo llegué después…

— No me mientas. Aníbal siempre ha dicho que fueron dos hombres. Así que había otro más. No estaba solo.

Tiago lo miró fijamente.

— ¿Qué insinúas? ¡Está mintiendo! ¿Por qué tengo que ser yo? Ya te digo que llegué después, cuando ya había ocurrido todo.

— Eso no es lo que dice él…

— Lo hizo con otro, un currito que también cobró una buena pasta…

Mira la carpeta, tiene que estar todo ahí. Además, normal que escurra el muerto, ¿qué te va a contar Jacobo?

— No nos lo ha contado él —Rubén abrió los ojos expectante—, sino tu amiguito Javier.

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