Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 94 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 12

12

Rubén estaba en el suelo encima del cuerpo sin vida de su amigo Javier. Se habían golpeado mutuamente de la manera más salvaje posible. Todo seguía a oscuras, ellos habían actuado al límite. Les dejaron muy claro que uno de los dos tenía que pagar por lo que habían hecho. Los dos habían colaborado y querían sobrevivir para poder seguir con sus vidas junto a sus familias, era lo único que deseaban a esas alturas.

Le sabía la boca a algo amargo, notaba restos de carne entre los dientes y también un hilo de sangre que discurría por su barbilla. Había conseguido placar a su adversario de una vez por todas, dándole un mordisco en la yugular. Javier se había agitado como un toro desbocado, tratando de soltarse para taponarse la herida, pero él lo había agarrado con todas sus fuerzas hasta que sintió cómo la víctima se desplomaba y él caía encima. De pronto el silencio había vuelto a la habitación, solo escuchaba su respiración agitada y el latido de su corazón a mil por hora.

En ese momento se abrió la puerta y alguien dio la luz. Rubén pudo ver con claridad a Javier muerto con una expresión que daba miedo: los ojos muy abiertos, como su boca llena de heridas y sangre seca. Había sangre por todos lados, pero más en el suelo, debajo del cuerpo de su amigo se acumulaba la que le había salido del cuello. Su aspecto era terrible, tenía heridas y cortes por todos lados. Al fondo de la habitación vio a Jacobo también muerto. Mientras se fijaba en él, sintió cómo alguien lo agarraba del pelo y lo levantaba con brusquedad. Después lo sujetó con las dos manos y lo empotró contra una de las esquinas de la habitación. Era Tiago,

que lo miraba fijamente a menos de un palmo. Rubén ya no tenía miedo, solo suplicaba que lo dejara marchar.

El hombre lo amenazó para conseguir la última información que necesitaba antes de dar su misión por acabada. Una vez que consiguió lo que buscaba, le dio instrucciones de cómo proceder para ser liberado de una vez por todas.

Cuando Rubén escuchó lo que tenía que hacer, se dio cuenta de que aún le quedaba la parte más dura: los niños. Antes de salir hasta el cuarto en el que los tenían encerrados, Tiago le dio una pistola con un silenciador puesto pero sin munición. Después le mostró que él llevaba otra con silenciador pero cargada, y le dijo que no dudaría en usarla si se le ocurría hacer alguna tontería.

— Te estaré vigilando, quiero que sientas mis ojos en tu nuca todo el tiempo. No lo olvides en ningún momento.

Tiago abrió la puerta, encendió la luz y Rubén se encontró con las miradas de terror de Beatriz y Carlos. Junto a ellos había un montón de toallas entre las que descansaba Estrella. La bebé estaba tapada y con varios biberones a su lado. Los niños estaban cegados por la luz y, en cuanto vieron a Rubén, su expresión cambió. Tenían esperanza. Pero duró poco esa sensación cuando el mejor amigo de su padre, aquel con el que habían jugado desde niños, los apuntó con una pistola y les pidió que lo acompañaran.

— Tranquilos, os voy a llevar con vuestros padres. Todo va a estar bien.

Los liberaron y le dieron a la bebé a Carlos para que la llevara en brazos. Delante iba Beatriz y detrás el niño con la cría, en fila india. Rubén también percibió cómo arrastraban algo por el pasillo y dedujo que alguien estaba sacando los cuerpos de Javier y Jacobo. El frío de la noche les golpeó el rostro. Los niños no paraban de llorar. Carlos agarraba a su

hermana pequeña con fuerza. Deseaba ver a su padre para que le hiciera una de sus gracias, que tanto echaba de menos. Beatriz caminaba desconfiada, sintiendo cómo la pistola rozaba su espalda cada vez que daba un paso más lento que el anterior. No entendía qué estaba pasando ni si Rubén los estaba ayudando o si era una encerrona. El amigo de su padre no la dejaba que se diera la vuelta para mirarlo. Recordaba que, cuando había buscado sus ojos mientras estaban en el cuarto, solo había encontrado una mirada fría que no era capaz de reconocer. Sin dejar de llorar, suplicaba que todo fuera una pesadilla y que pudiera despertar en su habitación de Colombia para salir a tomar un batido con sus amigas y grabar unos TikToks.

— Rubén, por favor, suéltanos. Queremos ir con nuestros padres, ¡por favor!

— Estamos yendo. ¡No hables!

Les hizo un gesto para que bajasen por la parcela, siguiendo las instrucciones de Tiago, hasta que vieron una mano que les hacía una seña abajo del todo. Carlos y Beatriz pensaron que era su padre y sonrieron, pero cuando dieron un par de pasos más se dieron cuenta de que no era él, sino el chico que acompañaba a la señora mayor que les llevaba algo de comer y daba el biberón a Estrella.

Rubén vio que el muchacho le sonreía y bajaba el arma. Él le devolvió la sonrisa, había cumplido su parte y solo quería largarse de ahí cuanto antes. Se apartó de los chicos, sabiendo que al final todo había salido bien, pero un disparo del arma con silenciador que llevaba Tiago interrumpió el momento.

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