Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 47 de 103

Páginas del PDF

Dulce hogar

Capítulo 3

3

Julia se incorpora y lo llama con la esperanza de que esté en el baño.

—Rubén… —repite su nombre una y otra vez—. Rubén…

Al no obtener respuesta enciende la luz de la mesilla, agarra el móvil y sale al pasillo. Toda la casa está a oscuras salvo por la pequeña lamparilla que dejaron encendida en una de las mesas auxiliares del salón. Baja las escaleras y de camino divisa otra vez algo que la inquieta: entre la más absoluta oscuridad que reina en el monte, brilla una llama. Por primera vez la ve con claridad, es más grande que la que surge de un mechero encendido, pero no tanto como la de las antorchas de la pesadilla que acaba de tener. Aun así el miedo es el mismo, la persona que la ha encendido cada vez está más cerca de la casa y tiene que ser por alguna razón. Continúa bajando peldaños y vuelve a llamar a su marido.

—¡Rubén!

Entonces se fija en que hay una luz encendida en el sótano. Va hasta la cocina para coger un cuchillo enorme de porcelana y se dirige sigilosa hacia allí. Al llegar a la planta del sótano, se da cuenta de que la luz procede del cuarto que tienen como trastero, donde están las cajas que todavía no han abierto ni organizado, y también las herramientas, los rollos de plástico enormes y de cinta adhesiva para cubrir los objetos y cosas de la mudanza que habían guardado ellos.

—¿Rubén? —vuelve a repetir.

—Sí —contesta por fin.

Efectivamente la voz procede de esa habitación, Julia camina hasta la

puerta, que está abierta, y encuentra a su marido de cuclillas en el suelo terminando de guardar unas carpetas en una de las cajas. Tiene varias al lado e intenta ocultarlas.

—¿Por qué no me contestas?

—No me he enterado, perdona. Salía ya.

—¿Qué estás haciendo a estas horas? —pregunta extrañada.

—Nada, que tengo que presentar todavía unos documentos al ayuntamiento y no podía dormir por la siesta que me he echado. Dándole vueltas en la cama, he pensado que igual había tirado lo que me piden en la mudanza. Pero está aquí, menos mal. Le he hecho fotos con el móvil a todo, porque como los perdamos, estamos bien jodidos. —Julia sigue asustada—.

Quita esa cara de susto, anda. Tranquila.

—No es por eso, hay alguien fuera con un mechero, lo que te conté. La llama está cada vez más cerca.

Rubén se incorpora rápidamente.

—Mañana coloco todo bien, no lo toques tú, que lo tengo ya organizado.

Apaga la luz y la adelanta para subir corriendo las escaleras y llegar cuanto antes al salón. Julia va detrás de él, pero al entrar a la estancia y mirar hacia afuera, la luz ha desaparecido, ya no hay ninguna llama que brille en la oscuridad. Rubén la agarra del hombro y juntos suben a la habitación. Se meten en la cama de nuevo y él la rodea con sus brazos; abrazados los peligros son menores. A los pocos minutos Julia está levitando. Su mente se ha relajado, pero no se duerme del todo. De nuevo vive otro sueño.

En él se encuentra de pie en el extremo del desbordante de su piscina.

Mira al frente con la mirada perdida y los brazos abiertos en cruz. Frente a ella, desperdigados en la oscuridad del monte, están otra vez el chico de la capucha, el hombre del verdugo, el jardinero, su vecino Javier, Jacinto

fumando, el marido de Paula, el terrorífico conejo Sweet Bunny, el peluche blanco que se lleva a los niños… Todos portan una antorcha encendida.

Julia parece abstraída y no se altera por su presencia, hasta que empieza a poner los ojos en blanco. Continúa parada, de pie en el desbordante, pero puede ver el interior de su habitación. Allí está ella misma acostada en la cama junto a su marido. Escucha su propia respiración. De pronto pega los brazos al cuerpo, en tensión, y no deja de temblar, erguida sobre el desbordante. Abre y cierra los dedos de las manos, estirándolos al máximo.

Sus ojos están abiertos como platos, parece que van a salir disparados del óvalo de la cara. En la habitación, el chico de la capucha está de pie, pegado a la cama observándolos con detenimiento mientras duermen. Pero Julia sigue en la piscina sin moverse y, con los ojos otra vez cerrados, grita con todas sus fuerzas. Cuando los vuelve a abrir, a los demás extraños se ha unido alguien más. Todos están en el bosque. Delante de la enorme encina está también su marido con otra antorcha en la mano. Julia le sonríe, pero él no la reconoce. Su mirada es fría, casi robótica. Entonces él baja la antorcha hasta sus pies y se prende fuego. Las llamas se reflejan en las pupilas de Julia, que no puede más que gritar y llorar hasta que por fin da un paso al frente y cae al vacío.

Cuando abre los ojos, se siente aliviada al darse cuenta de que no era más que otra pesadilla. Estira el brazo para abrazar a su marido y no consigue tocarlo, palpa y palpa hasta que se da cuenta de que se ha vuelto a levantar.

Sin pensarlo dos veces, sale de la cama escopetada. Quizá no sea justo pagar con Rubén que ella no pueda dormir bien, pero desde luego dejarla sola constantemente contribuye a incrementar ese clima extraño que se ha impuesto entre ellos después de los acontecimientos recientes.

—¡Rubén! —grita con fuerza asomada a la barandilla de cristal del recibidor—. ¡Rubén!

Como no responde, mira las cámaras desde la aplicación del móvil y no hay ninguna luz encendida en la parte de abajo ni en otra habitación de la casa. ¿Dónde diablos se ha metido? Antes de bajar el primer escalón de las escaleras, un ruido en el exterior de la entrada le hace frenar en seco: es el llanto de un bebé. Cree que puede ser el maldito gato de siempre, pero, conforme lo oye más, le parece que ahora sí suena como un bebé humano.

En ese breve lapsus el llanto suena cada vez más desconsolado, agudo y hasta distorsionado. Julia se dirige hasta el vestíbulo de la entrada y enciende la luz de fuera. Abre lentamente la puerta hasta que puede ver el camino de peldaños que llegan hasta ella. No hay nadie y el llanto ahora suena más lejano, como si viniera de la parte que da al monte. Sale sigilosamente y se asoma al lateral de la parcela, el que da a la casa de Javier y Vanesa. Todo está en calma, aguanta unos segundos más y entra de nuevo. Al cerrar tiene la seguridad de que lo que ha escuchado no es el maullido de un gato y no se quita de la cabeza que sea el llanto de Estrella, la bebé de sus vecinos. Cierra la puerta con llave y, cuando deja el llavero sobre la bandeja dorada que tienen en la consola de la entrada, ve que hay una nota doblada. La abre y lo primero en que se fija es que está firmada por su marido.

OceanofPDF.com