Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 88 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 6

6

Era sábado por la tarde, después de comer. Julia y Rubén habían almorzado en una terraza con los padres de él. La sobremesa se había alargado y, pese a que se moría por encerrarse en su piso del centro de Madrid, con el aire acondicionado a tope, y echarse una buena siesta, había cedido a los encantos de su mujer y la había dejado conducir para llevarlo a «un sitio sorpresa». Rubén no tenía ni idea de adónde se dirigían y cuanto más se alejaban, más marciano le parecía todo. Llegó a pensar que la sorpresa era una noche de hotel en la sierra o incluso algo más lejos, pero su destino estaba a menos de veinte minutos. Al aparcar el coche, se topó con una pradera asilvestrada que daba al monte cerca de un chalet. El paisaje era muy bonito, pero hacía tanto calor que no le apetecía nada bajarse del coche.

— ¡Ven! —exclamó ella, cada vez más nerviosa y buscando su complicidad.

— ¿Qué hacemos aquí?

— ¿Qué te parece? —le preguntó, traviesa, bajándose del vehículo—.

¡Ven, sal!

Rubén salió a regañadientes.

— Me estoy achicharrando y nos vamos a abrasar, el sol pega muchísimo.

Julia lo agarró de la mano y lo llevó hasta la sombra que daba una frondosa encina que se colaba del terreno de al lado.

— ¿Te imaginas vivir aquí? Podríamos construirnos la casa de nuestros

sueños…

— Cariño, esto es espectacular…

— Es que mira qué vistas…

— Sí, sí…, son una locura. Pero es que estamos en Mordor y a mí me gusta vivir en el centro, poder ir andando a los sitios, la inmediatez para hacer planes, tener a los amigos cerca… y ¿el aeropuerto? Desde aquí, como haya tráfico, voy a tardar una eternidad.

— Si hay tráfico, reconócelo, desde todos lados vas a tardar una eternidad. Hazme caso… Tú mira qué vistas, ¡qué paz! No vamos a encontrar nada así, tan cerca del centro de Madrid. Cariño, necesito salir de allí, no puedo más. Me estoy ahogando, las cosas no nos están yendo bien…

— No nos está yendo bien una en concreto, no «las cosas…».

— Sabes a lo que me refiero.

— Pero ¿tú eres consciente del Cristo que es construir una casa? Eso es peor que un parto…, perdón.

— Yo quiero formar un hogar aquí. Es el lugar indicado para resetear e intentarlo de nuevo tranquilamente… —Él sabía que era cierto que si seguían así, podían acabar mal de la cabeza.

Cada mes que pasaba, Julia seguía sin quedarse embarazada y se estaba convirtiendo en una verdadera losa para ambos, sobre todo para ella.

Sentía que estaban en un punto sin retorno y Rubén terminaba por hacer lo que siempre hacía: darle a su mujer todo lo que necesitaba para hacerla feliz, porque si estaba fallando en lo principal, tenía que intentar compensarlo.

— Esto es el paraíso, mataría por vivir aquí —continuó Julia.

Rubén le acarició el pelo y le agarró la cara con las manos para darle un beso lleno de amor.

— Además, aquí tampoco creo que se pueda construir…

— Eso no lo sabemos…

Rubén miró extrañado a su mujer, que le puso ojitos, conocía esa cara.

— ¿Qué quieres que haga?

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