Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 41 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 15

15

El momento más esperado llega cuando escucha una llave que entra en la cerradura de casa. La puerta no se puede abrir porque ha dejado la suya puesta por dentro. Suena el timbre. Julia gira la llave muy nerviosa y se encuentra a su marido. Rubén sonríe y ella lo mira y, como si lo viera por primera vez, se queda prendada de su imponente presencia. Su conciencia interrumpe el momento para recriminarle su acción; ha estado tan excitada por la idea de volver a verlo que no ha preguntado ni mirado antes de abrir.

Al otro lado de la puerta podrán haber estado los hombres que tanto miedo le hicieron sentir esos días. Pero, al final, su marido se había retrasado y no aguantaba más.

Lo cierto es que si no llega a ser de día y se encuentra con su silueta, le hubiera dado un infarto, porque Rubén es igual de alto y grande que todos ellos. Él la besa en los labios y a Julia le llega un fuerte olor a tabaco. Es evidente que en su ausencia ha estado fumando. Los besos se acaban y Julia acompaña a Rubén al vestidor para que se cambie, intentando no obsesionarse con que fume. Él deja la maleta a un lado y coloca las llaves, la cartera, el teléfono y unas monedas sobre una de las baldas.

—¿Y eso? —pregunta Julia al ver que su marido tiene un reloj inteligente de la misma marca que su móvil—. ¿Es lo último?

—Estaba hasta las narices de pasar todo el día pendiente del móvil, lo tengo sincronizado y puedo verlo todo, pero no me tiro una hora. Lo necesitaba.

—Ya, ya…, pues para tener todo tan a mano a mí luego no me respondes.

—Porque lo compré en el aeropuerto de vuelta… —Julia se da por vencida, sabe que con las pijadas de la tecnología tiene la batalla perdida—.

Si te portas bien, te compro uno —le dice sonriente mientras comienza a desvestirse.

Ella le responde con miradas juguetonas que alaban su torso musculado.

Él está encantado.

—¡¿¿Qué??! Tienes ganas…

—No sabes cuántas…

Julia avanza hasta su marido y lo besa en los labios, pero él se aparta un momento y le lanza una pregunta:

—¿Están estos?

—¿Quiénes?

—Javier y Vanesa…

—Que yo sepa no, ¿por qué?

—Creo que me dijo que venían ahora al cumpleaños de su madre y…

—Sí, ella ya lo ha puesto en Instagram, lo de que vienen, pero no sé cuándo. Tranquilo, que como sube hasta cuando caga, seguro que nos enteraremos…

—Querían ver la casa y que fuéramos a cenar algún día antes de irse.

—Genial, para que nos restrieguen que la nuestra es la mitad que la suya…, por no hablar de nuestra familia…

Se hace un silencio.

—Ni caso —dice Rubén para quitar hierro—. Ya los conoces…, pero sabes que nos vienen muy bien. A ver qué fantasmada nos cuenta Javi esta vez.

—Pues no los he visto, ya te lo he dicho.

Julia lo besa otra vez con mayor insistencia para que ninguna

conversación le quite el protagonismo y mucho menos si es sobre sus

«amiguitos». Luego baja por la barbilla y se para en el cuello.

—Espera, espera…, que acabo de llegar… —dice Rubén, separándose.

—Ya no te pongo, es eso —responde juguetona.

Una parte de ella sabe que está forzando el momento. Parece que necesita reafirmar toda su relación de un plumazo y aniquilar la tormenta de sentimientos que le ha despertado el chico de la capucha. A Rubén no le da tiempo a decir nada, el timbre del telefonillo se le adelanta. Julia va a responder extrañada, hasta que la imagen de la cámara exterior muestra a un repartidor con una cesta envuelta con un lazo…, ¡es el brunch!

—Le abro —responde Julia—. ¡Tengo una sorpresa! —le dice a su marido con ilusión.

La cesta está tan cargada que necesita sujetarla con las dos manos. La presentación es impecable; todo está estudiadamente colocado y tiene una pinta buenísima.

—Espero que tengas hambre.

Rubén sale a su encuentro con una camiseta y un pantalón corto de chándal. Cuando ve de lo que se trata, le cambia la cara.

—Mucha cosa veo ahí…

Se fija en el interior de la cesta, que se ve perfectamente a través del plástico transparente en la que está envuelta.

—Ya verás… —Julia se dirige hacia las escaleras para bajar y tomarlo en la mesa del porche que tiene preparada—. Vamos.

Una vez que quita el envoltorio y empieza a sacar todos los manjares, se gira para ver la reacción de su marido. Para su sorpresa, este sigue con cara de póquer.

—A ver, ¿qué pasa? —pregunta viéndolas venir.

—Ya sabes lo que pasa. La mitad de todo eso no lo puedo comer.

—Sí puedes, es solo que no quieres.

Ambos guardan un pequeño silencio tratando de cuidar sus intervenciones porque saben perfectamente dónde desemboca esa conversación la mayoría de las veces. Julia está en forma, se cuida y hace deporte, pero no vive esclava de su físico. Su marido es diferente: mide la grasa de sus alimentos y los minutos exactos de deporte que tiene que hacer después para quemarlos, por ejemplo. Es un adicto al crossfit y necesita salir a correr y a montar en bici casi como una droga. En resumen: el poco tiempo que tiene libre lo dedica más a cuidar su cuerpo que a ella.

—Ya lo hemos hablado muchas veces; son metas, cariño. No puedo ceder ahora o todo el sacrificio y lo que llevo entrenado se irá a la mierda.

Bastante me cuesta ser riguroso fuera de casa, como para que encima me pongas trampas aquí y me lo hagas más difícil.

—Pero ¿qué metas? Es que no lo entiendo, ni que fueras a posar para un calendario o tuvieras un desfile en ropa interior… o es que buscas enamorar a todas las vecinas… tú dirás.

—Déjalo, porque no nos vamos a entender.

Rubén entra de nuevo en el salón, Julia le corta el paso.

—¿Ni siquiera te vas a beber el zumo? ¿También engorda mucho o qué?

—Ahora me lo tomo…

—¿Adónde vas entonces?

—¡A mear! Dame una tregua, que estoy matao.

Rubén entra al baño y deja la puerta abierta. Julia lo espera apoyada en la isla de la cocina, desde ahí puede verlo orinar de espaldas. Escucha también el sonido de una notificación. Su marido coge el móvil y empieza a leer algo. A los pocos segundos sabe que ha terminado de hacerlo porque su cabeza ya no mira hacia abajo sino al frente, parece pensativo. Entonces vuelve a mirar el teléfono y se mantiene así sin escribir nada ni grabar

ningún audio. Se ha quedado completamente quieto. Un rato después, Rubén se guarda el teléfono en el bolsillo, se coloca bien el pantalón y tira de la cadena. Julia se da cuenta de que su rostro ha cambiado.

—Voy a ir a correr un rato —le dice mientras coge la botella de zumo de naranja.

—¿Ahora? ¿No estabas cansado?

—Pero sé que, aunque me meta en la cama, no me voy a dormir. Prefiero cansarme para echarme una siesta y estar bien. Que no quiero empezar cruzado, y sé que gran parte de la culpa es mía, que no lo estoy poniendo fácil.

—Y ya de paso vas a fumar, ¿no? —Él sigue subiendo las escaleras sin contestar—. Pues nada…, no lo entiendo, si ya lo habías dejado. Nos han explicado veinte veces que el tabaco puede disminuir la capacidad de los espermatozoides de fertilizar los óvulos. Que pierden calidad, cantidad y movimiento, y tú sigues…

—Ahora vuelvo.

—¡Espera! —exclama ella—. ¿A ti no te dieron un mando para el aparcamiento de la urbanización?

—Sí, me lo dieron.

—¿Solo uno? —Él se queda un segundo en silencio, es evidente que Julia está aprovechando el cabreo para echarle algo en cara—. Lo digo porque me han dicho que son dos por vivienda y, dado que la que bajo a hacer la compra soy yo, sería un detalle que me dejaras uno antes de salir otra vez.

En una situación normal Julia le hubiese contado el incidente con

«Jacinto», pero no tiene ninguna gana de escuchar lo mucho que exagera y cosas por el estilo, como si estuviera perdiendo la cabeza. Rubén no responde, pero lo escucha caminar hacia el dormitorio.

—Ahí lo tienes. Lo dejo en la consola de la entrada.

Rubén cierra la puerta. La respuesta que ha obtenido Julia la deja sin palabras y, enseguida, rompe a llorar. Ella también está agotada, aunque reconoce que no está bien y que podría estar magnificando las cosas. Pero más allá de todo esto, lo peor es que sabe que la actitud de su marido no es normal. Siempre ha sido muy intuitiva, se ha pasado media vida trabajando cara al público y tiene la capacidad de saber cuándo alguien miente. A Rubén lo conoce demasiado, y sabe que la razón por la que se ha ido precipitadamente no es el cansancio, sino el mensaje que ha recibido. Y

solo quiere saber qué coño habría escrito en él.

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