Dulce hogar
Capítulo 6
6
Julia no se puede creer lo que ha escuchado.
—¿Cómo? —pregunta.
—Si se acaba de mudar, igual no lo sabe, jefa.
—Hace unos años hubo un incendio aquí. —Julia asiente asustada—. ¿Y
no sabe lo que ocurrió?
—No, algo me comentaron, pero poco más…, que hubo un incendio y que afectó a gente de la urbanización. Entendí que debió de ser algo trágico, pero no quise preguntar, no me podía imaginar…
—Nadie se puede imaginar algo así —continúa Candela—. El incendio fue provocado por un chico que quemó a su propia madre.
—El parricida pirómano —añade Mateo abriendo mucho los ojos y dotando de misterio con la voz al apodo que le habían puesto.
—Por lo visto el chico debía de ser un pieza, dicen que a la madre la tenía harta. Se dedicaba a robar motos y a meterse en líos. Una madrugada ella lo estaba esperando fuera, como hacía siempre, pero él decidió que sería la última: llevaba una garrafa de gasolina, la roció con ella y le prendió fuego hasta que la calcinó viva.
Todos guardan unos segundos de silencio. Es una historia terrorífica.
Julia está impactada: morir a manos de tu hijo es lo peor que a una mujer le puede pasar… Sin embargo, nada más oírlo visualiza la imagen de la llama resplandeciente en mitad del monte por la noche, cada vez más cerca de su casa. Está aterrorizada y piensa que el chico de la capucha podría ser el parricida. Por el día la provocaba sexualmente y por la noche… ¿la estaba
amenazando? ¿Lo habrían soltado y planeaba incendiar su casa? Pero ¿qué hacía dentro de la casa de Javier y Vanesa? ¿Se había colado durante la batida solo para demostrarle lo que era capaz de hacer?… Entonces Julia se da cuenta de que los agentes la observan de una manera diferente, casi inquisitiva.
—Sabe que no tiene mucho sentido lo que… —le dice Mateo antes de ser interrumpido por Candela.
—Quizá lo está confundiendo o sea otro joven parecido a él.
—¡No! Es él, estoy convencida. Aún no les he contado todo: desde la primera noche que pasé aquí, he visto a alguien en mitad del monte con una llama. Debe de ser un mechero o algo que prenda más. El caso es que cada día aparece más cerca. Anoche estaba casi a la altura de la encina. —Señala el árbol—. Es horrible, hasta sueño con ello. En mi cabeza estaba lo del incendio, pero no sabía que fue provocado. Ahora está claro, ¿no? Miren el dibujo. Si dicen que es él… —Julia se frena cuando se da cuenta de que está tratando de convencerlos. Cuanto más analizan cada una de sus palabras, más nerviosa se pone y sabe que resulta disparatada, y más aún después de la explicación tan forzada que ha dado sobre por qué ha esperado un día para avisarlos de que había visto al chico. Es consciente, pero no ha podido parar hasta ese momento en el que quizá ya sea demasiado tarde. Le da tanta rabia que no lo vean tan claro como ella. Es evidente que se han cambiado las tornas y siente como si la estuvieran poniendo en tela de juicio. Está muy incómoda—. Tienen que haberlo soltado, si está en la calle…
—Lo siento, pero estamos en mitad de una investigación importante —la corta Candela—. Tenemos que dar con sus vecinos. Le agradezco su colaboración, nos va a ser de gran ayuda lo que nos ha contado. Nos guardamos el retrato…
—Pero debería preocuparme, ¿cree que vendrá a por mí?
—No se preocupe por el pirómano, no volverá, es imposible. Nos llevamos el retrato para intentar averiguar cómo pudo entrar en la casa.
Julia los acompaña hasta la puerta de salida y se da cuenta de que esta vez Candela y Mateo se despiden de una manera mucho más fría, sin repetirle siquiera que los llame si vuelve a ver al chico. Es probable que no la consideren una testigo fiable y no la tomen en serio. Entonces una duda asoma a su mente, algo que altera de nuevo su estado de nervios: ¿qué había sido oficialmente del parricida para que Candela afirme con tanta rotundidad que es imposible que vuelva?, ¿dónde está ahora?
Antes de entrar en su casa le suena el móvil. Mira la pantalla y es Pilu, su táctica ha surtido efecto. Su amiga está más receptiva que la vez anterior, parece afectada por lo que le ha contado y quiere saber qué más tiene que decirle. Julia le explica todo lo que ha ocurrido, incluido el inminente episodio con los agentes de la Guardia Civil, y cuando termina, su amiga no dice nada.
—¿Pilu? ¿No me has escuchado? ¡Creo que el parricida, el chico que quemó a su madre, me está acosando y puede haberles hecho algo a mis vecinos!
—Pero ¿qué dices, Julia? —exclama finalmente su amiga—. A ver…, tranquila, que vivas en la parcela donde sucedió todo no significa que vaya a repetirse.
Julia siente que el suelo se abre bajo sus pies.
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