Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 19 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 18

18

Después de entrar por la puerta principal de su casa y girar la llave con tanta fuerza que por poco consigue darle una vuelta más de la que es posible, Julia llama a su marido para contarle todo de lo que se ha enterado en el desayuno. Querría haberlo hecho mientras volvía a casa a pie, pero se le había hecho bastante «cuesta arriba» literalmente, y no hubiera sido capaz de articular palabra. Al tercer tono sin obtener respuesta sospecha que Rubén no se lo va a coger. Cuelga, no quiere insistir, sabe que estará trabajando y que no puede contestar. Sin embargo, en menos de un segundo, cambia de opinión y lo llama de nuevo. Si lo tiene delante, que por lo menos vea que necesita hablar con él, porque ¿y si alguna vez lo hace por una necesidad real, una urgencia, y ocurre algo grave por no responderla?

Al cuarto tono cuelga mosqueada. Pasa, no quiere estar encima. Ya ha hecho lo que está en su mano, verá la llamada y se la devolverá cuando pueda o le dé la gana. Cuando le sucede esto, ni se plantea escribirle o dejarle un mensaje, porque sabe de sobra lo que ocurrirá después: que pasará el resto de la tarde esperando una respuesta, mirando el móvil cada dos minutos para ver si lo ha leído o no. Odia entrar en ese juego, y hace que se sienta débil. No quiere parecer una víctima, una pobrecita dependiente que no sabe hacer nada sin él o sin su aprobación. Se niega.

Quiere disfrutar también sin su marido.

Para conseguir olvidarse, sabe que la mejor terapia es estar entretenida, así que decide organizar bien el vestidor. «Lo primero es lo primero», piensa para sí misma bromeando. No le cuesta decidir dónde colocar las

prendas y reconocer de un vistazo las que considera que deben ir en otro lugar. La tarea se le hace amena, encuentra cosas que ni recordaba que tenía y se da alguna que otra alegría cuando al probarse un trapito de hace siglos, comprueba que le queda incluso mejor que cuando era una cría.

Aunque la verdadera clave es la conversación que entabla consigo misma en voz alta. Si no le va a contar nada a su marido, verbalizarlo, haciendo las valoraciones pertinentes, es la mejor terapia. Disfruta desahogándose, es una verdadera experta. Lo hace hasta cuando va a hacer la compra. Está tan acostumbrada a ello que es muy frecuente que alguien se quede pasmado al verla, pensando que se le ha ido la cabeza totalmente. Y es que, en resumidas cuentas, menuda presentación en sociedad ha tenido. No ha faltado detalle. Durante el desayuno ha sufrido una emboscada en toda regla, aunque, al final, con tanta historia, a cada cual más turbia, le habían hecho un gran favor porque ahora tiene muy claro que donde más segura se siente es en su casa. Lo más desagradable fue la pregunta que le hizo Eva, la que llegó al final, nada más presentársela. Por supuesto, antes le hizo la del millón: si tenía hijos. Ella le contestó que no, que no tenía ninguno. Así que Eva puso la guinda.

—¿Por qué no os animáis a tener hijos? Los niños dan mucha alegría y necesitamos vidilla… —le había soltado con todo su coño.

Por acostumbrada que esté, es inevitable que a veces reciba este tipo de preguntas o comentarios como un puñetazo fuerte en el estómago lanzado a mala fe cuando el árbitro se despista en el ring. Le habían entrado unas ganas enormes de ponerse a llorar, pero no les regaló esa comidilla. Por años que cumpla, con todos los casos que hay, sigue sin poder entender cómo hay tanta gente que todavía hace preguntas relacionadas con la paternidad y la maternidad con tanta ligereza, sin conocer las circunstancias de la persona a la que se ha «agredido». Porque para ella no es otra cosa que

una agresión. Demuestran tal falta de sensibilidad y de empatía que le cuesta creer que alguien pueda hacerlas de una manera tan trivial. Con la de mujeres y hombres que no pueden ser padres… Aunque quiere creer que no siempre es a propósito y se consuela pensando que debe ser porque muchas veces uno no cuenta el problema y los demás no son conscientes o no lo tienen presente. Si bien esto ya no debería ser una excusa, con la de casos que hay y lo mucho que se habla de ellos en los medios. Además, por otro lado, ¿y si hubiera decidido que no quería ser madre? ¿Quién era Eva, a quien acababa de conocer, para valorarlo diciéndole que se tenía que animar? ¿Acaso esa vidilla y alegría de las que hablaba no se podían obtener sin parir? Ella había sido muy feliz tanto los años que había estado soltera como los que no. Es un tema de prioridades, de decisiones en la vida, y hay que tener libertad para decidir sobre la tuya sin ser juzgado ni sufrir valoraciones de pacotilla, más aún sin conocer los detalles. ¡Hay que ser más prudente, joder! Y eso que siendo amigas de Pilu, está segura de que formarán parte de lo mejorcito de la zona.

Después de todas las historias, a cada cual más siniestra, y esa puntilla, le había costado la vida disimular su evidente negativa cuando le pidieron que se apuntara a pilates con ellas. «Es nuestro ritual, como una terapia. Te va a encantar», le habían dicho. El hecho de que necesitara el carnet de la urbanización y una serie de trámites jugó a su favor para dejarlo en el aire, para «cuando me instale en condiciones». Ni loca se apuntaba; era precisamente lo que quería evitar: meterse de lleno en el grupo de madres, encima sin serlo, para llevarse todo lo malo sin disfrutar de lo bueno.

Prefería seguir a su bola y ver a Pilu tranquilamente cuando le apeteciera.

Al fin y al cabo, en este instante, lo que ocupa su cabeza es la sucesión de acontecimientos extraños que le han pasado desde que llegó a su nueva casa y la posible relación con todos esos hechos horribles que, en realidad, no

deberían tener nada que ver. Pero lo cierto es que ahora, cuando le viene la imagen de un fuego, con sus llamas, el humo y la ceniza, se pone mala.

Piensa otra vez en su marido, cuando regrese y empiece a fumar a escondidas, y eso le recuerda al vigilante encendiendo su cigarro y con la vista fija en ella. También le viene a la cabeza la llama que había visto por la noche, que parecía un mechero encendido. No quiere echar más leña al fuego dándole vueltas a lo raro que es el tal Jacinto o a lo sexy que era el chico que la miraba desde el monte anoche… Sin duda la llama tendría que ver precisamente con eso: un chaval fumándose un cigarro a escondidas o alguien saliendo a fumar para no dejar el olor en casa. Si no le hubieran contado la historia del incendio, no le resultaría tan inquietante.

Llaman al telefonillo y suena un par de veces más hasta que llega a la pantalla desde donde se ve la calle. Mira y pregunta, pero no ve nada ni responde nadie. Abre la puerta de la entrada y pregunta de nuevo desde ahí; al hacerlo se fija en que hay un sobre marrón tirado al lado del buzón. El repartidor ha debido de lanzarlo. Al cogerlo se fija en que no pesa nada, no tiene remitente y tampoco destinatario. Lo abre y no hay nada. Mete la mano y toca algo suave, entonces saca los dedos y descubre que los tiene grises. Vierte parte del interior sobre su otra mano y se da cuenta de que lo que hay dentro son cenizas. Julia corre hasta la puerta otra vez, la abre y mira hacia ambos lados de la calle para ver si descubre a la persona que lo ha dejado, pero no hay ni un alma. Cierra y vuelve a entrar en la casa con la duda de si se trata de un error o si realmente alguien se lo ha lanzado y con qué intención.

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