Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 20 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 19

19

Julia está sentada en mitad del suelo del vestidor con las piernas cruzadas, el móvil en la mano y mirando hacia el lucernario que hay en el techo, como si el cielo encapotado fuera a darle la respuesta que necesita a la pregunta que lleva haciéndose los últimos cinco minutos: ¿debe llamar a Pilu para contarle lo que acaban de dejarle en su casa o se convertirá en carne de cañón para tener a su grupito de amigas cotilleando y todo el día pendientes? No, ni hablar. Cuanto más lejos las tenga, mejor.

La pantalla del móvil se ilumina y suena el tono de que ha llegado un nuevo mensaje. Piensa que es su marido y se pone contenta, pero la alegría se desvanece al segundo cuando comprueba que se trata de la notificación de una llamada perdida. No lo entiende, alguien ha llamado y no ha podido ponerse en contacto con ella cuando el teléfono ni siquiera ha sonado.

Como si hubiera estado comunicando o no tuviera cobertura. Mira y confirma que sí la hay. Un mensaje aparece en la pantalla. Es de la empresa de domótica para avisarla de que al día siguiente por la tarde irán a instalar las cámaras. Al final del texto adjuntan un teléfono para cambiar la cita.

Aunque le hubiera gustado tener noticias de Rubén, que vayan a instalar el sistema de videovigilancia es una buenísima noticia.

No baja a comer hasta pasadas las tres, aunque suele tener un horario de lo más europeo. Pero, al final, cogió carrerilla y se puso a redistribuir también la ropa de Rubén y todos los complementos. Se le ha echado el tiempo encima. Repite el gazpacho y se prepara una ensalada rápida.

Decide salir a la mesa del porche, aprovechando que el día está bastante

nublado y no tiene riesgo de ponerse como un cerdito rosado en cuestión de segundos.

Mientras mastica se fija en el paisaje, no vislumbra a nadie caminando por una ruta que, según ha cotilleado por internet, transita mucha gente.

«Habrá que ver el fin de semana», piensa. Un montón de pájaros sobrevuelan la zona. Se queda ensimismada observando cómo pasan de largo, pero su cabeza le juega una mala pasada y vuelve a mirar el móvil en busca de noticias de su marido. No parece que haga caso a las llamadas que le ha hecho. Se enfada porque él sabe de sobra que le sienta fatal que haga eso, se lo ha dicho mil veces.

—Vale que quieras ser muy profesional y no mirar el móvil, bravo por ti.

Pero si tu mujer está sola… ¿Y si me pasa algo? —le reprochaba siempre.

—Pero qué te va a pasar a ti… ¡Si el peligro eres tú!

Su marido siempre ha sido especialista en huir de los conflictos. «Para unos días que estamos juntos, ¿para qué vamos a discutir?», le solía decir.

Eso la desesperaba, pero acababa entrando al trapo y a los cinco minutos volvían a estar enredados en el mejor de los sentidos.

Entonces escucha una voz familiar tarareando una canción que le recuerda a su madre y también a su abuela. Se le pone la piel de gallina, está visiblemente emocionada. Sabe que la escuchaba cuando era una niña y los recuerdos regresan como ráfagas a su mente. No necesita estirar el cuello para saber que es Laura, la vecina. Pero le encanta espiar y se asoma levemente para ver a la mujer bajando por la parcela, junto a su perro, hasta que llega a la parte final, la que justo pega con el campo.

Hasta ahora no ha prestado atención a esa parte del jardín de su vecina y le llama la atención que esté mucho más descuidada que la parte de arriba y la zona que tiene a la altura del porche. Solo hay alguna encina intercalada entre la maleza y plantas silvestres que decoran la pendiente. Abajo del todo

hay una valla de simple torsión en condiciones reguleras y una especie de construcción o muro de ladrillo de poco más de medio metro. Ya le había dicho que ella no tenía energía y quizá tampoco presupuesto, así que no le extraña que lo tenga más dejado, demasiado terreno para mantener y regar una sola persona. Hay también una zona donde la valla se encuentra tumbada totalmente y el exterior se integra a la perfección con el interior.

Cualquiera puede entrar y Laura está de lo más relajada, lo cual a ella le proporciona mucha tranquilidad. La mujer deja de cantar para hablar al perro cariñosamente. Después le lanza una pelota y el mastín ladra y mueve el rabo.

—Chisss… No ladres, que molestas…

Julia sonríe, le encanta la vitalidad que desprende esa mujer. En un momento histórico en el que la salud mental es un verdadero estigma, le da esperanza descubrir que es posible vivir al margen de conflictos e historias que nos la complican cuando en realidad no son importantes. Ese instante es todo lo contrario a lo que ha vivido durante el desayuno. En los veinte minutos que pasó con Pilu y sus amigas le pareció que se había ido a vivir a un lugar mezcla de Dinastía y Falcon Crest con el pasaje del terror, pero si mira a su vecina Laura, le parece que está en La casa de la pradera. Siente la necesidad de concentrarse en eso y creer que es posible. Aunque se da cuenta de que mucho tiene que ver con que su vecina es de otra generación y que ha crecido sin tantas necesidades impuestas, esas que parece que hay que seguir para alcanzar la felicidad más allá de lo superficial. Esa felicidad que parece que se evapora enseguida. Sin duda, Laura es todo un modelo a seguir, pero, aunque la vea feliz y en paz consigo misma, también le asusta la idea de terminar tan sola como ella.

Antes de recoger la cocina, Julia enciende la televisión desde el móvil para ver las noticias mientras descansa un rato tirada en el sofá. Cuando se

gira para dejar todo en la pila, la imagen que refleja la cristalera le hace soltar el plato, que se hace trizas en el suelo. Aparece lo que está emitiendo la televisión de ochenta pulgadas. Las llamas de un incendio se mezclan con la visión del monte y, a bote pronto, le ha parecido que el fuego se estaba acercando a su casa.

Cuando se le pasa el susto, abre por la parte de la cocina, deja todo sobre la pila y, mientras busca una escoba y el recogedor, se gira para seguir viendo las llamaradas, los árboles y las casas calcinadas, los cielos negros por el humo, las cenizas, los bomberos desesperados luchando por apagar un fuego y demás tragedias que están emitiendo. La sucesión de planos está acompañada por la voz de un reportero que habla sobre la eterna ola de calor y el mayor número de incendios que persisten durante días y semanas.

El titular que aparece escrito en la parte inferior de la pantalla es «El cambio climático y sus consecuencias». Julia se queda hipnotizada por las llamas. Le arde la cabeza. Va a por el mando y apaga la televisión. Con este acto desaparece la sensación de ahogo. Termina de recoger y se maldice por no tener aún una chica en casa que se ocupe de ese tipo de cosas.

El sofá está formado por módulos a uno y otro lado de un mismo respaldo. Una parte mira hacia la chimenea y la televisión y la otra hacia las privilegiadas vistas. Julia mete las cuatro cosas que ha usado para comer en el friegaplatos y después se sienta de cara al campo. La montaña de cojines que ha colocado antes de tirarse abraza sus riñones y lo agradece hasta límites insospechados. A pesar de que había tenido una hernia y sabía perfectamente que cualquier día podía pasarle factura, pecaba de poco prudente. Mismamente esa mañana, en que ha ordenado los kilos de ropa que tienen entre su marido y ella.

Mira por encima las noticias del día en una aplicación donde se encuentran las versiones digitales de algunos de los principales periódicos

del país. Antes de caer en una depresión, opta por cerrarla y abrir Instagram. El día anterior solo lo había consultado durante una hora. Es su récord y se siente orgullosa de estar consiguiendo pasar mucho menos tiempo enganchada. Y es que había decidido reducir el tiempo considerablemente y mantenerse al margen. Antes se pasaba el día viendo las publicaciones de las mamás perfectas con sus bebés pluscuamperfectos dando clases sobre qué tenían que hacer el resto de las mortales para conseguir ser tan perfectas como ellas. No podía ser, se negaba a estar tan pendiente de tantísima chorrada.

Hablando de madres perfectas, le aparece la foto de Vanesa, su otra vecina, la que vive en Colombia junto a su familia, la que siempre tiene que ser la reina del cotarro. En la publicación sale con su característico tono de piel extremadamente moreno-anaranjado, la melena por los hombros cada vez más dorada y llena de estudiadas ondas alrededor de la cara, los ojos claros enmarcados por unas cejas tatuadas. Los labios son cada vez más carnosos y se pregunta si es por culpa de los filtros o porque se le está yendo ya un poquito la mano. Siente náuseas al verla, pero al leer el texto que acompaña a la imagen, la arcada se le corta de golpe.

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