Dulce hogar
Capítulo 14
14
Julia deja el coche en el aparcamiento de la urbanización. Al bajarse de él mira hacia los lados de manera inconsciente por miedo a que aparezca de nuevo Jacinto y pueda interceptarla. Laura se apea después de ella.
—Como ves es el edificio perfecto para la causa… —dice con ironía Laura frente al bloque de aspecto tétrico.
Julia sonríe levemente y se concentra en no hacer nada que delate que ya ha estado previamente, pero no solo depende de ella. No sabe cómo reaccionará la mujer de recepción cuando la vea. Es probable que haga algún comentario que la delate. Mierda.
Mientras sigue a su vecina hacia el interior del edificio, intenta barajar buenas opciones para salir del paso sin levantar sospechas, pero tiene suerte y, cuando llegan a la puerta de entrada, desde donde se ve el interior, observa cómo la recepcionista que la atendió coge el teléfono para responder a una llamada y esta vez es su compañera la que está libre.
Una vez dentro, la mujer que las atiende saluda cariñosa a Laura mientras su compañera, al teléfono, mira a Julia y sonríe conteniendo las ganas que tiene de decirle: «Vesss…». Después de pedirles el DNI y tomarles todos los datos, la recepcionista llama a alguien para notificar la visita y les dice que pueden ir hacia el control que Julia ha visto a la derecha, en el comienzo de un gran pasillo. Ahí hay un vigilante de seguridad que también saluda a su vecina con cariño. Entonces, una mujer vestida con una bata blanca y un uniforme debajo camina desde el fondo para encontrarse con ellas, debe de ser la persona a quien han llamado para que las acompañara.
—Es Carol, su doctora, es un encanto. No sé qué haría sin ella —le aclara Laura.
Tras pasar el control, Laura hace las debidas presentaciones. A Julia le llama la atención para bien que la describa como «una amiga de la familia»
y no como «su vecina». Las dos mujeres siguen a la doctora por el mismo camino por el que ha venido ella.
—¿Cómo está? —pregunta Laura.
—Bien, bien. Tranquilo, como siempre.
Julia se fija en la reacción de Laura, que refleja que el «como siempre»
quizá no sea algo positivo, como ella había pensado en un primer momento.
Luego, conforme avanzan, es consciente de que está a pocos metros del parricida y de que, si su pálpito es cierto, este será el chico que conoce. El mismo que la espera cada noche con una llama preparada frente a su casa.
Y, por tanto, no queda nada para que vuelvan a encontrarse. Está más nerviosa a cada paso que da, e intenta respirar hondo disimuladamente.
Aunque no está segura de si será capaz de ocultar todo el miedo y, a la vez, esa incomprensible atracción que siente por él. La doctora tuerce una esquina que desemboca en otro pasillo lleno de puertas numeradas, Laura y Julia la siguen. Cuando llegan al número cuarenta y dos, la mujer abre sin llamar.
La habitación tiene las paredes de color crema y el suelo de un mármol reluciente del mismo tono. Tiene dos camas, pero solo hay abierta una, con signos visibles de que acaba de ser usada, y una mesa de escritorio donde hay una bandeja con comida, que apenas se ha probado. Frente a ellas hay un enorme ventanal, y delante, un chico sentado de espaldas en una silla contemplando el paisaje. Julia no lo reconoce, sobre todo porque es la primera vez que lo ve sin capucha. Tiene la cabeza ligeramente ladeada hacia la derecha y por detrás el pelo muy corto. Si lo lleva igual por delante
no sería el chico que busca, porque este tenía el flequillo largo. Sin embargo, Julia piensa que, quizá, se lo podría haber cortado.
—Hola, cariño —dice Laura adelantando a la doctora, que la deja entrar con una sonrisa.
El chico no reacciona, sigue perdido. Julia da un par de pasos que le permiten ver lo que él observa con tanto detenimiento: un jardín frondoso lleno de árboles y vegetación. Laura se acerca a su nieto y lo besa en la frente. Al hacerlo, el chico se gira levemente y Julia siente que le da un vuelco el corazón: es él. Efectivamente, tiene el pelo más largo por delante.
Sin embargo, parece ido, ¿está actuando o es su verdadero estado? Quizá le dan una medicación fuerte que le dura una parte del día y en otros momentos, cuando la dosis es menor, está bien. Pero, aunque fuera así,
¿cómo ha podido escaparse?
Su cabeza va a mil por hora, pero ella no se deja intimidar por la cantidad de cuestiones que la inquietan y, poco a poco, con mucha prudencia, se acerca a él. El muchacho apenas reacciona a los gestos ni a las palabras de su abuela y tampoco parece darse cuenta de que Julia está en la habitación.
Lo mira y le cuesta imaginarse a esa persona con la libido por las nubes y la agresividad que había demostrado durante sus encuentros, pero está convencida de que es él y no piensa marcharse de ahí sin una señal o prueba que lo demuestre. Así que se coloca detrás de Laura, en el mismo campo de visión, porque quiere ser testigo de su reacción cuando la vea. Sin embargo, Aníbal no reacciona. En cambio es Julia la que puede observarlo bien y descubre que en el lateral del rostro que no había visto tiene una enorme quemadura que le llega hasta la mitad del cráneo. La imagen es terrible, no puede evitar acordarse de Freddy Krueger, quien protagonizó gran parte de las pesadillas de su infancia, pero lo que realmente la impacta es que ahora sabe el motivo por el que llevaba siempre puesta una capucha cuando va a
verla. Ahora solo tiene que pillarlo en un descuido y averiguar cómo consigue salir.
—Mira, cariño, esta es Julia, nuestra vecina. No sabes qué suerte tengo, es un encanto y ha querido venir a conocerte.
—Hola —dice Julia sonriente.
Por primera vez el chico gira la cabeza lentamente y aparca la vista en ella. Julia siente que su corazón se frena y al instante late a mayor velocidad. Vuelven a estar el uno frente al otro, pero el muchacho no dice nada. Su mirada es fría, parece hueca, tanto que la falta de intención resulta de lo más desafiante y ella se pregunta si no es en realidad una especie de amenaza.
—¿No le vas a decir nada?
—No te preocupes, Laura. Es normal, no me conoce… Os voy a dejar un poco solos —dice aprovechando el momento incómodo para acercarse a la doctora.
Julia sonríe a Aníbal, que ahora mira hacia fuera de nuevo, y se reúne con la doctora, que está apoyada en la esquina del armario, junto a la puerta de la habitación, observándolos. Necesita hablar con ella para ver si le da alguna pista que la ayude a esclarecer cómo es posible que un enfermo en ese estado pueda ir hasta su casa para acosarla y transformarse además en un auténtico depredador. Sin embargo, al estar junto a ella, de cara al paciente, se le hace un nudo en la garganta. Y es que empieza a recordar cuando visitaba a su madre en el hospital. Estaba ingresada por el tratamiento en la recta final, cuando le quedaban ya pocos meses de vida.
Le viene a la memoria el dolor tan grande que le provocaba ser testigo directo de cómo la inmensa luz que irradiaba su madre se iba apagando poco a poco y lo culpable que se sentía por haber pasado tantas temporadas lejos de casa sin dedicarle el tiempo que merecía. Lo que daría ahora por
recuperarlo. Recuerda también cuántas noches había buscado a alguna enfermera, desconsolada, para que tratara de ayudarla, y la de conversaciones que había mantenido con los doctores mendigando que hicieran un milagro que la salvara. Pero no hubo suerte. La doctora ve el gesto de Julia y los ojos llenos de lágrimas.
—Es la primera vez que viene a verlo, si no me equivoco.
—Sí.
—Impacta, ¿verdad? No hay tantos casos así en gente tan joven… Piense que, aunque parezca que esté sin vida, esto siempre es una buena señal porque significa que estamos consiguiendo acallar esas voces que lo animaban a cometer locuras. La medicación es mano de santo y está consiguiendo que salga del delirio permanente en el que se encontraba cuando entró aquí.
—¿Quiere decir que no fue algo puntual debido a las drogas?
—Su caso es complejo. Después del suceso, estuvo ingresado en el hospital por las fuertes quemaduras y el estado de shock. No recordaba nada de lo que había ocurrido, así que no era consciente de la monstruosidad que había cometido. De hecho, por lo visto, preguntaba por su madre día y noche entre lágrimas, como si fuera un niño pequeño. Después estaba convencido de que todo había sido una conspiración, que él no había tenido nada que ver. Esto derivó en que alguien lo había obligado a hacerlo, en el juicio insistieron en este punto, y dijo que ese alguien eran unas voces que escuchaba. Esto es algo habitual en muchos enfermos psicóticos, se resisten a admitir su trastorno mental pese al enorme desgaste que les producen las alucinaciones, las voces que oyen. Se agarran a la creencia de que estos trastornos son inducidos por grupos organizados o personas individuales que conspiran contra ellos, por ejemplo. Afortunadamente esta continua montaña rusa de emociones ha ido menguando y no tiene nada que ver con
la persona que ve ahora. Aunque sigue rechazando su propia patología, y esto dificulta su tratamiento.
Julia la escucha mientras se pregunta si es posible que el muchacho estuviese diciendo la verdad, pero lo descarta de inmediato al recordarlo de nuevo frente a su casa, con esa mirada llena de vicio y esa manera que tuvo de dirigirse a ella. Estaba claro que nadie lo estaba obligando tampoco a encender la llama de manera obsesiva cada noche… Julia cada vez tiene más claro que es él, y cruza los dedos para que el estado en el que se encuentra ahora sea real y apague las voces que le repiten una y otra vez que ella será su próxima víctima.
—Entonces, genial que el tratamiento lo deje así. De momento, no se lo van a cambiar, ¿verdad?
—No, hasta que haya avances. Es un caso complicado. Cuando vienen esquizofrénicos con problemas serios de drogas, la cosa se complica mucho. Se le ha diagnosticado una esquizofrenia de signo paranoide y padece una patología dual, con rasgos de bipolaridad, debido al alto consumo de cannabis y/o alcohol.
—Las drogas tienen que ser terribles para alguien así…
—Así es, en la mayoría de los casos la droga no es la culpable, no es la que ha llevado a la persona a la psicosis. Solo lo hace si existe una proclividad biológica, como en el de Aníbal. Estos enfermos son más difíciles de tratar que los psicóticos puros, porque necesitan de un programa de desintoxicación adicional y una medicación basada en el litio que hace que su recuperación sufra baches y sea mucho más lenta, como puede ver.
—¿Y puede salir? Quiero decir, ¿sale a la calle?
La doctora mira a Laura, que sigue hablando a su nieto con cariño.
Después se vuelve hacia a Julia y le hace un gesto para que la acompañe fuera.
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