Dulce hogar
Capítulo 10
10
Cuando Julia sale del centro, el camino la conduce hasta el aparcamiento de la urbanización, por eso aminora el paso, porque la sola idea de volver a toparse con Jacinto mirándola desafiante con su cigarro en la boca le da pavor. Sin embargo, no es a él a quien encuentra, sino a Julián, el marido de Paula, que está apoyado en su coche. ¿Espera a su mujer o está vigilándola a ella? Julia fantasea con darle las gracias por el chupete, pero acelera el paso y gira a la derecha para ir a la floristería.
Una vez estudiadas las posibilidades que tiene para encarar el delicado tema con su vecina, Julia se decanta por la manera más sencilla de afrontarlo. Al fin y al cabo, Laura es una mujer cercana y, si quiere llegar a ella, tiene que ser sincera y partir de la verdad. Aunque tenga la urgencia de comprobar si el chico que la acosa efectivamente es el parricida, comparte el dolor de la mujer por su enorme pérdida. De hecho, ahora, sabiendo lo que había ocurrido, toda la conversación que mantuvo con ella, en la que le explicó que solo le quedaba su perro, cobraba mayor valor. Se le parte el alma al pensar lo mucho que a la pobre mujer le había tenido que cambiar la vida de la noche a la mañana y el mérito que tenía por sobrellevarlo de una manera tan digna y optimista. Siente admiración por ella y se dice a sí misma que, por encima de todo, va a cuidarla e intentar no abrir la herida para evitar hacerle más daño.
Julia está frente a la puerta exterior de la casa de Laura, ha subido a paso firme y tiene que limpiarse el sudor de la frente. Sigue haciendo mucho calor y eso que el día está nublado. Las flores son preciosas, ha elegido
unos lirios blancos, sencillos y elegantes. Eran las favoritas de su madre y significan mucho para ella. Finalmente se arma de valor y toca al telefonillo. Su vecina tarda bastante en contestar, Julia duda de si está en casa y, cuando se dispone a marcharse, escucha su dulce voz.
—¿Sí?
—Buenos días, Laura, soy Julia, tu vecina.
—¿Julia? Pensaba que era la Guardia Civil otra vez. ¿Ha pasado algo?
Espera, te abro.
Entra en la parcela y Laura está asomada a la puerta principal y le hace un gesto para que se acerque. Al abrir la puerta del todo, se escapa el enorme perro y se adelanta para saludar a Julia, que sonríe disimulando la poca gracia que le hace que vaya a dejarla llena de babas.
—Perdona, pero es que cada vez me cuesta más subir los escalones… —
dice esperándola abajo—. Pero ¡qué flores más bonitas! Me encantan los lirios, has acertado, te va a oler la casa de maravilla.
Julia sonríe con cara de circunstancia mientras implora que sus dotes para tratar adecuadamente a la gente en cada momento le ayuden a acertar con las palabras que está a punto de pronunciar.
—No son para mí, te las he traído a ti.
—¡No me lo puedo creer, qué alegría! ¡Hace años que nadie me regala flores! —dice a la vez que agarra el ramo que le ofrece Julia.
—Ay, sí, perdona…, es por el trabajo, la costumbre…
—Perdona el recibimiento, pero estoy asustada por lo de los vecinos. Te has enterado, ¿verdad?
—Sí, sí. También ha venido la Guardia Civil a hablar conmigo…
—¿Qué les habrá podido pasar? Digo yo que igual se han ido… Yo es que no veo la tele, pero en la radio han dicho que él era diputado y que
venía de Colombia. Hablaban de que igual lo han amenazado o que tal vez sabía algo que estaba a punto de salir a la luz…
—Eso mismo dice mi marido.
—¿Ha vuelto ya?
—Sí, sí. Te lo tengo que presentar.
—Me encantaría. Menos mal que no vienes con malas noticias, habría puesto el grito en el cielo. —Laura le hace un gesto para que entre en la casa—. Pero ¡no te quedes ahí! Pasa, pasa. ¿Y a qué se debe este bonito detalle? Yo pensaba llevarte un guiso con alubias que hago buenísimo de regalo de bienvenida, pero como me dijiste que no necesitas comida, no me he atrevido.
—No hace falta, muchas gracias. En realidad, te lo traigo por otro motivo…
Laura la mira a los ojos intentando averiguar la razón. Por planeado que tuviera todo, Julia no puede evitar que se le humedezcan. Ahora que la tiene cara a cara siente ganas de abrazarla. Lo que ha pasado esta mujer es inhumano. La vecina se queda quieta y parece que lee en la mirada de Julia el verdadero motivo por el que está ahí. Y sin previo aviso rompe a llorar.
Julia la estrecha entre sus brazos y le da el más cálido de los abrazos contagiada por la pena, mientras observa el interior de la casa. Por dentro está mucho más cuidada, tiene el estilo de una auténtica casa de campo con vigas de madera en el techo, suelos de cerámica y madera en muchos tramos de la pared. Los muebles son antiguos, pero está decorada con mimo. Sin embargo, resulta un tanto fúnebre porque la mayoría de las ventanas están cerradas y no hay apenas luz.
—Perdona, pero no contaba con que hoy tendría visita. Me gusta tener las ventanas cerradas para que el sol no se coma el color de los muebles y
los cuadros. La mitad están descoloridos, como puedes comprobar —se disculpa su vecina, como si le estuviese leyendo la mente.
Julia sonríe y la sigue dentro.
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